¿Es siempre necesario terminar la ronda de antibióticos? Esta revisión dice que no

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Para muchas infecciones comunes, las pautas cortas de antibióticos funcionan tan bien como las largas, según se acumula la evidencia

Es una de esas normas que nos han repetido desde la infancia: aunque te encuentres mejor, termina siempre la caja entera de antibióticos. La idea nos parece ya de sentido común, de tanto repetirla, pero la evidencia científica ha cambiado en los últimos años. Pero ojo, esto no significa que puedas dejar el tratamiento por tu cuenta cuando te apetezca, y que la recomendación sigue siendo seguir al pie de la letra lo que indique tu médico.

Índice
  1. Una regla de la era de la penicilina
  2. Lo que revela la nueva encuesta
  3. Por qué acortar cuando se pueda
  4. No quiere decir que los tomes como aspirinas
  5. REFERENCIAS

Una regla de la era de la penicilina

El mandato de acabar siempre el tratamiento se remonta a los años cuarenta, a los tiempos de la penicilina, y se apoyaba en una lógica en apariencia infalible: si dejas de tomar el antibiótico antes de tiempo, las bacterias que sobreviven podrían rebrotar y volverse resistentes.

Pero más de 120 ensayos clínicos aleatorizados (los de mayor calidad) han demostrado que, para muchas infecciones comunes, las pautas cortas resultan igual de eficaces y seguras que las largas, y no son más propensas a provocar resistencias. Un análisis publicado en The BMJ en 2017 fue más allá, al señalar que hay pocas pruebas de que no terminar un tratamiento favorezca la resistencia, y que exponerse innecesariamente a tandas demasiado largas podría incluso estar agravando el problema de la resistencia.

Lo que revela la nueva encuesta

El estudio que ha reavivado el debate mide lo que la gente cree sobre los tratamientos, más que su eficacia. Un equipo de la Universidad de Utah, dirigido por Alistair Thorpe, encuestó a 1.475 adultos estadounidenses sobre qué duración de antibiótico preferirían para una infección respiratoria como una neumonía, y publicó los resultados en la revista Open Forum Infectious Diseases.

La mayoría, 892 personas, se decantó por una pauta larga de siete días o más frente a una corta de tres a cinco, que es la que recomiendan las guías actuales para varios de estos casos. Esa preferencia se relacionaba con haber oído el famoso mensaje de acabar siempre el tratamiento, que un 88% conocía y compartía, y con la creencia general de que más largo es sinónimo de mejor. Solo un 17,5% había recibido alguna vez la indicación de parar al encontrarse bien, aunque un 58,4% se mostraba dispuesto a aceptarla si venía de su médico.

Por qué acortar cuando se pueda

La resistencia a los antibióticos es una emergencia sanitaria mundial que mata a más de un millón de personas al año. Cada día de antibiótico innecesario supone una presión adicional que selecciona bacterias más resistentes, además de exponer al paciente a más efectos secundarios. Ajustar la duración a la mínima eficaz, en las infecciones donde los ensayos lo respaldan, permite reducir esos riesgos sin empeorar los resultados. Visto así, acortar cuando se puede funciona como un avance de salud pública que conviene trasladar bien a la población, lejos de ser un recorte por lo sano.

No quiere decir que los tomes como aspirinas

Aquí está la parte más importante del mensaje, y hay que subrayarla. Nada de esto autoriza a abandonar los antibióticos en cuanto uno se siente mejor ni a decidir por su cuenta cuántos días tomarlos. La duración correcta depende de la infección, y algunas graves, como la tuberculosis o ciertas infecciones por estafilococo, requieren de verdad tratamientos largos, de modo que interrumpirlos antes de tiempo es peligroso.

El cambio ocurre en lo que prescriben los médicos, guiados por la evidencia, y no en que el paciente ajuste la pauta a su antojo. La regla segura sigue siendo sencilla: seguir exactamente lo que indique quien receta, aunque sea menos de lo que uno esperaba, y preguntarle qué duración es la adecuada en cada caso y cuándo es el momento de parar.

Hay motivos para el optimismo en cómo gestionar esta transición. Más del 90% de los encuestados dijo confiar en el criterio de su médico, una base excelente para actualizar viejos hábitos. Los propios autores sugieren presentar estos cambios como lo que son, un signo de progreso científico normal, y reconocer con naturalidad que el conocimiento evoluciona, algo que genera más confianza que ocultarlo.

La conclusión práctica es tranquilizadora: terminar el tratamiento fue una buena regla general que ha sobrevivido a parte de sus pruebas, y siempre es mejor hablarlo con el médico para dar con la duración justa, ni más ni menos.

REFERENCIAS

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