Un nuevo estudio de física explica por qué los tramposos no siempre ganan y tumba el Dilema del prisionero y sus 75 años de teoría del egoísmo evolutivo

La policía detiene a dos sospechosos, pero no tiene pruebas para acusarlos. Los pone en salas distintas, y les hace una propuesta: si te callas, te caerán diez años de cárcel, pero si delatas a tu compañero, quedarás libre. Si tu compañero te delata a ti también, te rebajaremos la condena a cinco.

¿Qué harías? Si los dos callan, salen libres, pero si uno delata al otro, uno queda libre y otro es condenado a la pena máxima. El Dilema del prisionero es una de las historias más conocidas de la Teoría de juegos, en la que los dos jugadores tienen la opción de cooperar o traicionar.

El mejor resultado para ambos sería que cooperaran, sin embargo, desde una perspectiva individual la opción más lógica es elegir la traición (no te puedes fiar del compañero), y es justamente esta perspectiva la que acaba perjudicando a ambos. Se llega al punto donde ningún jugador puede mejorar su situación cambiando de estrategia de forma individual, lo que se conoce como el Equilibrio de Nash, llamado así por John Nash, el investigador que desarrolló la teoría de juegos y cuya historia se cuenta en la película «Una mente maravillosa».

Este modelo matemático, concebido originalmente en 1950 por los matemáticos Merrill Flood y Melvin Dresher, demuestra por qué dos individuos racionales pueden no cooperar, incluso si hacerlo es lo mejor para ambos, revelando el conflicto entre el beneficio personal y el bien común. Si todos actúan de forma egoísta la sociedad, inevitablemente, colapsa, y en la carrera evolutiva prevalece el individualismo, una metáfora que sirve para entender las dinámicas de egoísmo en conflictos humanos.

Sin embargo, un nuevo estudio liderado por el físico Alexandre Morozov de la Universidad de Rutgers (EE. UU.) y Alexander Feigel de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha tratado de desmontar esta idea. Su investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), demuestra que cooperar es mucho más fácil y natural de lo que pensábamos, no hacen falta leyes estrictas, castigos divinos ni lazos familiares de sangre, la clave para que la generosidad triunfe está, simplemente, en la memoria.

La solución es reconocer al rival

Hasta ahora, las teorías que intentaban explicar la cooperación exigían condiciones especiales, como que los individuos fueran parientes genéticos (altruismo familiar), que pertenecieran a grupos cerrados o que existieran contratos sociales de reciprocidad explícita.

El modelo de Morozov rompe con estas condiciones: «Todo lo que tienes que hacer es recordar con quién interactuaste y reaccionar de la misma manera«, explica el físico, «Eso es suficiente para que la cooperación emerja por sí misma en muchos escenarios«. Es lo que en física se denomina una propiedad emergente: un fenómeno complejo que nace de forma natural a partir de reglas extremadamente sencillas.

Aplicando herramientas de la física estadística y simulaciones informáticas con redes neuronales, el equipo descubrió que la cooperación surge de manera espontánea con una única condición básica, que los individuos sean capaces de recordar con quién están tratando y ajustar su comportamiento en consecuencia. Si los individuos pueden distinguir a sus oponentes, ya sea por rasgos físicos o señales químicas, la cooperación comienza a florecer por sí misma.

Desmontando el dilema del prisionero en cualquier escala

Este nuevo enfoque no requiere una inteligencia superior, no hace falta un cerebro humano hiperdesarrollado para acordarse de un vecino. El estudio sugiere que incluso los organismos más simples, como los microbios o los insectos, pueden desarrollar comportamientos cooperativos estables, ya que, para lograrlo, solo necesitan mecanismos básicos de reconocimiento, como identificar señales químicas, como olores, o rasgos físicos particulares.

Incluso organismos sencillos como insectos o microbios pueden evolucionar hacia la cooperación si poseen mecanismos para diferenciarse entre sí. Cuando los individuos interactúan repetidamente y tienen la capacidad de distinguir a un cooperador de un tramposo, el panorama matemático cambia por completo, los tramposos y egoístas, que antes campaban a sus anchas explotando al resto, empiezan a ser identificados y aislados y al no encontrar víctimas a las que engañar, su estrategia deja de ser rentable y la evolución empieza a favorecer a aquellos que eligen colaborar.

Básicamente los que nos dice el estudio es que, si la cooperación tiene siquiera una pequeña oportunidad de surgir, la evolución puede refinarla y estabilizarla. En un momento en que los desafíos globales exigen más acción colectiva que nunca, la física nos recuerda que la empatía y la memoria no son debilidades humanas, sino los pilares fundamentales que evitan nuestro colapso.

REFERENCIA

Emergence of cooperation due to opponent-specific responses in Prisoner’s Dilemma