Beber como solución para calmar el estrés pasa esta factura al cerebro
Combinar alcohol y estrés en la juventud daña el centro cerebral de la toma de decisiones y reduce la flexibilidad mental en la mediana edad
Recurrir a una copa para desconectar de un mal día es una de las costumbres más extendidas y, a la vez, más tramposas que existen. El alivio que da el alcohol es inmediato, pero un trabajo reciente sugiere que, cuando ese hábito arraiga pronto y se mezcla con el estrés, deja en el cerebro una huella que puede durar décadas. Conviene aclarar desde el principio que el estudio se ha hecho en ratones, aunque sus circuitos cerebrales se parecen bastante a los nuestros.
Un círculo vicioso entre el estrés y la copa
Que el estrés y el alcohol se retroalimentan es algo que la ciencia sospecha desde hace tiempo. Beber calma la tensión de forma pasajera, pero el consumo repetido debilita la capacidad natural del cerebro para gestionar el estrés por sí mismo, de modo que la persona necesita cada vez más alcohol, y con más frecuencia, para lograr el mismo efecto. A la vez, beber más genera nuevos problemas y malas decisiones que suman todavía más estrés. Así se cierra un bucle difícil de romper a medida que el cerebro se adapta a esa doble exposición. Un equipo de la Universidad de Massachusetts Amherst quiso averiguar qué queda de todo ello a largo plazo.
Alcohol y estrés, peor juntos
Con financiación del instituto estadounidense sobre el abuso del alcohol (NIAAA), el laboratorio de la neurocientífica Elena Vazey trabajó con ratones y descubrió que la combinación de alcohol y estrés hace mucho más daño que cualquiera de los dos factores por separado. Los animales que en su juventud habían bebido en abundancia para afrontar el estrés mostraban, ya en la mediana edad, dos secuelas claras: una mayor tendencia a volver a la bebida cuando se les sometía a estrés, incluso tras largos periodos de abstinencia total, y una peor flexibilidad cognitiva. Curiosamente, su capacidad de aprendizaje apenas se resentía, y el golpe se concentraba en esa habilidad para adaptarse a los cambios y cambiar de estrategia cuando la situación lo exige, según el trabajo publicado en la revista Alcohol: Clinical and Experimental Research. Es, precisamente, el tipo de rigidez mental que aparece en las primeras fases de la demencia.
La avería en el locus coeruleus
Para entender por qué, el equipo se fijó en una diminuta región del tronco del encéfalo llamada locus coeruleus, clave en la toma de decisiones adaptativas tanto en ratones como en personas. En un cerebro sano, esta zona se activa ante una situación estresante y luego es capaz de apagarse sola cuando la amenaza pasa. En los ratones expuestos a alcohol y estrés crónico, en cambio, el locus coeruleus había perdido parte de la maquinaria molecular que le permite frenarse, unos receptores de autoinhibición, así que se quedaba encendido y desregulado. El equipo detectó además altos niveles de estrés oxidativo en esa región, un tipo de daño celular que también se observa en el cerebro de los pacientes con alzhéimer. Lo más inquietante es que ese deterioro persistía tras el equivalente a meses de abstinencia, sin apenas señales de reparación.
No es cuestión de fuerza de voluntad
De aquí se extrae una lección importante y, bien entendida, compasiva. Si la propia estructura del cerebro queda dañada, dejar de beber o tomar mejores decisiones no depende solo de la fuerza de voluntad, como resume Vazey. Tras un historial de estrés y alcohol, el cerebro sencillamente funciona de otra manera, y esa es una de las razones por las que la recaída resulta tan frecuente pese a los mejores propósitos. Leído así, el hallazgo apunta justo en la dirección opuesta a culpar a nadie: retira parte del estigma que rodea a la adicción y explica por qué hace falta un tratamiento capaz de abordar esos cambios duraderos, más allá de pedir a la persona que ponga de su parte. La región identificada, el locus coeruleus, apunta de hecho a una posible diana para futuras terapias.
Merece la pena mantener la calma con las conclusiones. Se trata de un estudio en ratones, de modo que la palabra permanente hay que tomarla con cautela, ya que el deterioro se midió dentro del tiempo que duró el experimento y no equivale sin más a una condena de por vida en humanos. Aun así, encaja bien con lo que ya sabíamos sobre el alcohol como factor de riesgo del declive cognitivo, y reformula el hábito de beber para calmar los nervios como lo que es, una trampa neurológica y no una simple falta de carácter. En una cultura como la nuestra, donde tomar algo para relajarse está tan normalizado, ese matiz importa. Conviene recordar, además, que el trastorno por consumo de alcohol tiene tratamiento y que pedir ayuda a un profesional, lejos de ser un signo de debilidad, es la decisión más sensata que permite ese cerebro que tanto nos cuesta cambiar.
REFERENCIA
- Impact of chronic alcohol and stress on midlife cognition and locus coeruleus integrity in mice (Revka et al.; sénior E. M. Vazey, Alcohol: Clinical and Experimental Research 50(3), 2026. DOI: 10.1111/acer.70273)
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