Un verano de récord en Europa y EE. UU. ha puesto a prueba nuestra resistencia al calor extremo, revelando lo frágil que puede ser nuestro termostato interno.
El calor extremo afecta al cuerpo humano a través de la termorregulación, el sistema biológico que mantiene nuestra temperatura interna estable. Normalmente lo conseguimos gracias a la dilatación de los vasos sanguíneos y al sudor, que al evaporarse enfría la piel. Sin embargo, cuando la humedad es alta, el sudor no logra evaporarse, lo que impide enfriar el cuerpo. Aquí entra en juego el concepto de temperatura de bulbo húmedo, una medida que combina calor y humedad, utilizada por científicos para calcular el límite de tolerancia humana. Cuando lo superamos, nuestro organismo se ve en riesgo de golpe de calor, fallo orgánico y, en los peores casos, la muerte.
El calor récord que abrasó partes de Estados Unidos y Europa en junio y julio de 2025, enviando a cientos de personas al hospital, puso sobre la mesa una pregunta urgente: ¿cuánto calor puede soportar realmente el cuerpo humano?
“Ha habido mucho interés en definir los límites superiores de lo que los humanos pueden tolerar durante períodos prolongados”, explica Robert Meade, termofisiólogo y becario posdoctoral en epidemiología en la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard. Su investigación se centra en cómo el cuerpo regula su temperatura interna y por qué ese sistema puede fallar.
En condiciones agradables (temperaturas frescas y humedad moderada) la termorregulación funciona sin mayores problemas. Si una persona hace ejercicio o se expone al sol, los sensores de la piel y del sistema nervioso central detectan un aumento de la temperatura corporal y envían señales al cerebro. Este, a su vez, activa mecanismos de enfriamiento: los vasos sanguíneos se dilatan para llevar calor a la superficie de la piel, donde puede disiparse, o el cuerpo comienza a sudar. “La evaporación del sudor en la piel ayuda a extraer el calor”, dice Meade.
Pero en temperaturas extremas esos mecanismos pueden ser insuficientes. El exceso de calor corporal puede desencadenar enfermedades relacionadas con el calor, con síntomas como irritabilidad, sarpullidos y mareos. Cuando la temperatura interna supera los 38 ºC, la situación puede derivar en un golpe de calor, que se manifiesta con confusión, somnolencia extrema y, en casos graves, fallo orgánico y muerte.
Meade compara el desafío del calor extremo con ver a alguien intentando mantenerse a flote en el agua y “entregarle un ladrillo. Solo podrá aguantar un tiempo limitado”.
La temperatura y la humedad
Algunos científicos vinculan el límite humano al concepto de “temperatura de bulbo húmedo”, que mide calor y humedad. Un influyente estudio de 2010 propuso que el límite estaba en 35 ºC de bulbo húmedo, equivalente a 35 ºC con 100 % de humedad. En esas condiciones, el sudor ya no se evapora y el cuerpo pierde su mecanismo de enfriamiento más eficaz. Pero experimentos posteriores revelaron que el sistema de termorregulación puede fallar incluso con temperaturas de bulbo húmedo de apenas 26 ºC, mucho antes de lo esperado.
Para comprobarlo, Meade realizó un estudio con 12 voluntarios de entre 28 y 32 años en una cámara metálica del tamaño de un garaje doble, donde podía controlar al detalle la temperatura y la humedad. Los participantes llevaban sensores para monitorizar su temperatura interna. La cámara se calentó inicialmente a 42 ºC con un 28 % de humedad. “No queríamos que se enfrentaran de golpe a un muro de humedad”, explica. Después de una hora, los investigadores aumentaron progresivamente la humedad. Meade, que también participó como sujeto, recuerda lo incómodo que resultaba. “Cuando empiezas a sobrecalentarte, tu cerebro te grita que salgas de ese entorno”, asegura.
Los datos mostraron que la temperatura interna de los participantes permanecía estable al principio, pero después sufría un aumento repentino. “No hay forma de que el cuerpo compense semejante nivel de acumulación de calor”, señala Meade. Según sus cálculos, con 42 ºC y 70 % de humedad, una persona podría desarrollar un golpe de calor en unas 10 horas de exposición.
El científico advierte que se necesita más investigación, sobre todo en adultos mayores, ya que su capacidad de termorregulación es menor y suelen tener enfermedades que el calor agrava. Aunque el golpe de calor es muy conocido, Meade señala que “mata a relativamente pocas personas. La mayoría de las muertes por calor están vinculadas a problemas cardiovasculares. El corazón tiene que trabajar más para mantener la función normal, lo que eleva el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares”.
También quiere estudiar por qué algunas personas toleran mejor el calor que otras. Haber vivido más tiempo en climas cálidos parece aumentar el umbral de resistencia, quizá por adaptaciones fisiológicas o por el acceso a infraestructuras como el aire acondicionado, considerado la protección más eficaz. Sin embargo, este recurso no está al alcance de todos. En países con redes eléctricas poco fiables se necesitan soluciones más baratas. Investigaciones previas de Meade muestran que opciones como ventiladores o toallas húmedas en el cuello solo ofrecen mejoras modestas.
Actualmente, Meade colabora con el Instituto Salata de Harvard en un proyecto en Gujarat, India, donde mujeres pobres trabajan bajo temperaturas extremas desde hace años. Los datos muestran que incluso antes de alcanzar los niveles críticos para la termorregulación, aparece lo que los investigadores llaman “la zona de la miseria”. En esta fase, el calor afecta al sueño, al estado de ánimo y a la productividad laboral. “Quizá no estés en alto riesgo de un evento grave, pero estás incómodo, no puedes rendir y eso afecta a tus ingresos”, explica.
La capacidad humana de adaptación es notable: se puede resistir mejor al calor cambiando hábitos, como trabajar de noche, o ajustando la fisiología. Pero, advierte Meade, se necesita investigación urgente porque con el rápido calentamiento global, para 2050 muchas más personas vivirán bajo condiciones de calor extremo.
REFERENCIA