Los microplásticos en sedimentos se podrían usar para medir la historia de la civilización humana, pero no sirven como indicador porque se filtran y aparecen donde no deberían.

Dentro de 10.000 años, si todavía hay vida inteligente en la Tierra y se hacem excavaciones arqueología, ¿qué se encontrarán los arqueólogos del futuro? Aquí es donde aparece el concepto del Antropoceno, una propuesta de época geológica que se remonta a mediados del siglo XX y se caracteriza por el impacto significativo y duradero del ser humano en los ecosistemas, la geología y el clima de la Tierra.

El término antropoceno fue acuñado por Paul Crutzen, y marca la transición desde el Holoceno, impulsada por la industrialización, los ensayos nucleares plutonio y la pérdida de biodiversidad. Todo esto deja huellas en los sedimentos: huesos, contaminantes o plutonio, entre otras cosas.

¿Cuándo empieza el antropoceno? Los geólogos han buscado una señal clara para marcar el inicio de este periodo en que la actividad humana deja una huella planetaria. Entre los candidatos están los radionúclidos de pruebas nucleares, las cenizas industriales o cambios químicos en el suelo, pero los plásticos parecían el marcador perfecto: recientes, resistentes y ubicuos. El problema es que la naturaleza no archiva como una biblioteca, archiva como un cajón revuelto.

Los microplásticos en sedimentos no se quedan quietos

Un equipo europeo analizó núcleos de sedimento extraídos en tres lagos de Letonia para reconstruir la historia de deposición de microplásticos. Dató las capas de forma independiente y logró retroceder desde la actualidad hasta la primera mitad del siglo XVIII. A partir de ahí, buscó partículas de microplásticos a lo largo de todo el perfil sedimentario.

La sorpresa no fue encontrarlos arriba, sino verlos en todas partes. El equipo detectó microplásticos en todas las capas, incluso en sedimentos que, por edad, se depositaron mucho antes de la producción masiva de plásticos del siglo XX. Si uno mirara solo esa presencia, podría concluir algo absurdo: que ya “llovían” microplásticos durante la Revolución francesa, en tiempos en que todavía no existían.

Los autores proponen una explicación: que parte de esas partículas no se queda quieta donde cae, sino que migra hacia abajo con el paso de los años. El sedimento de un lago no es un bloque sólido, también tiene poros, agua intersticial y actividad biológica. En ese entorno, algunas partículas pueden colarse entre granos y bajar, mezclando el archivo.

El estudio relaciona la movilidad con el “aspect ratio”, la proporción entre longitud y grosor. Las partículas más compactas y redondas aparecen con más frecuencia en capas profundas. En cambio, las fibras y partículas muy alargadas parecen moverse menos, probablemente porque se enganchan con mayor facilidad en la matriz sedimentaria.

Esto importa por una razón muy concreta: si queremos usar microplásticos como marcador estratigráfico del Antropoceno, necesitamos que se comporten como un registro de fecha, no como un dato que se cuela por la puerta de atrás. El propio título del artículo lo dice sin rodeos: los microplásticos que migran hacia abajo los convierten en un indicador “complicado” para fijar el inicio de la época.

Por tanto, encontrar microplásticos en una capa no basta para fecharla, porque su presencia puede reflejar contaminación más reciente que se desplazó con el tiempo. El estudio sugiere que, si se usan, conviene combinarlos con otros indicadores más fiables y entender bien el tipo de partícula que se mide.

También da que pensar que los microplásticos no solo lleguen a los lagos, sino que también se infiltran en lo sedimentos para reescribir el pasado capa a capa.

REFERENCIA

Downward migrating microplastics in lake sediments are a tricky indicator for the onset of the Anthropocene