Los huesos casi intactos de una antigua perra muestran que la relación entre humanos y perros ya era intensa y compleja en la Edad de Piedra.

En la prehistoria, los humanos no solo compartían cuevas con otros humanos, sino también con los antecesores de los perros actuales. Estos animales, conocidos como cánidos paleolíticos, pertenecen a una etapa de transición entre los lobos salvajes y los perros domesticados. La domesticación es el proceso mediante el cual una especie salvaje se adapta a la vida junto a los humanos mediante selección genética y cambios de comportamiento. Este vínculo temprano entre humanos y perros representa uno de los primeros ejemplos de cooperación interespecífica que dura hasta hoy. Sin embargo, la relación puede resultar muy diferente de la que tiene la gente con sus actuales perrhijos. Ambas especies comenzaron a convivir, cazar juntas y cuidarse mutuamente, a veces en medio de tensiones y violencia.

Un esqueleto canino de 16.000 años de antigüedad ha sido descubierto recientemente en el sur de Francia, arrojando nueva luz sobre cómo los humanos de la Edad de Piedra comenzaron a relacionarse con los perros. El hallazgo, descrito por investigadores como una rareza extraordinaria, sugiere que ya existía un vínculo incipiente entre ambas especies, aunque no exento de tensiones.

El descubrimiento tuvo lugar en la cueva Baume Traucade, una cavidad situada unos 160 metros bajo tierra en una ladera de acantilados rocosos, una zona rica en yacimientos arqueológicos. Los restos fueron encontrados por un grupo de espeleólogos en 2021 y más tarde analizados por un equipo de científicos liderado por la doctora Mietje Germonpré, del Real Instituto Belga de Ciencias Naturales, experta en cánidos antiguos.

La perra, cuyo esqueleto está casi completo, pertenece a una categoría conocida como “perros paleolíticos”. Medía unos 61 centímetros de altura a la cruz y pesaba alrededor de 26 kilos. Los expertos determinaron que se trataba de una hembra adulta que había alcanzado al menos un año de madurez, lo que indica que había sobrevivido el tiempo suficiente como para establecer una relación sostenida con los humanos de su entorno.

Las características físicas del esqueleto son más parecidas a las de un perro antiguo que a las de un lobo salvaje, lo cual sugiere que esta perra podría haber sido parte de un proceso inicial de domesticación. Es decir, los humanos ya no solo toleraban a estos animales, sino que probablemente compartían refugios, alimento e incluso una forma de protección mutua.

Huesos con marcas de golpes

Sin embargo, la historia del animal no fue completamente pacífica. En los huesos quedaron marcados rastros de traumatismos que, según los investigadores, podrían haber sido causados por golpes propinados por humanos poco antes de su muerte. Loukas Koungoulos, de la Universidad de Australia Occidental, aunque no participó en el estudio, comentó que es plausible pensar que las heridas fueron infligidas por personas.

Paradójicamente, también hay indicios de que el animal pudo haber recibido cuidados humanos durante su vida. El estado de conservación del esqueleto y la ausencia de señales de vida silvestre en su forma de morir indican que probablemente no vivía completamente a su aire en la naturaleza. Esto refuerza la hipótesis de una convivencia temprana entre humanos y perros, aunque todavía cargada de ambigüedades.

El lugar del hallazgo también aporta información valiosa. La posición de los restos dentro de la cueva sugiere que no fueron arrastrados por depredadores ni desplazados por corrientes de agua. El animal parece haber muerto en el interior del refugio, donde quedó enterrado bajo capas de sedimentos que protegieron sus huesos durante miles de años.

El hallazgo se suma a otros ejemplos de perros antiguos descubiertos en Europa Occidental, como el sitio de Bonn-Oberkassel en Alemania, donde hace 14.000 años un perro fue enterrado junto a humanos. Sin embargo, el esqueleto de Baume Traucade destaca por estar casi completo, lo que ha permitido a los investigadores realizar mediciones detalladas del cráneo, mandíbula y extremidades, y compararlas con fósiles de lobos, cánidos modernos y otros restos prehistóricos.

Estas comparaciones apuntan a que el animal no era un lobo común con ligeras modificaciones, sino un ejemplo de cánido que ya había iniciado su transformación hacia el perro doméstico. No obstante, sigue siendo difícil determinar con precisión cuándo comenzó la domesticación. Algunos científicos sostienen que muchos restos antiguos muestran apenas ligeras diferencias con los lobos, mientras que otros creen que la selección artificial y la convivencia con humanos pueden producir cambios significativos en pocas generaciones.

Lo que sí parece claro es que este proceso no fue lineal ni siempre armonioso. La perra de Baume Traucade podría haber sido valorada por sus habilidades, quizás como guardiana o compañera de caza, pero también enfrentarse a la violencia si su comportamiento no coincidía con las expectativas humanas. En la dura realidad del Pleistoceno tardío, cuando el clima era hostil y la comida escasa, las relaciones con los animales no eran siempre predecibles.

Actualmente, el equipo de investigación planea realizar análisis genéticos sobre los restos para intentar rastrear sus ancestros y saber si pertenecen a una línea que se extinguió o si tiene conexiones con razas de perros actuales. Esto podría ayudar a aclarar uno de los grandes misterios de la evolución canina: cómo y cuándo exactamente los lobos comenzaron a convertirse en nuestros compañeros más fieles.

Mientras tanto, cada descubrimiento como el de Baume Traucade añade una pieza más a este puzle milenario. Lo que hoy es una relación marcada por el cariño y la lealtad, comenzó con pasos inciertos entre la confianza y la desconfianza, la ternura y la agresión. Y aunque el camino fue largo y rocoso, de alguna forma, aquella perra paleolítica allanó el camino para los millones de perros que hoy comparten sofá con nosotros.

REFERENCIA

The Canis lupus ssp. (Mammalia, Carnivora) of the Baume Traucade (Issirac, Gard, France): A complete skeleton of a “dog-like” individual from the post-LGM