¿Por qué hay zonas donde las cosquillas son irresistibles?

cosquillas

Un mapa corporal elaborado con 448 personas de China, los Países Bajos y Grecia revela que las axilas, las plantas de los pies y el abdomen son las zonas donde sentimos más cosquillas, y que esta sensación es distinta al tacto, el dolor o el placer.

Casi todo el mundo ha vivido el mismo instante incómodo: una mano se acerca a las costillas y el cuerpo reacciona antes de que la mente decida si le hace gracia. Ese acto tan cotidiano, las cosquillas, apenas había sido estudiado con rigor científico hasta ahora. Un equipo de investigadores del Instituto Donders de la Universidad Radboud, en colaboración con el Instituto Karolinska, ha trazado el primer mapa corporal de la ticklishness (la propensión a sentir cosquillas) que funciona igual en personas de orígenes culturales muy distintos.

Índice
  1. Un mapa que cruza fronteras
  2. Una sensación distinta al tacto o al dolor
  3. Por qué nos siguen intrigando las cosquillas
  4. Referencia

Un mapa que cruza fronteras

Ziliang Xiong y Konstantina Kilteni, autores del estudio publicado el 10 de agoto den Nature Human Behaviour, encuestaron a 448 personas de tres procedencias (china, neerlandesa y griega) sobre qué partes de su cuerpo les provocaban más cosquillas. Los resultados, publicados en un mapa de alta resolución, muestran que las axilas, las plantas de los pies, el abdomen y los costados del torso encabezan la lista en los tres grupos, con una similitud que sorprendió a los propios autores.

Los investigadores compararon después este mapa con las predicciones de cinco teorías históricas y contemporáneas sobre el origen de las cosquillas, desde las que las vinculan a la defensa de zonas vulnerables hasta las que las relacionan con el vínculo social. Ninguna de ellas explicaba por completo la topografía observada, lo que sugiere que la sensación responde a una mezcla de factores sociales, sensoriales y fisiológicos, y no a una única causa.

Una sensación distinta al tacto o al dolor

Uno de los hallazgos más llamativos es que las zonas más cosquillosas coinciden con las que menos se tocan en la vida diaria. Cuanto menos contacto recibe una parte del cuerpo, más intensa resulta la reacción cuando alguien la roza de forma inesperada. Además, esas mismas zonas tienden a ser menos sensibles al dolor y al placer, lo que indica que la ticklishness no es simplemente una variante del tacto, sino un tipo de percepción con su propio circuito.

Xiong y Kilteni sostienen que este resultado obliga a replantear la forma en que la neurociencia ha tratado tradicionalmente las cosquillas, a menudo como una curiosidad marginal del sistema somatosensorial. Al demostrar que el fenómeno es reproducible, medible y consistente entre culturas, el trabajo abre la puerta a una investigación sistemática que hasta ahora no existía, con protocolos estandarizados que otros laboratorios podrán replicar.

Por qué nos siguen intrigando las cosquillas

La pregunta de fondo (por qué el cuerpo humano reacciona con risa incontrolable a un estímulo que en otro contexto resultaría molesto) sigue sin respuesta definitiva. Algunas hipótesis apuntan a un mecanismo de vigilancia corporal que nos alerta de insectos o parásitos cerca de zonas vulnerables. Otras lo relacionan con el juego social, presente también en primates y en roedores, como una forma de reforzar vínculos entre individuos. El nuevo mapa no zanja el debate, pero ofrece por primera vez datos comparables entre poblaciones para poner a prueba cada una de esas ideas.

Los autores destacan además un detalle curioso: la incapacidad de hacerse cosquillas a uno mismo, un fenómeno bien documentado que se atribuye a que el cerebro predice y atenúa las sensaciones causadas por los propios movimientos. Entender la geografía corporal de las cosquillas podría ayudar a precisar los mecanismos cerebrales que distinguen entre un contacto propio y uno ajeno, algo relevante también para trastornos en los que esa distinción falla.

El equipo planea ahora ampliar el estudio a más poblaciones y edades, con el objetivo de comprobar si el mapa se mantiene estable a lo largo de la vida o si cambia con el desarrollo. De confirmarse su universalidad, las cosquillas podrían convertirse en una herramienta inesperada para estudiar cómo el cerebro construye la experiencia del propio cuerpo.

Referencia

Human ticklishness is a widespread, culturally shared and bodily organized sensory experience (Ziliang Xiong y Konstantina Kilteni, Nature Human Behaviour, 2026)

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