Un estudio muestra que ingresos, género y exigencias del trabajo marcan quién florece y quién decae anímicamente tras decir adiós a la jornada laboral.
Todos conocemos personas que se jubilan, y empiezan a disfrutar enormemente de la vida, mientras que otras se deprimen y su salud cae en picado. ¿Por qué?
Para muchas personas, jubilarse significa dejar el trabajo a tiempo completo y abrir espacio para una vida más tranquila. Aparecen planes que antes no cabían, como viajar, aprender algo nuevo o pasar más tiempo con la familia. Es la pausa largamente merecida tras años de rutina. La jubilación puede impulsar el bienestar psicológico, pero no siempre. Una nueva investigación apunta que el efecto depende de los ingresos, el género y el tipo de empleo previo. Hay quienes disfrutan el retiro y hay quienes ven cómo su ánimo se amarga una vez cerrada la puerta de la oficina.
El estudio, realizado por la Universidad de Edimburgo, advierte que el beneficio en salud mental no está garantizado para todo el mundo. Existen factores que erosionan el bienestar tras el retiro. Detectarlos ayuda a entender por qué la transición no siempre es suave.
«Este estudio identificó trayectorias de salud mental distintas entre diferentes grupos de ingresos», dijo la autora principal y de correspondencia, Xuefei Li, del Departamento de Psicología de la Universidad. «Podemos suponer que los cambios de salud inmediatos en el año en que las personas se jubilan y los cambios de salud a largo plazo son diferentes. Comprender estas fases arroja luz sobre los procesos de ajuste que las personas atraviesan cuando se enfrentan a los desafíos internos y externos».
El equipo analizó 17 años de datos del panel holandés LISS, un seguimiento de hogares a lo largo del tiempo. Incluyeron a 1.538 personas que se jubilaron durante la ventana del estudio y que aportaron datos de salud mental, ingresos y demandas del trabajo. Esa combinación permitió observar tanto el momento del retiro como su evolución posterior.
La salud mental se midió con el cuestionario MHI-5, que capta ansiedad, depresión y bienestar percibido. Los ingresos mensuales se agruparon en tres niveles. Bajos, menos de 1.500 € al mes, de 1.501 a 3.000 €, y altos, más de 3.000 €.
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Las exigencias del empleo antes de la jubilación se recogieron con autoinforme. Se distinguieron demandas físicas y demandas mentales. También se registraron datos demográficos como género, estado civil, nivel educativo y edad de retiro.
Para analizar los cambios, los investigadores usaron modelos de crecimiento por tramos. Esta técnica permite estudiar la salud mental antes, durante y después de la jubilación y comparar si los cambios siguen una, dos o tres fases. Así se observa la curva completa, no solo una foto fija.
En conjunto, jubilarse se asoció con una mejora del bienestar psicológico. Sin embargo, el patrón no fue igual en todos. El nivel de ingresos marcó diferencias claras. En el grupo de ingresos bajos apareció una mejora inicial. Transcurridos unos dos años y medio, esa mejora se desvaneció y dio paso a un descenso. Los autores lo describen como una U invertida, el efecto luna de miel que se va apagando.
En el grupo de ingresos medios se vio un modelo de dos fases. Hubo mejoría antes de la jubilación y una mejora más modesta después. El cambio fue positivo, aunque menos pronunciado con el paso del tiempo. En el grupo de ingresos altos no hubo variación antes ni después del retiro, pero sí un repunte claro en el año exacto de la jubilación. Entre personas con salud mental alta antes del retiro, tanto en niveles medios como altos de ingresos, el margen de mejora fue menor. Cuando se parte de arriba, hay menos recorrido hacia arriba.
En el grupo de ingresos bajos no se encontró ese techo. Quienes estaban peor podían mejorar más. La foto, aun así, dejó sombras específicas según el trabajo y la situación personal. Las ocupaciones físicamente exigentes antes del retiro se asociaron con peor salud mental en el grupo de ingresos medios, incluso tras ajustar por género, educación, estado civil y edad. Las demandas mentales del empleo no mostraron efectos significativos.
En el grupo de ingresos bajos, las mujeres y las personas no casadas presentaron peores resultados de salud mental. En el grupo de ingresos altos, jubilarse a edades más tardías se vinculó con mejoras más lentas e incluso con resultados peores en algunos casos.
El estudio reconoce limitaciones que invitan a la cautela. El grupo de ingresos altos fue relativamente pequeño y el de ingresos bajos tuvo más mujeres, lo que podría sesgar resultados. No se pudo diferenciar entre jubilaciones voluntarias y forzadas, algo con impacto probable en el ánimo. Además, los hallazgos se enmarcan en el sistema de pensiones neerlandés, relativamente generoso y colectivo. En países con sistemas distintos, los patrones podrían variar. La medición anual de la salud mental puede pasar por alto fluctuaciones de corto plazo.
También se observaron grandes diferencias individuales que el modelo no explicó del todo. La vida no cabe siempre en curvas limpias. Aun así, los resultados dibujan tendencias útiles para actuar. «Todos los grupos de ingresos mostraron una mejora general de la salud mental durante la transición a la jubilación, sin embargo hubo múltiples fases de desarrollo en las que la salud mental puede decaer», dijo la coautora, la profesora Aja Murray, PhD, docente de psicología en la Universidad de Edimburgo. «Durante estos momentos vulnerables, las personas pueden beneficiarse de apoyos específicos».
Las implicaciones son claras. Si la mejora no llega por igual, conviene diseñar políticas de pensiones y de apoyo psicológico que tengan en cuenta ingresos, género, estado civil y tipo de empleo. También ayuda ofrecer intervenciones focalizadas en las fases críticas. Planificar el retiro no es solo cuestión de números, también de tiempo, contexto y apoyo.
REFERENCIA
Mental health trajectories surrounding retirement: A longitudinal perspective