Los mosquitos están aprendiendo a desactivar tu insecticida

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Un estudio detecta que una población de Aedes aegypti, el mosquito que transmite el dengue, aumenta sus enzimas desintoxicantes para degradar la α-cipermetrina

La lucha entre los humanos y los mosquitos es una carrera armamentística en la que los mosquitos suelen ir un paso por detrás, hasta que de repente dejan de estarlo. Cada vez que rociamos un insecticida, los pocos individuos que sobreviven transmiten a su descendencia los cambios que les salvaron la vida, y así la población entera se va volviendo más difícil de matar. Un equipo de investigadores en India acaba de pillar ese proceso en un momento temprano y revelador, observando cómo el mosquito del dengue empieza a fabricar en masa las herramientas químicas para neutralizar uno de los insecticidas más usados del mundo.

Índice
  1. Dos maneras de sobrevivir al veneno
  2. Una enzima multiplicada por 21 veces
  3. Cómo se sabe: el acoplamiento molecular
  4. La buena noticia: aún hay margen
  5. REFERENCIA

Dos maneras de sobrevivir al veneno

Los mosquitos disponen de dos grandes estrategias para resistir a un insecticida. La primera es cambiar la cerradura: mutar la proteína del sistema nervioso a la que se engancha el tóxico, de modo que este ya no encaje y pierda su efecto. La segunda, más sutil, consiste en desarmar el veneno antes de que actúe, produciendo enzimas capaces de trocearlo y expulsarlo. Esta segunda vía, la llamada resistencia metabólica, es la que ha documentado el nuevo trabajo en una población de Aedes aegypti expuesta a la α-cipermetrina, un insecticida de la familia de los piretroides que constituye la columna vertebral del control de mosquitos en medio mundo.

Una enzima multiplicada por 21 veces

El detalle más tranquilizador del estudio es, a la vez, el más revelador. A la dosis diagnóstica recomendada, la α-cipermetrina seguía matando al 97,91% de los mosquitos, señal de que la resistencia está apenas asomando y el producto todavía funciona. Los supervivientes, sin embargo, contaban con un arsenal bioquímico reforzado. La actividad de una enzima llamada β-esterasa se había multiplicado por más de 21, y ese resultó ser el mecanismo dominante, respaldado por otras dos familias de enzimas desintoxicantes bien conocidas: los citocromos P450 y las glutatión-S-transferasas. Conviene imaginarlas como un equipo de demolición química que, en cuanto detecta la molécula del insecticida, la desmonta pieza a pieza antes de que llegue a envenenar al insecto.

Cómo se sabe: el acoplamiento molecular

Para confirmar que esas enzimas son las culpables, el equipo combinó dos enfoques. Por un lado midió en el laboratorio la actividad real de cada familia enzimática en los mosquitos. Por otro recurrió al acoplamiento molecular, una simulación informática que reproduce cómo el hueco activo de una enzima agarra y encaja la molécula del insecticida, comprobando así que puede unirse a la α-cipermetrina y degradarla. Según explica el investigador Kumar, que firma el trabajo publicado en Frontiers in Tropical Diseases, el valor del estudio está en que va más allá de demostrar que la resistencia existe y explica cómo se fragua a nivel molecular, un conocimiento imprescindible para anticiparse a ella.

La buena noticia: aún hay margen

Aquí llega la parte esperanzadora. Al tratarse de una resistencia incipiente y todavía reversible, existe una ventana de oportunidad para actuar antes de que el insecticida se vuelva inútil. Los propios autores reclaman poner ya en marcha estrategias de gestión de la resistencia, y la receta es de sentido común: rotar entre insecticidas de familias distintas para no presionar siempre con el mismo, atacar también las larvas y no solo los adultos, y renunciar a la tentación de fumigar sin descanso, que es precisamente lo que acelera la selección de los mosquitos más duros. Abusar de un único producto es la forma más rápida de quedarse sin él.

La historia suena lejana, pero toca de cerca. El Aedes aegypti no está establecido en la España peninsular, aunque su primo cercano, el mosquito tigre (Aedes albopictus), lleva años extendiéndose por buena parte del litoral mediterráneo y es capaz de transmitir dengue y chikunguña, con algunos casos autóctonos ya registrados. Contra él se emplean, cómo no, los mismos piretroides que empiezan a fallar en India. La lección vale igual para una charca de Delhi que para un jardín de la costa catalana: el insecticida es una herramienta poderosa y limitada a la vez, y usarla con cabeza hoy es lo que garantizará que siga funcionando mañana. Los mosquitos evolucionan deprisa, así que nos conviene ser al menos igual de listos.

REFERENCIA

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