Un estudio publicado en Nature comparando ADN antiguo y moderno identifica variantes de genes en los que la selección natural sigue influyendo en los seres humanos
La selección natural se basa en un principio muy simple: los más aptos sobreviven y se reproducen, los menos aptos no. Pero existe la idea, muy extendida, de que la evolución humana se detuvo hace miles de años: que ya somos, en lo esencial, el producto terminado de un proceso que ocurrió en la sabana africana y que desde entonces nos limitamos a vivir con esa biología heredada. Sin depredadores, con menos mortalidad infantil, la selección natural se paró para el Homo sapiens.
Un estudio colosal publicado el 15 de abril de 2026 en la revista Nature demuestra que esa idea está equivocada. Los humanos hemos seguido evolucionando, incluso con más intensidad de lo que se creía, durante todo el periodo en que dejamos de ser cazadores-recolectores para convertirnos en agricultores. Y la selección natural ha dejado huellas en rasgos tan inesperados como el color del pelo o la predisposición a la calvicie.
El mayor estudio de ADN antiguo sobre evolución humana reciente
El trabajo, liderado por el investigador Ali Akbari desde la Universidad de Harvard junto con colaboradores del Broad Institute y de instituciones de toda Europa, llevó siete años de recopilación de datos. El equipo analizó el genoma completo de casi 16.000 personas de Europa occidental y Asia occidental, entre muestras de individuos que vivieron hace hasta 10.000 años y de poblaciones actuales.
El objetivo era detectar casos de selección direccional: el proceso por el que ciertas variantes genéticas aumentan o disminuyen en frecuencia dentro de una población porque confieren alguna ventaja o desventaja real para la supervivencia y la reproducción.
Distinguir la selección direccional de otros factores que también cambian la frecuencia de los genes, como las migraciones o las fluctuaciones aleatorias de la población, requería cambiar la metodología. El equipo de investigadores desarrolló un modelo computacional específicamente para este trabajo, lo que les permitió separar la señal de la selección real del ruido de fondo demográfico.
Las 479 variantes genéticas que responden a la presión de la selección
El resultado superó todas las expectativas previas. Antes de este estudio, la ciencia había documentado apenas una veintena de casos claros de selección direccional en el genoma humano reciente. El nuevo análisis identificó 479 variantes alélicas que han sido objeto de selección, un salto de escala que cambia la imagen que teníamos de nuestra evolución más reciente.
Más del 60% de esas variantes están asociadas a rasgos documentados en la población actual. Entre los que la selección favoreció destacan la piel clara, el cabello pelirrojo, la resistencia a las infecciones por VIH y lepra, y el grupo sanguíneo B. Entre los que la selección fue en sentido contrario, es decir, que fueron reduciéndose en frecuencia, aparecen la predisposición a la calvicie de patrón masculino y el riesgo de artritis reumatoide.
Es decir, durante los últimos 7.000 años, las variantes asociadas a una menor probabilidad de calvicie masculina disminuyeron en frecuencia, lo que implica que las que favorecen el pelo fuerte se fueron imponiendo. Mirando los datos, los calvos tuvieron menos probabilidades de reproducirse.
La agricultura como acelerador de la evolución
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que la selección no fue constante a lo largo del tiempo. Los investigadores calcularon la tasa a la que ocurrió y detectaron un punto de inflexión claro: la selección se aceleró con la llegada de la agricultura, hace unos 10.000 años en esta región del mundo.
El cambio de una dieta variada de cazadores-recolectores a una basada en cereales cultivados, la mayor densidad de población, la convivencia con animales domésticos y la aparición de nuevas enfermedades crearon presiones selectivas completamente nuevas a las que el genoma humano tuvo que responder, y lo hizo de forma más rápida de lo esperado.
El análisis también reveló que las variantes relacionadas con rasgos inmunitarios, inflamatorios y metabólicos fueron especialmente susceptibles a esa selección acelerada en la Edad del Bronce, un periodo de profunda reorganización social y biológica en Europa occidental.
Ojo, la correlación no es causalidad evolutiva
Los propios autores del estudio son muy explícitos sobre los límites de la interpretación. Que una variante genética esté asociada hoy a un rasgo concreto no significa que ese rasgo fuera la razón por la que la variante fue seleccionada hace miles de años. Muchos genes tienen efectos múltiples: lo que hoy asociamos a la calvicie o al color de pelo pudo haberse seleccionado entonces por otra función biológica de la misma variante que aún desconocemos. Y algunos rasgos que los algoritmos de los biobancos modernos asocian a ciertas variantes, como el nivel educativo o los ingresos, sencillamente no existían como tales en el Neolítico.
El mensaje que los investigadores quieren evitar es el de una narrativa simplista sobre qué rasgos son «mejores»: la evolución no optimiza hacia un ideal, sino hacia lo que funciona en un entorno concreto en un momento concreto. Lo que era ventajoso para un agricultor del Neolítico en Europa puede no serlo para nada en el mundo actual. La selección natural no sabe de futuro, solo de presente.