Guindillas para el dolor: así actúa el picante en el cerebro

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Un experimento con en China revela que sostener en la boca una gominola con capsaicina reduce cuánto duele un estímulo de calor intenso aplicado en la mano

Cualquier aficionado al picante conoce esa contradicción deliciosa: el chile arde, y aun así apetece repetir. La ciencia lleva tiempo dándole vueltas a una paradoja emparentada, la de que una molestia tan viva como el ardor de la guindilla pueda, en el momento justo, aliviar el dolor que sentimos en otra parte del cuerpo. Un grupo de investigadores lo ha puesto a prueba en el laboratorio con un montaje tan sencillo como revelador: una gominola picante en la boca y un pulso de calor en la mano.

Índice
  1. Un incendio sin llamas
  2. El experimento: guindilla y láser
  3. Solo calma el dolor fuerte, no el débil
  4. Un dolor que silencia a otro
  5. REFERENCIA

Un incendio sin llamas

El culpable del ardor es la capsaicina, el compuesto que hace picantes a los chiles. Nada más tocar la lengua se acopla a unos sensores llamados receptores TRPV1, repartidos por la boca y la piel, cuya misión natural es avisar del calor peligroso. La capsaicina los activa por la puerta falsa: el cerebro percibe una quemazón intensa sin que se esté quemando nada ni se produzca daño alguno en los tejidos. Esa capacidad de encender el sistema del dolor sin lesionar es la que aprovecha ya la medicina, con cremas y parches de capsaicina que se aplican contra dolores por artritis, molestias musculares o lesiones nerviosas. Un ardor mantenido y controlado acaba saturando a los nervios que detectan el daño hasta que dejan de transmitirlo.

El experimento: guindilla y láser

Lo que faltaba por medir con precisión era el efecto inmediato de un bocado picante sobre un dolor repentino. Para averiguarlo, el equipo dirigido por Yizhou Zhou, de la Universidad Normal de Chongqing, trabajó con 48 adultos jóvenes y sanos que acudieron al laboratorio dos veces, separadas por una semana. En una visita sostenían durante cinco minutos, sin masticar ni tragar, una gominola con una dosis moderada de capsaicina; en la otra, una gominola de agua idéntica que servía de control. Justo después la escupían, se enjuagaban y recibían 40 pulsos de un láser de calor calibrado en la mano, la mitad de intensidad suave y la mitad fuerte, puntuando cada uno del cero al diez. El trabajo, publicado en la revista Physiology & Behavior, verificó que la guindilla no alteraba el ánimo de los participantes, de modo que cualquier efecto no venía de estar simplemente de mejor humor.

Solo calma el dolor fuerte, no el débil

El resultado guarda un matiz muy elocuente. Con los pulsos suaves, la guindilla resultó irrelevante: el dolor leve se sintió igual con capsaicina o sin ella. Con los pulsos intensos, la película cambió por completo. Tras haber tenido en la boca la gominola picante, los voluntarios describieron los latigazos de calor fuerte como menos intensos y, sobre todo, bastante menos desagradables. La quemazón funcionó como un amortiguador reservado para el dolor grave, sin tocar las molestias pequeñas.

Un dolor que silencia a otro

Los autores barajan varias explicaciones compatibles entre sí. La favorita es un mecanismo bien conocido, la modulación condicionada del dolor, según el cual una señal dolorosa intensa y localizada pone en marcha los circuitos que el propio cerebro emplea para inhibir el dolor, atenuando de paso otras molestias del cuerpo. Dicho de forma llana, un dolor es capaz de silenciar a otro.

A eso se añade que la capsaicina estimula la liberación de endorfinas, los analgésicos que fabrica el organismo, y quizá un factor más prosaico: la distracción, porque un ardor tan aparatoso en la boca acapara la atención y deja al cerebro menos margen para el pinchazo del láser. El estudio no logra separar del todo esas causas. En un cuestionario aparte, además, quienes preferían la comida más picante puntuaban más bajo en sensibilidad y miedo al dolor, aunque se trata de una simple correlación: puede que la gente con más aguante disfrute más del picante, y no que el picante la vuelva más resistente.

Toca cerrar sin vaciar el bote de tabasco. Estamos ante un estudio pequeño, con 48 estudiantes jóvenes y sanos de China, y ante un dolor provocado con láser en el laboratorio, muy distinto del dolor real de una lesión o de una enfermedad crónica. La relación entre dieta y aguante tampoco prueba nada por sí misma, y los resultados podrían no valer para personas mayores o con dolor persistente.

El hallazgo interesa como una ventana a la neurociencia del dolor, no como una receta para sustituir los analgésicos por chiles ni, mucho menos, como una excusa para buscar molestias a propósito. Sirve, eso sí, para entender por qué el picante engancha pese a arder, y por qué la medicina lleva años untando capsaicina justo donde más duele. La próxima vez que un plato te deje la lengua en llamas, imagina que, mientras tanto, tu cerebro puede estar bajándole el volumen a alguna otra queja.

REFERENCIA

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