Dos fósiles completos de Pterodactylus muestran fracturas oblicuas en el húmero, lo que apunta a vientos extremos que hundieron a las crías en lagunas alemanas.
Los pterosaurios fueron reptiles voladores del Jurásico y el Cretácico (no dinosaurios) con alas formadas por una membrana sostenida por un dedo elongado, y los recordarás de Parque Jurásico.
Las alas rotas de dos pterosaurios jóvenes podrían revelar cómo cientos de sus congéneres encontraron la muerte hace unos 150 millones de años. Los nuevos análisis de dos fósiles completos y bien conservados de Pterodactylus, apodados “Lucky I” y “Lucky II”, muestran que cada cría tenía el húmero fracturado con un corte limpio y en ángulo oblicuo. Esa geometría sugiere que los brazos fueron retorcidos con fuerza, no por un golpe cualquiera, sino por una torsión abrupta difícil de soportar.
El equipo publica la investigación el 5 de septiembre en Current Biology. Los autores interpretan que la causa más probable fue una tormenta de viento lo bastante violenta como para superar la capacidad de vuelo de los animales jóvenes. El paleontólogo Robert Smyth, de la Universidad de Leicester, y sus colegas firman el trabajo y proponen ese escenario con base en la comparación anatómica y el contexto sedimentario.
El caso es antiguo y frío, digno de un detective con paciencia. Hace unos 150 millones de años gran parte de la región que hoy es Alemania estaba cubierta por un mar cálido y poco profundo. Los arrecifes de coral aislaban brazos de ese mar, creando lagunas separadas con fondos de lodos carbonatados muy finos.
Esos lodos formaban un entorno excepcional para la fosilización. Incluso los huesos frágiles y ligeros de los pterosaurios podían quedar enterrados con rapidez y preservarse sin deshacerse. La receta combina aguas tranquilas, sedimentos finos y poco oxígeno, una bendición para los paleontólogos, aunque no lo fuera para los animales.
Una de esas lagunas corresponde hoy a una cantera de calizas jurásicas repleta de fósiles. Entre ellos hay pequeños dinosaurios y Archaeopteryx, considerado el ave más temprana que conocemos. El conjunto es un catálogo compacto del ecosistema jurásico, enmarcado en roca.
El yacimiento, conocido como la Caliza de Solnhofen, es célebre por la abundancia de pterosaurios, en especial de ejemplares recién nacidos o muy jóvenes. Estas crías han permitido reconstruir cómo crecían, qué comían y cuándo pudieron volar.
Lo extraño es que los fósiles de adultos suelen aparecer fragmentados y dispersos, mientras que los de jóvenes aparecen preciosos y completos. La intuición diría lo contrario, porque los esqueletos de las crías deberían ser aún más delicados que los de los mayores.
El trabajo sugiere que las tormentas violentas resuelven el enigma. Las crías habrían luchado contra vientos extremos, con alas aún en aprendizaje, hasta perder el control y caer a la laguna. Allí se ahogaron y quedaron enterradas con rapidez en el sedimento fino, lo que explica su conservación impecable.
Los adultos, en cambio, pudieron resistir más tiempo tanto la tempestad como el agua. Esa lucha adicional habría fragmentado sus cuerpos y los habría desplazado antes del hundimiento final. Las fracturas oblicuas del húmero son una pista de primer orden. Un corte limpio y en ángulo, igual en dos individuos distintos, encaja con fuerzas de torsión propias de ráfagas irregulares.
El contexto geológico refuerza la hipótesis. Las lagunas aisladas por arrecifes funcionan como trampas naturales, con aguas relativamente tranquilas, fondos blandos y episodios de enterramiento súbito. La presencia de Archaeopteryx y de pequeños dinosaurios en el mismo estrato no contradice el escenario. Indica que la laguna actuó como sumidero ocasional para distintos animales que llegaban desde áreas cercanas. Las tormentas, además, podrían haber arrastrado individuos desde orillas y plataformas someras hacia zonas más profundas.
Las crías de Pterodactylus encajan bien con ese patrón. Vuelos cortos, maniobras torpes y una anatomía aún en desarrollo hacen que un frente de rachas cambiantes sea una amenaza seria. El contraste entre jóvenes completos y adultos fragmentados no solo es curioso. También enseña que las tormentas catastróficas pueden distorsionar el registro fósil, seleccionando qué se preserva y cómo.
El estudio de “Lucky I” y “Lucky II” añade un detalle casi forense a ese relato. La coincidencia de fracturas, la edad de los individuos y el medio de depósito forman un conjunto coherente. No prueba cada paso del suceso, pero reduce el abanico de posibilidades a un culpable muy convincente.
REFERENCIA
Fatal accidents in neonatal pterosaurs and selective sampling in the Solnhofen fossil assemblage.