Por qué la mescalina es diferente al LSD y la psilocibina
El primer retrato completo de este psicodélico con resonancia magnética, hecho en ratas despiertas, apunta al cerebelo como el responsable de los efectos psicodélicos
Imagen: el cactus de San Pedro contiene mescalina
Es una de as sustancias psicodélicas más antiguas que conoce la humanidad. La mescalina, el principio activo del peyote y de otros cactus del norte de México y del suroeste de Estados Unidos, lleva unos 5.700 años acompañando ceremonias espirituales, según la evidencia arqueológica. Pese a semejante currículum, hasta ahora nadie había mirado con detalle qué le hace exactamente al cerebro. Un equipo de la Universidad Northeastern acaba de llenar ese hueco, y lo que ha encontrado no encaja con lo que se sabía de sus primos más famosos.
Una droga veterana sin estudiar
La razón del vacío es burocrática antes que científica. La mescalina figura en la lista I de sustancias controladas en Estados Unidos, la categoría más restrictiva, lo que ha frenado durante décadas cualquier estudio de neuroimagen. Desde el punto de vista químico pertenece a la misma familia funcional que el LSD o la psilocibina de las setas: los tres son agonistas del receptor 5-HT2A, es decir, moléculas que se acoplan a un receptor concreto de la serotonina y lo activan. Y los tres producen efectos parecidos (distorsiones visuales, percepción alterada, cambios en la cognición). La sospecha del equipo era que, pese a ese destino común, el camino que recorren dentro del cerebro podría ser distinto. Y ahí está la gracia del asunto: comparar dos sustancias que provocan alucinaciones parecidas por vías diferentes permite acotar qué circuito produce cada parte de la experiencia.
Ratas despiertas dentro del escáner
El Centro de Neuroimagen Traslacional de Northeastern lleva años haciendo algo poco habitual: meter roedores despiertos (no anestesiados, que es lo cómodo pero altera la actividad cerebral) en una resonancia magnética funcional para ver su cerebro en pleno funcionamiento bajo el efecto de distintas drogas. El resultado en el caso de la mescalina, publicado en la revista Neuroscience Bulletin, fue calificado de paradójico por el propio doctorando que dirigió el trabajo, Noah Cavallaro. Por un lado, la actividad del cerebelo se desplomaba, como si esa región se desconectara del resto. Por otro, el análisis en reposo mostraba justo lo contrario a escala global: una hiperconectividad generalizada, con el cerebelo tejiendo más conexiones de lo normal con el hipocampo, el tálamo, la corteza somatosensorial y el mesencéfalo. Apagado por dentro y hablando más que nunca con los vecinos.
El portero del cerebro
Para entender por qué eso importa hay que saber qué hace el cerebelo. Además de coordinar el movimiento, ejerce de portero de la información sensorial: filtra y prioriza el bombardeo constante de estímulos que llegan del cuerpo y del entorno para que solo lo relevante ocupe nuestra atención. Craig Ferris, que dirige el centro, lo plantea de forma gráfica: estamos inundados de información sensorial por dentro y por fuera, y si no filtráramos nada, el resultado sería devastador, algo muy parecido a alucinar.
Los investigadores comprobaron ese filtro con dos pruebas. La primera, con olores: bajo el efecto de la mescalina, la respuesta cerebral a un olor apetecible desaparecía. La segunda es un clásico de la neurociencia, la inhibición prepulso, que mide precisamente la capacidad de amortiguar un sobresalto. Ferris lo explica así: si alguien da una palmada fuerte a tu espalda, pegas un bote; si la repite segundos después, ni te inmutas. Al someter a los animales a tonos de distintas frecuencias, el patrón resultó sorprendentemente selectivo. En los graves (4 kHz) y en los agudos (20 kHz) el filtrado incluso mejoraba, en torno a un 27% en ambos casos. En cambio, en la frecuencia intermedia (12 kHz) el sistema fallaba estrepitosamente, con una caída del 16%. La conclusión de Cavallaro es que el cerebelo, más que apagarse del todo, se convierte en un filtro selectivo y caprichoso que deja pasar hacia el resto del cerebro una avalancha de información sin procesar.
La conexión con la psicosis
Aquí es donde el trabajo trasciende la curiosidad farmacológica.dificultades para filtrar los estímulos: en el estrés postraumático ciertos sonidos disparan la alarma y aparecen ilusiones auditivas, y los pacientes con un primer episodio esquizofrénico muestran patrones de hiperconectividad cerebelosa parecidos a los que exhibían estas ratas. Estudiar cómo una sustancia provoca de forma temporal y controlada algo similar a un síntoma psicótico ofrece una ventana para entender qué falla cuando ese síntoma se instala solo.
Conviene no adelantarse. Todo esto se ha visto en ratas, y traducir la actividad cerebral de un roedor a la experiencia consciente de una persona sigue siendo un salto enorme (una rata puede indicarnos si filtra un sonido, pero no puede contarnos qué está viendo). Los propios autores señalan que el siguiente paso es medir el efecto de distintas dosis y, con el tiempo, llegar a la clínica, un terreno que la mescalina todavía no ha pisado. Y una advertencia que sobra recordar pero conviene dejar por escrito: hablamos de una sustancia ilegal en la mayoría de los países, con un uso ceremonial protegido en contextos indígenas muy concretos y con el peyote en situación delicada por la sobreexplotación. La investigación va de entender el cerebro humano, no de recetar viajes. Y, por el camino, deja una idea fascinante: buena parte de lo que llamamos realidad depende de un portero silencioso que decide, sin consultarnos, qué merece llegar a nuestra conciencia.
REFERENCIA
- Mescaline Alters Cerebellar Function, Global Connectivity, and Frequency-Selective Acoustic Gating: A BOLD fMRI Study in Awake Rats (Cavallaro et al., Neuroscience Bulletin, 2026. DOI: 10.1007/s12264-026-01632-3)
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