El envidioso pone en su punto de mira al que goza de popularidad o prestigio.
Anhela el fracaso del vecino, lo que le lleva a intimidarle.
Le guía la idea de que “me miren a mí”, y actúa bajo los efectos de drogas y alcohol.
Los parques son un buen objetivo: no hay vigilancia y es fácil huir tras la agresión.
Oculta un fracaso, por eso se regodea con víctimas que tienen poca habilidad social.
Peleas que empiezan como bromas
Asume el refrán: “A cada cerdo le llega su sanmartín”.
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