El asteroide no fue lo peor: así se convirtió la Tierra en un airfryer
El impacto de Chicxulub, el asteroide que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años, levantó una nube de polvo finísimo que atrapó el calor cerca del suelo y cocinó a los seres vivos
Todos conocemos la escena: hace 66 millones de años, un asteroide del tamaño del monte Everest se estrelló contra la Tierra cerca de la actual península de Yucatán, abrió el cráter de Chicxulub y acabó con unas tres cuartas partes de las especies del planeta, dinosaurios incluidos. Lo que faltaba por entender es cómo una sola roca, por enorme que fuese, pudo devastar un ecosistema global entero. Un estudio de la Universidad de Purdue señala al verdadero verdugo: una nube de polvo que envolvió el planeta como una manta asfixiante, mucho más letal que el golpe en sí.
El verdadero asesino cayó del cielo
El impacto directo, la onda expansiva y la bola de fuego, por terroríficos que resulten, no llegan demasiado lejos desde el punto de choque. Lo que transformó el suceso en una extinción planetaria fue el material expulsado a la atmósfera y repartido por todo el globo. Según el trabajo, publicado en el Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, esa capa de polvo atrapó el calor de forma tan eficaz que casi nada pudo escapar al espacio, recalentó la atmósfera y provocó incendios por medio mundo. La clave estaba en un detalle sorprendente: el tamaño de las partículas.
Una tapa sobre la olla del planeta
Para reconstruir lo ocurrido, el especialista en cráteres Brandon Johnson y la experta en nubes Alexandria Johnson analizaron la física del impacto. El choque vaporizó más de 1.000 kilómetros cúbicos de material, sobre todo roca y tierra terrestres. Esa pluma de vapor ascendió, se enfrió y se condensó, igual que hace el vapor de agua, aunque en vez de gotas de lluvia formó gotitas de roca llamadas esférulas, de unos 250 micrómetros, media pizca de azúcar. Al caer de vuelta, el rozamiento con el aire las recalentó y las convirtió en versiones minúsculas del propio impacto, sumando todavía más calor. El material procedente del asteroide, en cambio, no llegó a formar esférulas y quedó convertido en un polvo finísimo, de partículas de 2,5 micrómetros (treinta veces más delgadas que un pelo humano), que se extendió por toda la atmósfera. Ese velo actuó como la tapa de una olla, según describe Alexandria Johnson, y devolvió hacia la superficie el calor que debería haberse perdido en el espacio.
Diecisiete veces la dosis letal de calor
Las consecuencias en el suelo fueron infernales. Con esa capa de polvo fino tapando el cielo, los animales del Cretácico recibieron unas 17 veces la dosis de radiación térmica que resulta letal al 100% para un ser humano, suficiente para incendiar hierba, agujas de pino, líquenes y quizá hasta la madera directamente. Sin ese polvo, el día habría sido igualmente terrible y habría matado a muchas criaturas, pero probablemente no habría bastado para desatar los incendios ni para provocar una catástrofe planetaria. Johnson describe una escena que recuerda más al infierno que a otra cosa: un cielo oscurecido por las nubes, sin apenas luz diurna, y un resplandor rojizo de los incendios como único horizonte. Solo sobrevivieron los seres capaces de refugiarse bajo tierra, dentro del agua o en algún escondrijo, porque el subsuelo se calienta de manera muy distinta a la atmósfera.
El mismo polvo que respiramos hoy tras los incendios
La amenaza no terminó con el achicharramiento. Aquel polvo pudo tardar años, incluso décadas, en posarse, y sus partículas suponían un peligro sanitario prolongado. Aquí aparece un puente inquietante con el presente, porque esas partículas de 2,5 micrómetros son exactamente del mismo tamaño que las del humo de los incendios actuales, las tristemente famosas PM2,5 que se cuelan en los pulmones y hasta en el torrente sanguíneo. Cualquier animal que hubiera esquivado el horno se habría enfrentado después a ese aire tóxico, aunque, como señala la investigadora, la cocción fue mucho más rápida que el daño por inhalación.
Lo fascinante del estudio es que reduce una de las mayores catástrofes de la historia de la vida a una cuestión casi de precisión: el diámetro de unas motas de polvo. Ese matiz microscópico marcó la diferencia entre un mal día y el fin de una era. Quien quiera tocar ese momento no tiene que viajar muy lejos, porque España conserva algunos de los mejores registros del mundo del límite entre el Cretácico y el Paleógeno, la fina capa oscura que quedó cuando el polvo se asentó, en afloramientos como los de Zumaia, en el País Vasco, o los de Caravaca y Agost, en el sureste. Bajo tus pies, en esa delgada línea de arcilla, está escrito el día que el cielo se convirtió en una parrilla.
REFERENCIA
- Heat and wildfires during the K-Pg mass extinction enhanced by fine dust (Johnson y Johnson, Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, 2026. DOI: 10.1029/2026JG009837).
Si quieres conocer otros artículos parecidos a El asteroide no fue lo peor: así se convirtió la Tierra en un airfryer puedes visitar la categoría NATURALEZA.
Continúa Leyendo