Una revisión de estudios sugiere que finasteride, usado para la alopecia androgénica, se vincula con depresión, ansiedad e ideación suicida, y pide controles más estrictos sobre su uso por motivos cosméticos.
¿Qué tiene que ver la calvicie con el estado de ánimo? Mucho, y las hormonas tienen la clave. La alopecia androgénica, la calvicie hereditaria más común, se trata a menudo con finasteride, un inhibidor de la enzima 5 alfa reductasa. Esa enzima convierte la testosterona en dihidrotestosterona, la hormona que miniaturiza los folículos pilosos. Pero también participa en la síntesis de neuroesteroides como la alopregnanolona, sustancias del cerebro que regulan el ánimo. Cuando se alteran, pueden aparecer cambios emocionales profundos.
Un nuevo análisis firmado por Mayer Brezis, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, revisa ocho trabajos recientes sobre finasteride y salud mental. Cuatro recogen efectos adversos comunicados por pacientes y clínicos. Cuatro exploran grandes bases de datos sanitarias. En conjunto, muestran un aumento del riesgo de depresión, ansiedad e ideación suicida en usuarios de finasteride frente a no usuarios.
El artículo recuerda cómo finasteride, vendido como Propecia o Proscar, bloquea la 5 alfa reductasa. Eso frena la producción de dihidrotestosterona, útil para el cabello, pero también reduce neuroesteroides cerebrales como la alopregnanolona. Este recorte puede afectar a regiones relacionadas con memoria y emoción, con señales de inflamación y alteraciones en la formación de nuevas neuronas. Según el autor, estos cambios podrían explicar reacciones que a veces persisten tras dejar el fármaco.
El trabajo no parte de cero. Ya en 2002, varios estudios alertaron de un posible vínculo con depresión. La FDA añadió depresión a la ficha del medicamento en 2011 e ideación suicida en 2022. La Agencia Europea de Medicamentos reconoció el riesgo de suicidio en 2025. Pese a ello, el reconocimiento público del problema ha sido tardío, con una década larga de silencio entre las primeras señales y las medidas regulatorias.
La revisión cuantifica la magnitud del subregistro. Según estimaciones basadas en la prevalencia de depresión y suicidio, y en el número de usuarios, en 2011 se habían comunicado 18 suicidios asociados a finasteride cuando los esperados en 10 a 20 años de uso para 4,6 millones de personas estaban entre 6.440 y 12.880. En 2024, las notificaciones acumuladas de suicidio eran 320, frente a 19.320 esperados tras 30 años de observación. Para ideación suicida, se esperaban 414.000 casos y solo constaban 31 en 2011 y 1.062 en 2024. El autor apunta causas obvias, desde familias que desconocen que el fallecido tomaba el fármaco hasta médicos que no relacionan el síntoma con el tratamiento. Tras un suicidio, además, el propio paciente ya no puede reportarlo.
El artículo de divulgación señala otro punto incómodo. A diferencia de los fármacos psiquiátricos o para pérdida de peso, finasteride se ha considerado un tratamiento cosmético, lo que habría limitado los estudios de seguridad tras su aprobación. Según Brezis, ninguno de los trabajos clave incluidos en la revisión fue impulsado por el fabricante original, Merck, ni exigido por los reguladores.
El autor también cuestiona la solidez de la evidencia de eficacia a largo plazo en alopecia androgénica. Cita ensayos pequeños, financiados por la industria y con sesgo de publicación, y menciona un metaanálisis bayesiano reciente que pone en duda su utilidad sostenida. Aunque el fármaco funciona a corto plazo en muchos pacientes, la balanza de beneficio y daño se tambalea si aceptamos un riesgo no trivial de trastornos del ánimo y suicidio.
La facilidad de acceso añade otra capa de riesgo. Hoy, muchos hombres jóvenes obtienen finasteride con unos pocos clics, sin receta ni consejo médico. La revisión propone frenar esa puerta giratoria. “Antes de aprobar un medicamento para su comercialización, las autoridades reguladoras deben exigir a los fabricantes que se comprometan a realizar y divulgar estudios analíticos continuos tras la aprobación, y este requisito debe cumplirse.”, sostiene Brezis. En su opinión, si el medicamento es cosmético y el perjuicio potencial es tan serio, el fabricante debe demostrar de forma proactiva que no hace daño.
En suma, la revisión dibuja un patrón consistente en estudios de notificación de eventos adversos y en análisis de registros clínicos entre 2017 y 2023. Los resultados apuntan en la misma dirección, con aumento de señales de depresión, ansiedad e ideación suicida en quienes toman finasteride para alopecia androgénica. Para el autor, la explicación biológica es plausible y conocida desde hace años, y la lección regulatoria es incómoda. La farmacovigilancia no puede basarse solo en esperar notificaciones. Necesita cavar en las bases de datos, buscar señales tempranas y actuar sin demora.
La conclusión práctica no es cortar por lo sano sin hablarlo con un profesional. Es reconocer que un tratamiento para el pelo no es trivial. Si alguien experimenta cambios de ánimo, ansiedad, pensamientos intrusivos o ideación suicida tras iniciar finasteride, debe suspenderlo y consultar de inmediato. Los médicos, por su parte, han de preguntar activamente por estos síntomas y registrarlos. El cabello importa, la vida más.
REFERENCIA
Failing Public Health Again? Analytical Review of Depression and Suicidality From Finasteride