Como ocurre en cada eclipse, resucita la vieja profecía del fin del mundo

Desde los sacrificios humanos de la antigua Mesopotamia hasta los profetas de Internet que anuncian el rapto, los eclipses siempre han presagiado el final de los tiempos
Que el Sol se apague en pleno día es una de esas escenas que despiertan algo muy antiguo y muy oscuro en nuestro interior. Durante milenios, ese instante en que la luz desaparece sin avisar se interpretó en casi todas las culturas como una señal terrible, el anuncio de una catástrofe o directamente del fin del mundo. Hoy, mientras un eclipse total recorre parte del planeta, esa vieja profecía vuelve a asomar puntualmente en las mentes de algunos fanáticos, aunque la mayoría ya sepamos que no hay nada que temer.
El rey que moría en lugar del rey
Los astrónomos de la antigua Mesopotamia ya sabían predecir los eclipses, y los interpretaban como augurios de la muerte del monarca, según un célebre tratado de presagios conocido como Enūma Anu Enlil. Para burlar ese destino idearon uno de los rituales más escalofriantes de la Antigüedad, el llamado ritual del rey sustituto. Cuando un eclipse anunciaba la desgracia del soberano, este se apartaba del trono y en su lugar sentaban a un plebeyo o a un prisionero, vestido de rey, sobre quien se hacía recaer el mal augurio.
Pasado el peligro, el sustituto era ejecutado, de modo que la profecía se cumplía sin que el verdadero rey sufriera daño alguno, como documentan más de una treintena de cartas asirias. Aquellos eclipses no eran una abstracción, ya que uno de ellos, el que oscureció el cielo en el año 763 antes de nuestra era, sirve todavía a los historiadores como una de las fechas fijas para ordenar la cronología del Próximo Oriente antiguo.
Dragones que se comen el Sol
La misma escena inspiró miedos parecidos en los cuatro puntos cardinales. En la antigua China se creía que un dragón celeste estaba devorando el Sol, y la gente salía a golpear tambores, hacer sonar ollas y lanzar petardos para asustar a la bestia y obligarla a soltar su presa. Los incas imaginaban también una fiera atacando al astro, y en la mitología nórdica eran unos lobos los que perseguían y alcanzaban al Sol. Para el pueblo navajo, un eclipse representaba la muerte temporal del Sol, un momento sagrado que exigía recogimiento y silencio. Distintas lenguas y distintos dioses, pero una intuición compartida: algo terrible se estaba comiendo la luz, y con ella quizá el mundo.
El apocalipsis reciclable
Podríamos pensar que la ciencia enterró aquellos temores, pero el augurio no ha muerto, solo ha cambiado de soporte. Alrededor del eclipse total que cruzó Estados Unidos en 2017, el autor David Meade difundió la idea de que un planeta oculto llamado Nibiru, o Planeta X, aparecería para desencadenar el rapto bíblico 33 días después del eclipse. Llegó el 23 de septiembre, no pasó nada, y la fecha se fue posponiendo a octubre, a noviembre y finalmente a abril de 2018. La NASA lleva años desmontando ese bulo con contundencia, recordando que el tal Nibiru sencillamente no existe y que la historia se recicla una y otra vez. Cada eclipse reciente ha venido acompañado de su cosecha de vídeos virales anunciando el desastre, profecías que caducan sin excepción el día después.
Por qué seguimos temiendo la oscuridad
La pregunta interesante es por qué persiste el miedo. Por un lado está la reacción instintiva, casi animal, ante la desaparición súbita de la luz del día, una alarma que llevamos grabada en lo más hondo. Por otro, nuestro cerebro es una máquina insaciable de buscar sentido, empeñada en encontrar mensajes e intenciones detrás de los sucesos raros y llamativos, aunque sean pura casualidad. Ahí reside la gran paradoja del eclipse como presagio.
Lo que en su día lo convirtió en un augurio temible fue su carácter imprevisible para la mayoría, mientras que hoy podemos calcular al segundo cuándo y dónde ocurrirá el próximo, con siglos de antelación. Un fenómeno que cabe en un calendario es justo lo contrario de una sorpresa divina. Hemos heredado el miedo de nuestros antepasados, pero hemos perdido la ignorancia que lo justificaba.
El eclipse de hoy oscurecerá el cielo en el momento exacto previsto, ni un segundo antes ni uno después, y el mundo seguirá girando como lo ha hecho tras cada uno de los miles que lo precedieron. Lo único que un eclipse predice de forma fiable es el siguiente eclipse. Quizá ahí esté la verdadera maravilla de esta historia, en que la humanidad haya cambiado el terror por la capacidad de saber, con precisión de relojería, cuándo va a apagarse un rato el Sol. Mirar hacia arriba sin miedo, sabiendo lo que ocurre y por qué, es un lujo que nuestros antepasados habrían envidiado.
REFERENCIAS
- How eclipses were regarded as omens in the ancient world (The Conversation / The Ancient Near East Today), sobre los presagios y el ritual del rey sustituto.
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