El retrato genético completo de María Branyas, que alcanzó los 117 años, apunta a variantes raras favorables, un sistema inmune sorprendentemente joven y un corazón y cerebro protegidos, pese a tener telómeros muy cortos.
Foto: Maria Branyas in 1925. (Wikimedia Commons/PD)
Los supercentenarios, quienes pasan de los 110 años, son excepcionales. La biología que sostiene su longevidad es una mezcla de genética, condiciones ambientales y puro azar. Una evaluación sanitaria minuciosa de una de las personas más longevas del planeta, María Branyas, sugiere que una de las razones por las que llegó a 117 años fue que poseía un genoma excepcionalmente joven.
María Branyas Morera fue una supercentenaria hispanoestadounidense, nacida en 1907, que vivió gran parte de su vida en Cataluña. Se convirtió en la persona viva más longeva del mundo en 2023 y falleció en 2024 con 117 años.
Algunas de sus variantes genéticas, raras en la población, se relacionan con longevidad, función inmune y buena salud cardiovascular y cerebral. Los autores del trabajo, pertenecientes a diferentes centros de investigación en Barcelona. explican que ahora usan estos hallazgos para “proporcionar una nueva mirada a la biología del envejecimiento humano, sugerir biomarcadores de envejecimiento saludable y posibles estrategias para aumentar la esperanza de vida”.
Los resultados se basan en muestras de sangre, saliva, orina y heces que Branyas donó antes de su fallecimiento en 2024, cuando era la persona viva más anciana del mundo.
Según el equipo liderado por investigadores del Instituto de Investigación contra la Leucemia Josep Carreras, en Barcelona, Branyas tenía células que “se sentían” o “se comportaban” como si fueran mucho más jóvenes que su edad cronológica. Superó en más de 30 años la esperanza de vida media de las mujeres en su tierra, Cataluña.
En su edad más avanzada, Branyas presentaba, según los científicos, un estado de salud globalmente bueno, con un sistema cardiovascular excelente y niveles de inflamación muy bajos.
Maria Branyas en su 117 cumpleaños. (Archivo de la familia de Maria Branyas Morera/Wikimedia Commons/PD)
A pesar de sus años, su sistema inmune y su microbiota intestinal mostraban marcadores propios de cohortes mucho más jóvenes. También presentaba niveles extremadamente bajos de colesterol “malo” y triglicéridos, y niveles muy altos de colesterol “bueno”. Todos estos factores pueden ayudar a explicar su salud sobresaliente y su longevidad extrema.
Branyas llevó una vida mental, social y físicamente activa, y además contó con buena suerte genética. Aunque una dieta mediterránea rica en yogur pudo influir en su vida prolongada, la longevidad extrema probablemente depende de una amplia combinación de variables genéticas y ambientales.
Llama la atención que los científicos observaron una “gran erosión” en los telómeros de Branyas, las protecciones al final de los cromosomas. Los telómeros protegen nuestro material genético, y los más cortos se han vinculado a un mayor riesgo de muerte. Sin embargo, estudios recientes sugieren que, entre los más veteranos de los veteranos, los telómeros no son un marcador útil de envejecimiento.

Rasgos juveniles y rasgos de envejecimiento de María Branyas. (Santos Pujol et al.,Cell Reports, 2025)
De hecho, disponer de telómeros muy cortos pudo proporcionar a Branyas una ventaja. De forma hipotética, escriben los autores, la vida más corta de sus células habría impedido que un cáncer llegara a proliferar.
“El retrato que emerge de nuestro estudio, aunque derivado solo de este individuo excepcional, muestra que una edad extremadamente avanzada y una mala salud no están intrínsecamente vinculadas”, escriben los investigadores, liderados por los epigenetistas Eloy Santos Pujol y Aleix Noguera Castells.
Investigar a una sola persona, especialmente a alguien tan extraordinario como Branyas, limita lo que podemos extrapolar al resto. Santos Pujol, Noguera Castells y sus colegas en España reconocen que se necesitan cohortes más amplias para profundizar en sus resultados.
Aun así, trabajos con grupos mayores que comparan a personas extremadamente longevas con sus coetáneos menos longevos también han identificado biomarcadores que distinguen a algunos humanos, con rasgos que podrían ayudarles a resistir la enfermedad.
Los centenarios son el grupo demográfico que más crece en el mundo, pero solo una de cada diez personas que alcanza los 100 llega a la década siguiente. Lo que Branyas ha brindado a la ciencia es una oportunidad rara para estudiar las posibles vías que hacen posible un tiempo de vida humano extremo.
El cuadro de su biología combina elementos que suelen parecer contradictorios. Por un lado, signos evidentes de edad, como telómeros muy acortados. Por otro, niveles de inflamación sorprendentemente bajos y una comunidad bacteriana intestinal con predominio de especies beneficiosas que suelen asociarse a edad biológica menor. Esa mezcla, lejos de ser un rompecabezas sin solución, sugiere que el envejecimiento cronológico y la aparición de enfermedad no van de la mano en todos los casos.
Su perfil lipídico, con HDL alto y LDL y triglicéridos a la baja, se suma a la protección cardiovascular observada en análisis clínicos. Su cerebro y su memoria se mantuvieron funcionales para su edad, lo que coincide con la ausencia de variantes de alto riesgo para enfermedades neurodegenerativas y con un entorno de baja inflamación sistémica. No basta con nacer con buenos genes, pero en su caso estos genes hicieron buena pareja con hábitos razonables y un entorno social activo.
El equipo remarca que el genoma de Branyas contenía variantes raras relacionadas con longevidad y reparación eficiente del ADN. Esa arquitectura genética, junto con una edad epigenética más joven que la cronológica, habría sostenido tejidos menos “gastados” a nivel molecular. Cuando los investigadores hablan de células que “se sentían” o “se comportaban” como jóvenes, describen justamente esa discordancia entre edad biológica y edad del DNI.
La microbiota intestinal cuenta otra parte de la historia. Los perfiles analizados encajan con comunidades ricas en bacterias asociadas a bajo grado inflamatorio. Si a ello se suma un patrón dietético mediterráneo con lácteos fermentados, la imagen final es coherente: menos inflamación global, mejor tono inmune y, en conjunto, menos papeletas para desarrollar enfermedades crónicas. Ninguna de estas piezas por separado explica un récord de longevidad. Juntas, marcan un camino plausible.
Los científicos insisten en que estos resultados no deben traducirse en recetas mágicas. “La extrapolación de nuestros resultados a la población general requerirá cohortes más grandes y estudios prospectivos longitudinales”, advierten. Aun así, proponen que el abanico de señales medibles que identificaron puede servir como guía para estudiar envejecimiento saludable, desde telómeros y firmas epigenéticas hasta rasgos de la microbiota y el sistema inmune.
El caso de Branyas también ayuda a desmontar ideas simplistas. Envejecer no equivale necesariamente a enfermar de forma grave y sostenida. Hay trayectorias biológicas que separan ambos caminos, y algunas personas, muy pocas, transitan la senectud por la vía lenta. Conocer esas rutas no garantiza que podamos replicarlas a voluntad, pero ofrece un mapa más nítido para intentarlo.
REFERENCIA
The multiomics blueprint of the individual with the most extreme lifespan