Por qué los sismómetros registraron los goles de la final como pequeños terremotos
Los sismómetros del IGN, el ICGC y una red educativa del CSIC captaron las vibraciones de miles de aficionados celebrando a la vez el gol de Ferran Torres, sin que la tierra temblara de verdad.
Si todos los chinos saltaran a la vez, ¿causarían un terremoto? Quizá no sea necesario un país tan grande. Cuando Ferran Torres marcó el 1-0 en la prórroga de la final del Mundial frente a Argentina, millones de personas saltaron a la vez en salones, bares y plazas de toda España. Esa explosión simultánea de euforia hizo algo más que reventar gargantas: quedó grabada, en tiempo real, en los sismómetros repartidos por el país, los mismos aparatos diseñados para vigilar los terremotos. Que quede claro desde el principio, para tranquilidad de todos: la tierra no se movió de forma peligrosa ni notable. Pero las agujas sí registraron la fiesta.
Tres picos: el gol, el VAR y el pitido final
Los registros, procesados por el sismólogo Jordi Díaz, investigador de Geociencias Barcelona (GEO3BCN-CSIC), muestran un patrón sorprendentemente limpio. Durante la final aparecieron tres grandes picos de vibración, todos sincronizados con los momentos calientes del partido. El primero coincide con el gol de Ferran, hacia las 23:43 (hora peninsular). El segundo, unos minutos después, con un tanto de Mikel Merino que el VAR acabó anulando. Y el tercero, el más intenso de la noche, con el pitido final que certificó el título.

Lo llamativo es que la señal no salió de un estadio (la final se jugó al otro lado del Atlántico), sino de los barrios, las viviendas y las plazas de media España. Los sensores del Instituto Geográfico Nacional (IGN) y del Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya (ICGC) recogieron el temblor festivo en puntos tan alejados entre sí como Algeciras, Cádiz, Granada, Huelva, Elda, Alcoy, Granollers, Barcelona y Lérida.
Qué es la sismicidad inducida por humanos
El fenómeno tiene nombre técnico: sismicidad inducida por actividad humana. La idea es sencilla. Un sismómetro es un instrumento hipersensible que detecta movimientos minúsculos del terreno, de una fracción de milímetro. Cuando miles de personas saltan y se mueven al unísono en un radio amplio, sus pisadas coordinadas generan una vibración que se propaga por el suelo. Para ti, de pie en tu salón, ese temblor es completamente imperceptible; para un sismógrafo bien calibrado, en cambio, es una señal clara que se distingue del ruido de fondo. No hace falta una falla geológica: basta una afición entera dando botes a la vez para que la aguja se dispare como si acabara de pasar un camión por encima del sensor.
Una red de sismógrafos... en institutos
La radiografía más detallada de la celebración la aportó la Red Sísmica Educativa de GEO3BCN-CSIC, un proyecto de divulgación formado por una veintena de sismómetros del tipo Raspberry Shake instalados sobre todo en institutos de secundaria de Barcelona y Girona. Nacieron para acercar la sismología a las aulas, pero tienen una utilidad científica real: si algún día ocurre un seísmo local, esos aparatos aportan datos complementarios a las redes oficiales. Mientras tanto, cada partido importante se ha convertido en un ejercicio práctico de lujo. En esta ocasión, las agujas se movieron con nitidez en sensores de Sabadell, Mollet del Vallès, Santa Coloma de Gramenet, Banyoles, Olot, Torroella de Montgrí y la propia sede del centro en Barcelona.
No es la primera vez
Los sismólogos ya se veían venir el espectáculo, porque llevan varias eliminatorias tomándole el pulso a la selección. En la semifinal contra Francia, un sismómetro de Sabadell captó los goles de Mikel Oyarzabal y Pedro Porro (además de una señal más débil de un tanto anulado), con el pico más fuerte, otra vez, en el pitido final. En los octavos frente a Portugal, un acelerómetro del IGN en Algeciras registró el gol de Mikel Merino. Y en la final de la Eurocopa de 2024 contra Inglaterra, los aparatos ya habían recogido las celebraciones concentradas en la plaza de Colón de Madrid y en la plaza de Cataluña de Barcelona con los goles de Nico Williams y, cómo no, de Oyarzabal. A base de repetirse, estas mediciones se han convertido en una pequeña tradición divulgativa del CSIC.
Más allá de la anécdota simpática, el episodio deja una idea bonita: la emoción colectiva tiene una huella física, medible, que viaja por el subsuelo. Los mismos instrumentos que velan por si la tierra esconde una amenaza sirven, de vez en cuando, para dejar constancia de todo lo contrario, de una alegría compartida por millones de personas a la vez. La próxima vez que España juegue algo importante, ya sabes que en algún instituto de Cataluña habrá un sismógrafo esperando el gol con tantas ganas como tú.
REFERENCIA
- Registros de las redes sísmicas del Instituto Geográfico Nacional (IGN), el Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya (ICGC) y la Red Sísmica Educativa de Geociencias Barcelona (GEO3BCN-CSIC), analizados por el investigador Jordi Díaz (CSIC).
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