Un muro flexible anclado al fondo marino podría frenar el agua cálida que devora el glaciar del Juicio Final Thwaites
La Antártida se derrite y, si lo hace de golpe, las consecuencias podrían ser catastróficas. El glaciar Thwaites es una enorme masa de hielo de la Antártida occidental, junto al mar de Amundsen, que actúa como una especie de “tapón” que ayuda a frenar la salida de hielo hacia el océano.
Por eso el debilitamiento de este glaciar del Juicio Final preocupa tanto: el agua oceánica relativamente cálida puede colarse por debajo, derretirlo desde la base y hacer que kilómetros cúbicos de hielo se deslicen hacia el océano en una reacción en cadena, lo que aumentaría el riesgo de subida del nivel del mar a escala global.
Frenar el glacier del Juicio Final
Durante años, la respuesta oficial ha sido reducir emisiones de gases de efecto invernadero y adaptarse, pero la subida del nivel del mar puede ganar la carrera a la política. La geoingeniería es una de las posibilidades que tenemos de evitar el desastre.
Una de las propuestas más mediáticas para frenar el calentamiento global consiste en inyectar aerosoles en la estratosfera para reflejar parte de la luz solar. Pero el aire no es el único frente. El deshielo de los glaciares pone en jaque a las costas de medio planeta, y pocas masas de hielo inquietan tanto como el Thwaites.
Se conoce como el “glaciar del juicio final” porque se sitúa en el borde norte de la capa de hielo de la Antártida occidental. El contienen suficiente agua como para elevar el nivel medio del mar unos 60 cm si colapsa. Pero eso solo sería el principio, porque si el Thwaites acabaría desestabilizando zonas cercanas, y el efecto dominó podría contribuir a subidas globales mucho mayores, del orden de 3 a 4,5 metros en el peor escenario.
Ese desenlace sería una pesadilla para ciudades costeras, puertos, infraestructuras y compañías de seguros. ¿Cómo mantener el agua cálida alejada del hielo? Aquí entra el Seabed Curtain Project, que plantea construir una “cortina” o dique marino de al menos 80 km de longitud y unos 150 metros de altura, instalado a unos 640 metros de profundidad. La idea es sencilla de explicar y endiablada de ejecutar, bloquear o desviar las masas de agua más cálidas que erosionan la base del glaciar.
El muro será muy caro, pero más caro es no hacer nada
Si levantar una megaestructura en uno de los entornos más hostiles del planeta suena caro, es porque lo sería. Las estimaciones hablan de muchos miles de millones de dólares. Aun así, quienes la defienden insisten en que puede salir barato comparado con el coste económico de preparar el mundo para varios metros de subida del mar. Marianne Hagen, codirectora del proyecto, lo resumió con una frase sin anestesia: “El hecho de que sea extremadamente difícil no es excusa para no intentarlo”. También recordó que no lo decide un laboratorio en solitario, “Se trata de una decisión colaborativa que deben tomar muchos países y en la que la población debe estar muy bien informada”.
Mientras tanto, la ciencia intenta medir con precisión qué ocurre bajo el hielo. Las expediciones anteriores enviaron vehículos submarinos autónomos bajo el glaciar para mapear el terreno y las corrientes, y algunos se perdieron en el intento. Y este mes, el rompehielos de investigación surcoreano RV Araon intentó perforar un agujero de unos 1.190 metros a través del hielo para bajar instrumentos y registrar datos del agua bajo el Thwaites. La operación llevaba una década preparándose, y la mala suerte llegó casi al final: los instrumentos solo descendieron aproximadamente tres cuartas partes del camino.
Aun así, el equipo logró acceder a zonas bajo el tronco principal del glaciar, esa autopista de hielo que avanza hacia el mar, y detectó algo que no tranquiliza a nadie: aguas “turbulent and warm”. El científico jefe de la expedición, Won Sang Lee, se negó a firmar la derrota: “Esto no es el final”. Para él, los nuevos datos confirman que ese es el lugar correcto, “cualesquiera que sean los retos que se presenten”.
En paralelo a ese trabajo, los ingenieros prefieren no lanzarse a lo bestia en la Antártida. Un socio del proyecto, la Universidad Ártica de Noruega, planea probar una barrera a menor escala en un fiordo del norte del país. Hagen lo explicó sin rodeos: “Desde un punto de vista económico, sería una auténtica locura ir directamente a Thwaites y empezar a construir algo”.
Y luego está el otro muro, el político. La Antártida tiene un estatus internacional que convierte cualquier obra colosal en un rompecabezas diplomático. Pero, con el mundo incapaz de recortar emisiones al ritmo necesario y el calentamiento acumulándose, una idea que antes parecía extrema empieza a colarse en la conversación seria: quizá lleguemos a la época en la que, para ganar tiempo, haya que intentar lo impensable.
REFERENCIA
Feasibility of ice sheet conservation using seabed anchored curtains