Un metaanálisis con decenas de estudios revela que tener compasión por los demás se asocia con mayor bienestar psicológico y social, y que la compasión puede entrenarse
En psicología se ha estudiado durante años la autocompasión, que consiste en tratarnos con amabilidad cuando sufrimos o cometemos errores. Esa línea de trabajo suele mostrar efectos claros sobre la salud mental y el bienestar. En cambio, la compasión dirigida a otras personas ha ofrecido resultados más irregulares y se ha investigado menos. Este nuevo metaanálisis viene a cubrir ese hueco.
El estudio analizó 54 tamaños de efecto extraídos de 37 investigaciones con 16.013 participantes. Los autores definieron compasión como una respuesta sensible al sufrimiento de otros que combina reconocimiento del daño, comprensión de que es universal, regulación del malestar que provoca y motivación para aliviarlo. Al combinar los datos, detectaron una asociación positiva entre compasión hacia los demás y bienestar. Ese vínculo se mantuvo estable cuando se miró por separado el bienestar psicológico, el cognitivo y el social, y también el afecto positivo. El resultado fue más débil cuando el bienestar se medía como reducción del afecto negativo, lo que sugiere que la compasión se vincula más a potenciar lo positivo que a disminuir el malestar.
Los autores probaron si edad, género o región geográfica explicaban parte de las diferencias entre estudios, pero no lo hicieron. Ni las muestras con más mujeres, ni las más jóvenes o mayores, ni el hecho de que el trabajo se hubiera realizado en países occidentales u orientales alteró la fuerza del efecto. Esa homogeneidad cultural y demográfica indica que los beneficios de la compasión podrían generalizarse
El efecto de tener compasión por los demás puede ser universal
El equipo también evaluó el sesgo de publicación, es decir, si los resultados se veían influidos por la tendencia a publicar solo los experimentos que salen bien. No encontró señales claras de que solo se publicaran resultados positivos, aunque recomendó prudencia por la heterogeneidad residual. También aplicó criterios de calidad para revisar cómo se habían diseñado, medido y analizado los estudios incluidos, y excluyó los que no superaban un umbral mínimo. Con ese filtrado, la conclusión principal se mantuvo robusta.
Una pregunta clave era si la compasión hacia los demás causa un aumento del bienestar o si solo caminan juntas. Para explorarlo, los investigadores reunieron seis tamaños de efecto procedentes de cinco ensayos con intervención, donde se entrenó la compasión en formato de estado, es decir, prácticas puntuales, y de rasgo, es decir, programas que buscan fortalecer una disposición duradera. En conjunto, ese entrenamiento se asoció con una mejora moderada del bienestar. Sin embargo, muchas de esas pruebas no incluían comparaciones con grupos de control, lo que impide afirmar causalidad con seguridad. Harán falta estudios más estrictos, con asignación aleatoria y controles activos, que midan resultados a medio y largo plazo.
¿Por qué podría funcionar? La compasión puede favorecer conexiones sociales más sólidas, reducir la reactividad fisiológica al estrés y aumentar la conducta prosocial. Todo ello encaja mejor con una visión eudaimónica del bienestar, es decir, relacionada con el propósito vital, el crecimiento personal y las relaciones positivas, en lugar de hedónica, centrada en placer y satisfacción momentáneos. De hecho, en los datos, el vínculo con el bienestar psicológico resultó especialmente duradero en el tiempo.
Expresar compasión no solo ayuda a quien la recibe. También puede ayudar a sentirnos y funcionar mejor.
REFERENCIA