Un nuevo estudio recorta hasta un 92 % la superficie útil para reforestar con sentido climático, pero queda mucha superficie para reforestar y prevenir el cambio climático

La reforestación es una de las herramientas más conocidas para combatir el cambio climático, ya que los árboles capturan y almacenan dióxido de carbono (CO₂), el principal gas de efecto invernadero. Sin embargo, no todas las tierras son aptas para plantar árboles. Algunas zonas tienen ecosistemas únicos, como las praderas, que podrían verse dañados si se cubren de bosques. Además, factores como el albedo (la capacidad de una superficie para reflejar la luz solar) pueden hacer que algunos lugares se calienten más al ser reforestados. También es clave considerar los conflictos con otros usos del suelo, como la agricultura, el acceso al agua o la protección de la biodiversidad. Por eso, nuevos estudios buscan refinar las estimaciones sobre dónde tiene sentido plantar árboles, sin empeorar otros problemas ambientales o sociales.

Un estudio publicado esta semana en Nature Communications redefine los límites del optimismo reforestador con mapas detallados que indican dónde realmente tiene sentido plantar o regenerar bosques. Liderado por científicos de The Nature Conservancy (TNC) junto con otras instituciones, el análisis muestra que la superficie mundial adecuada para la reforestación climáticamente beneficiosa es mucho menor de lo que se creía: solo 195 millones de hectáreas, una extensión equivalente a la mitad del territorio de Estados Unidos. Esta cifra supone entre un 71 % y un 92 % menos de lo estimado por trabajos anteriores.

Aún así, esto dejaría 195 millones de hectáreas en todo el mundo como óptimas para la reforestación sin perjudicar a las personas ni a la fauna. La restauración de estas zonas podría eliminar 2.200 millones de toneladas de CO₂ al año, lo que equivale a las emisiones anuales de la Unión Europea.

El autor principal del estudio, Kurt Fesenmyer, experto en datos forestales espaciales en TNC, explicó: “Nuestro objetivo era dimensionar de forma realista cuánto puede contribuir la reforestación al cambio climático, identificando dónde pueden realmente plantarse o regenerarse árboles con mínimos sacrificios y máximos beneficios para las personas y la naturaleza”.

La reducción tan drástica respecto a estudios anteriores se debe, en parte, a la incorporación de factores hasta ahora ignorados o poco estudiados. Uno de ellos es el albedo: en ciertas regiones, cubrir el suelo con árboles oscuros en lugar de superficies más reflectantes puede contribuir al calentamiento, en lugar de mitigar el cambio climático. Otro elemento clave es la exclusión de ecosistemas como sabanas o praderas nativas, donde plantar árboles puede destruir biodiversidad o agravar incendios forestales.

El nuevo enfoque también destaca por tener en cuenta la justicia social. Según Forrest Fleischman, coautor y profesor en la Universidad de Minnesota, “estudios anteriores ignoraban a menudo cómo la reforestación podía tener efectos negativos en el bienestar humano, sobre todo en comunidades rurales pobres. Esas consecuencias negativas son más probables cuando las personas carecen de derechos seguros sobre la tierra, dependen de los recursos naturales para alimentarse o cocinar, y viven en países donde no se respetan los derechos políticos”.

Por eso, los mapas desarrollados señalan no solo dónde es más viable reforestar, sino también dónde debe actuarse con cautela para no agravar situaciones de vulnerabilidad social. El enfoque conservador busca evitar soluciones simplistas que pasen por alto las complejidades del uso del suelo y las necesidades humanas.

Susan Cook-Patton, científica principal en reforestación para TNC y coautora del estudio, lo resume así: “A medida que se acumulan los desastres climáticos, se hace cada vez más evidente que no podemos perder tiempo en intervenciones bienintencionadas pero poco fundamentadas. Que no haya duda: la reforestación sigue siendo una de las formas más rentables de eliminar CO₂ de la atmósfera. Pero no se puede hacer en cualquier parte. Este estudio nos ayudará a centrarnos en los lugares donde los beneficios superan claramente a los riesgos”.

Además de señalar zonas prioritarias, el estudio refuerza la importancia de combinar la reforestación con otras estrategias, como la protección de los bosques existentes, la descarbonización industrial o la transición energética. De cara a la próxima cumbre climática de la ONU (COP30), que se celebrará precisamente en la selva amazónica, estos hallazgos llegan en un momento crucial.

Desde TNC insisten en que plantar árboles no es una panacea. La clave está en restaurar y proteger los bosques de forma inteligente, teniendo en cuenta tanto los límites ecológicos como las realidades sociales. Así, se podrá invertir con mayor eficacia en soluciones climáticas basadas en la naturaleza, especialmente en países que ya están sufriendo con más dureza las consecuencias del calentamiento global.

Este estudio no solo ofrece una brújula científica para saber dónde sí y dónde no plantar árboles. También lanza un mensaje claro: en el contexto actual, el bosque no siempre es la mejor respuesta. Pero cuando lo es, conviene hacerlo bien.

REFERENCIA

Addressing critiques refines global estimates of reforestation potential for climate change mitigation