Vivir cerca de un campo de golf significa más riesgo de párkinson

campo de golf

Un estudio en EEUU encuentra que quienes viven cerca campo de golf tienen más del doble de riesgo de tener párkinson, con la contaminación del agua subterránea por pesticidas como principal sospechosa

Vivir cerca de un campo de golf parece un entorno de lujo: verde, silencioso y cuidado. Mantener ese césped impecable, sin embargo, exige rociarlo con grandes cantidades de pesticidas, y ahí está el problema. Un estudio ha encontrado que las personas que viven cerca de un campo de golf presentan más casos de enfermedad de Parkinson, aunque, como veremos, hay muchos matices que impiden hacer sonar las alarmas, sobre todo desde este lado del Atlántico.

Índice
  1. Más cerca, más riesgo de párkinson
  2. La pista está en el agua
  3. La correlación no es causalidad, pero...
  4. Por qué en Europa puede ser distinto
  5. REFERENCIA

Más cerca, más riesgo de párkinson

El trabajo, publicado en la revista JAMA Network Open por un equipo del Barrow Neurological Institute, la Clínica Mayo y la Universidad de Rochester, es un estudio de casos y controles. Los investigadores, dirigidos por la geógrafa Brittany Krzyzanowski, compararon a unos 5.500 pacientes diagnosticados de párkinson entre 1991 y 2015 con personas similares sin la enfermedad, usando la base de datos de historiales médicos del Rochester Epidemiology Project, que cubre 27 condados de Minnesota y Wisconsin. El resultado principal es llamativo: quienes vivían a menos de una milla (algo más de kilómetro y medio) de un campo de golf tenían 2,25 veces más riesgo de desarrollar la enfermedad que quienes residían a más de seis millas. Ese riesgo era mayor en una franja de una a tres millas y decrecía conforme aumentaba la distancia.

La pista está en el agua

El sospechoso está en los productos químicos, no en el deporte. Los pesticidas que se aplican sobre las calles y los greens no se quedan donde caen, ya que pueden filtrarse por el terreno hasta alcanzar las aguas subterráneas. La prueba más reveladora del estudio apunta en esa dirección: las asociaciones más fuertes aparecían en zonas donde el agua de consumo procedía de acuíferos vulnerables situados junto a un campo de golf, lo que señala al agua de grifo contaminada como vía de exposición más probable. Encaja, además, con que un estudio de campo de 2024 encontrara poco riesgo por inhalación para los propios golfistas, lo que descarta en buena medida el aire y refuerza la hipótesis del agua. Entre los pesticidas implicados figuran viejos conocidos de la neurología como el paraquat y la rotenona, capaces de dañar las neuronas productoras de dopamina cuya pérdida caracteriza al párkinson.

La correlación no es causalidad, pero...

Se trata de un estudio observacional, incapaz por diseño de demostrar que los pesticidas causaran esos casos. Nadie midió las concentraciones reales de químicos en el agua, el aire o el suelo, y la exposición se dedujo a partir de la proximidad geográfica y de los mapas de las zonas de abastecimiento. Tampoco se sabía qué bebía cada persona en realidad, y se emplearon los límites de los campos de golf de un único año, 2013, para estimar exposiciones que se remontan a 1991.

Por si fuera poco, proximidad y suministro de agua estaban tan entrelazados que el 90% de quienes vivían a menos de tres millas compartían la red de agua del campo, lo que hace casi imposible separar un efecto del otro. Conviene recordar, para no asustarse, que un mayor riesgo relativo en una población no significa que una persona concreta vaya a enfermar, que el párkinson sigue siendo relativamente infrecuente y que la inmensa mayoría de quienes viven junto a un campo de golf nunca lo desarrollarán.

Por qué en Europa puede ser distinto

El matiz más importante para el lector español es que estos datos son estadounidenses y no se pueden trasladar sin más. En Estados Unidos, los campos de golf reciben hasta 15 veces más pesticida que los europeos, según los propios antecedentes que cita el estudio. A eso se suma un detalle decisivo: el pesticida paraquat, uno de los principales sospechosos, está prohibido en la Unión Europea desde 2007. El marco regulatorio, por tanto, es muy diferente a ambos lados del Atlántico, así que el riesgo estimado en Minnesota difícilmente describe la situación de un vecino de la Costa del Sol. En España, donde abundan los campos de golf en zonas mediterráneas con escasez de agua y su consumo ya genera controversia, la conversación pertinente tiene más que ver con la gestión del agua y de los fitosanitarios que con importar una cifra de riesgo ajena.

Con todas estas cautelas, el estudio cumple una función valiosa, la de señalar un patrón que merece investigarse mejor, midiendo de una vez los pesticidas en el agua en lugar de deducirlos de un mapa. Refuerza, de paso, la idea de que la exposición a ciertos pesticidas es uno de los factores de riesgo ambientales más consistentes del párkinson y, por tanto, uno de los pocos sobre los que se puede actuar.

Como resume el neurólogo E. Ray Dorsey, coautor del trabajo, usar menos pesticidas o alternativas más seguras probablemente reduciría el riesgo de la enfermedad para todos. Quien viva cerca de un campo de golf y sienta inquietud siempre puede preguntar a su compañía de aguas por el origen y los controles de su suministro, un gesto sensato que, a diferencia del titular alarmista, sí está en su mano.

REFERENCIA

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