¿El mayor peligro de viajar a Marte? Las piedras en el riñón
La próxima ventana de lanzamiento a Marte se abre a finales de 2026 y ha reavivado los planes de llevar humanos al planeta rojo. Mientras los cohetes acaparan la atención, la investigación médica señala a un culpable inesperado de una futura misión tripulada: el riñón.
Cada 26 meses, las órbitas de la Tierra y Marte se alinean de forma que el viaje entre ambos consume el mínimo combustible, y la próxima de esas ventanas se abre entre noviembre y diciembre de 2026. Hacia ella apuntan los planes más ambiciosos de la exploración espacial, con SpaceX preparando varias naves Starship de prueba. Cuando por fin viajen personas, y no solo carga o robots, tendrán por delante un trayecto de entre dos y tres años en el espacio profundo, y ahí el mayor obstáculo tal vez llegue de nuestra propia biología antes que de la ingeniería. El principal sospechoso es un órgano tan discreto como imprescindible.
Marte, cada vez más cerca y más lejos
El impulso es real, aunque los plazos bailan. SpaceX planeaba aprovechar la ventana de finales de 2026 para lanzar hasta cinco Starship no tripulados, con robots Optimus a bordo como tripulación simulada, mientras que los primeros viajes con personas se han retrasado hasta bien entrada la década de 2030. La NASA mira antes a la Luna, hacia 2027, como escalón hacia Marte. Sea cual sea la fecha, todos los planes comparten un mismo desafío: mantener sanos a los astronautas durante un viaje larguísimo y sin posibilidad de rescate. Un amplio trabajo científico ha puesto el foco justo en el riñón.
Por qué los astronautas hacen piedras
Que los astronautas tienen más papeletas de sufrir cálculos renales se sabe desde hace décadas, y la explicación clásica apuntaba a los huesos. En microgravedad, al no tener que sostener el peso del cuerpo, el esqueleto pierde mineral, de modo que el calcio pasa a la sangre y termina en la orina, donde favorece la formación de piedras. El estudio de referencia sobre la cuestión, liderado por el University College de Londres y publicado en la revista Nature Communications, añade un matiz que cambia la película. Al examinar el órgano en detalle, el equipo halló que el propio riñón modifica la forma en que gestiona las sales, lo que sugiere que el riesgo de cálculos es en parte un problema primario del riñón y no solo una consecuencia secundaria de la pérdida de hueso.
Riñones que se remodelan en el espacio
Para llegar hasta ahí, los investigadores reunieron el mayor conjunto de datos jamás analizado sobre el riñón en vuelos espaciales, con muestras de misiones humanas y de ratones, además de simulaciones en tierra, en una colaboración de más de 40 instituciones. El hallazgo más llamativo es que el órgano se remodela físicamente. Unos conductos diminutos llamados túbulos, y en concreto el túbulo contorneado distal, encargado de ajustar con precisión el equilibrio de calcio y sal, mostraban signos de encogimiento tras menos de un mes en el espacio, con una pérdida de densidad del tejido. Todo apunta a que la responsable de esos cambios es la microgravedad. El espacio, en cierto sentido, reforma las cañerías internas del riñón.
La sombra de la radiación cósmica
El panorama se ensombrece al añadir el segundo gran enemigo de una misión larga, la radiación cósmica galáctica. Se trata de partículas de altísima energía procedentes del exterior del sistema solar, de las que en la Tierra nos protege el campo magnético del planeta, pero que golpean de lleno a quien viaja más allá de su escudo. El equipo expuso a ratones a dosis equivalentes a misiones de entre un año y medio y dos años y medio, la duración de un viaje de ida y vuelta a Marte, y comprobó que sus riñones sufrían un daño permanente y perdían función. Como resume el investigador principal, Stephen Walsh, a la hora de planificar una misión los riñones importan mucho, porque no se los puede blindar contra esa radiación como se hace con otros componentes de la nave. Su colega Keith Siew lo formuló de manera más gráfica al advertir de que un astronauta quizá lograría llegar a Marte, pero podría necesitar diálisis en el viaje de vuelta.
La carrera por proteger el riñón
La logística agrava el problema. En la Estación Espacial Internacional, ante una urgencia seria, se trae al astronauta de vuelta, pero un viaje a Marte, con dos o tres años de duración y un retardo de unos 20 minutos en las comunicaciones, no dejaría margen para una evacuación ni para un consejo médico inmediato. Las medidas actuales (revisiones previas, ejercicio, hidratación y control de la orina) se quedan cortas para un trayecto tan largo, así que la investigación busca ahora protecciones nuevas. Trabajos posteriores, como uno de 2025 en la revista npj Microgravity, rastrean los cambios que la microgravedad provoca en la actividad de los genes del riñón con la vista puesta en desarrollar contramedidas farmacológicas. Esas soluciones podrían servir también en la Tierra, por ejemplo para proteger los riñones de pacientes sometidos a radioterapia contra el cáncer.
La lección de fondo es que las mayores barreras para la exploración del espacio profundo van más allá de los motores y los escudos antirradiación, y alcanzan a nuestra propia biología, a órganos que damos por descontados hasta que fallan. Mientras la cuenta atrás para la próxima ventana marciana avanza y los cohetes se llevan todos los titulares, puede que la carrera decisiva se esté librando en los laboratorios de medicina. El humilde riñón, y el todavía más humilde cálculo renal, tendrían así la última palabra sobre si el ser humano es capaz de llegar a Marte y, sobre todo, de volver.
REFERENCIAS
- Cosmic kidney disease: an integrated pan-omic, physiological and morphological study into spaceflight-induced renal dysfunction (Siew, Nestler et al.; sénior Stephen B. Walsh, Nature Communications 15:4923, 2024. DOI: 10.1038/s41467-024-49212-1)
- Spaceflight causes strain-dependent gene expression changes in the kidneys of mice (npj Microgravity, 2025. DOI: 10.1038/s41526-025-00465-0)
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