Un análisis de 14 millones de visitas revela que las consultas a herramientas de IA representan menos del 1% del tráfico en Internet, y quienes lo usan más puntúan más alto en rasgos de la triada oscura.
La inteligencia artificial se ha colado en titulares, aulas y oficinas, pero medir su uso real exige mirar datos de navegación y no solo opiniones. Un nuevo estudio en Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking muestra que, pese a la atención mediática, la IA aparece mucho menos en la navegación diaria de lo que se imagina. A partir de más de 14 millones de visitas a páginas web, los autores estiman que la navegación relacionada con IA representó menos del uno por ciento del tráfico para la mayoría de las personas. El equipo también observa que quienes usan IA con mayor frecuencia tienden a exhibir ciertos rasgos de personalidad aversivos.
El interés por la IA crece en lo social y en lo académico, sobre todo por su papel en educación, trabajo y ocio. Muchas encuestas preguntan si la gente utiliza IA y qué opinión les merece, pero estas encuestas suelen fallar. Las personas recuerdan mal, o miden mal, cuánto usan tecnologías nuevas como la IA.
Para ir más allá de las encuestas, los investigadores midieron el uso de IA en historiales reales de navegación. Su objetivo fue calcular con qué frecuencia se usan estas herramientas en la vida cotidiana, identificar quién las usa más y observar qué actividades online acompañan ese uso. Comprender los rasgos psicológicos vinculados a una mayor interacción con la IA puede ayudar a anticipar quién adoptará o rechazará estas tecnologías.
“Ha habido una discusión pública enorme sobre la IA y su impacto social, pero sorprendentemente pocos datos objetivos sobre cómo la usa la gente en su navegación diaria”, afirmó la autora del estudio, Emily McKinley, doctoranda en la Universidad de California, Davis.
“Pese a las preocupaciones y el entusiasmo por herramientas como ChatGPT, casi no teníamos una línea base de los patrones reales de uso. Queríamos medir lo que ocurre de verdad, examinando no solo la frecuencia, sino también los perfiles psicológicos de los adoptantes de IA y cómo la IA se integra en sus comportamientos digitales más amplios”.
Quienes usaron más la IA tendían a puntuar algo más alto en rasgos asociados con narcisismo y psicopatía
El proyecto incluyó dos estudios. El primero contó con 499 estudiantes de dos universidades. El segundo analizó a 455 personas de la población general. En ambos casos, los participantes compartieron su historial de navegación durante hasta 90 días. El análisis incluyó solo usuarios de Google Chrome, porque ese navegador permitía exportar los datos necesarios. Los participantes también completaron encuestas sobre rasgos de personalidad, actitudes hacia la IA y datos demográficos.
Con una lista de sitios de IA conocidos, como ChatGPT y Microsoft Copilot, el equipo identificó las visitas relacionadas con IA. El resto de webs se clasificó con un sistema de contenidos impulsado por un modelo lingüístico. A partir de ahí, los investigadores calcularon la proporción de visitas a IA sobre el total, qué sitios se visitaban inmediatamente antes y después, y qué rasgos psicológicos se relacionaban con ese uso.
En la muestra de estudiantes, el uso de IA supuso de media un 1% de todas las visitas a webs. La mayoría apenas usó IA, y un grupo pequeño concentró la mayor parte del tráfico. El sitio más visitado con diferencia fue ChatGPT, con más del 85 por ciento de las visitas relacionadas con IA. Aunque ese porcentaje superó a las visitas a versiones web de algunas redes sociales como Instagram, quedó muy por debajo del uso de los buscadores.
“Nos sorprendió de verdad lo poco frecuente que era el uso de IA, incluso entre estudiantes que suelen ser adoptantes tempranos de nuevas tecnologías”, dijo McKinley a PsyPost.
Quienes usaron más la IA tendían a puntuar algo más alto en rasgos asociados con narcisismo y psicopatía. Estas personas también mostraban actitudes más positivas hacia la IA. Aparecieron asociaciones débiles entre uso de IA y variables como ingresos y género, pero en este grupo no hubo relación significativa con edad o etnia.
En la población general, el uso de IA fue todavía menor, con una media de solo el 0,44% de las visitas. De nuevo, ChatGPT fue la plataforma de IA más visitada. Se observaron menos correlaciones significativas entre personalidad y uso en este grupo, aunque apareció una relación modesta entre maquiavelismo y navegación relacionada con IA. Quienes expresaron opiniones más favorables sobre la IA también fueron algo más propensos a utilizarla.
Los investigadores prestaron especial atención a los “usuarios prolíficos”, definidos como aquellos para quienes la navegación en IA superaba el 4% del total de visitas. Entre los estudiantes, estos prolíficos puntuaron mucho más alto en maquiavelismo, narcisismo y psicopatía que sus compañeros. En la población general esos patrones fueron menos claros, quizá porque el uso de IA fue menos frecuente, lo que reduce la capacidad de detectar diferencias.
“Curiosamente, quienes usan más la IA tienden a puntuar más alto en rasgos aversivos de personalidad, en particular maquiavelismo, narcisismo y psicopatía, aunque estos patrones fueron más fuertes entre estudiantes”, comentó McKinley.
Las herramientas de IA se usan como parte de un flujo de trabajo, sobre todo en contextos académicos o laborales
En ambos grupos, el equipo analizó qué hacían los participantes en los segundos antes y después de visitar un sitio de IA. Antes, muchos estaban en webs de internet y telecomunicaciones, como buscadores o páginas de inicio de sesión. Después del uso de IA, aumentaron las visitas a sitios de educación, informática o tareas profesionales. Estos patrones sugieren que las herramientas de IA se usan como parte de un flujo de trabajo, sobre todo en contextos académicos o laborales. Para los autores, la IA se percibe más como herramienta de productividad que como entretenimiento.
Otro hallazgo clave fue la brecha entre lo autorreportado y lo real. En la muestra de población general, se preguntó a los participantes con qué frecuencia creían usar IA. La correlación entre sus estimaciones y la navegación observada fue moderada, lo que indica que los autorreportes no bastan para medir el uso. Este resultado coincide con trabajos previos sobre otros medios, donde la gente suele infradeclarar o sobredeclarar sus hábitos.
El estudio también tiene limitaciones. El análisis se limitó a interacciones web y no incluyó apps móviles, que pueden ser relevantes para algunos usuarios. Además, solo participaron usuarios de Google Chrome, lo que puede sesgar la muestra.
La investigación se centró en un conjunto acotado de rasgos individuales, como personalidad y demografía básica. Otros factores, como bienestar emocional, motivaciones o entorno social, podrían influir en la adopción de IA y no se analizaron aquí. El equipo propone que futuros trabajos exploren cómo esas variables psicológicas y sociales se relacionan con el uso.
Los autores subrayan la importancia de entender qué hace la gente durante el tiempo que pasa en plataformas de IA. Aunque el estudio captó la frecuencia de visitas, no registró si escribían ensayos, resolvían problemas o curioseaban. Capturar el contenido de las interacciones ayudaría a clarificar objetivos e intenciones.
A medida que la IA se integra en la vida diaria, los patrones de uso pueden cambiar. El equipo seguirá esta línea de trabajo para comprobar si el uso se asocia con resultados específicos.
“Queremos entender no solo con qué frecuencia se usa la IA, sino para qué se usa y cómo ese contenido se relaciona con las características individuales”, explicó McKinley. “También nos interesa examinar las consecuencias posteriores del uso de IA, por ejemplo si el uso real predice resultados como integridad académica, búsqueda de información o desempeño laboral”.
“Esta investigación representa uno de los primeros intentos de cuantificar de forma objetiva el uso de IA en entornos naturales mediante meses de datos reales de navegación. Aunque la IA domina muchas conversaciones culturales, los datos sugieren que la mayoría todavía la usa con cuentagotas. El enfoque metodológico que desarrollamos, que combina huellas digitales pasivas con medidas psicológicas, ofrece un modelo valioso para investigaciones futuras sobre tecnología, permite superar las limitaciones de las encuestas y entender cómo las diferencias individuales moldean la adopción en el mundo real”.
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