¿Te pasas el día en el sofá? El calor y el frío extremos tienen la culpa
Varios estudios con pulseras de actividad muestran que, tanto en olas de calor como de frío, las personas se mueven menos y pasan más tiempo sentadas. Ese descenso de la actividad podría explicar, en parte, una relación observada entre las temperaturas extremas y un mayor índice de masa corporal.
El cambio climático transforma el planeta y también, de forma sutil, nuestra rutina diaria. Cuando el termómetro se dispara o se desploma, salir a caminar, montar en bici o hacer ejercicio al aire libre deja de ser apetecible y a veces incluso seguro. Varios trabajos recientes han cuantificado ese efecto y apuntan a una consecuencia poco evidente de los extremos térmicos: nos volvemos más sedentarios, con posibles repercusiones para la salud.
Cuando hace demasiado calor o frío, nos movemos menos
La parte mejor establecida de esta historia es también la más intuitiva. Usando pulseras y sensores de actividad, que registran el movimiento de forma objetiva en lugar de fiarse de lo que la gente recuerda, distintos estudios han comprobado que los adultos reducen su actividad física y acumulan más horas sentados tanto en los días excepcionalmente calurosos como en los muy fríos. Una investigación de 2026 publicada en el Journal of Public Economics confirmó justamente eso a partir de datos de dispositivos ponibles. Al tratarse de mediciones automáticas, el hallazgo resulta sólido: cuando el clima aprieta, el cuerpo se queda quieto.
El eslabón con el peso, más incierto
De ese sedentarismo forzado a un cambio en el peso hay, sin embargo, un salto que conviene dar con pies de plomo. Un estudio de 2025 en Economics & Human Biology, basado en datos de Australia, halló una relación entre los días con temperaturas por encima de los 30 grados y un ligero aumento del riesgo de obesidad, atribuido en parte a esa menor actividad. La conexión, no obstante, es modesta y está lejos de ser una certeza. Otro trabajo económico no encontró pruebas firmes de un vínculo directo entre el comportamiento y los cambios de temperatura, y conviene recordar que el índice de masa corporal es una herramienta de cribado poblacional muy tosca, incapaz de distinguir la grasa del músculo. La correlación observada, por tanto, es una pieza más de un puzle complejo, no una relación de causa y efecto demostrada.
Un problema del entorno, no de la voluntad
La lectura más útil de todo esto desplaza el foco de la persona al entorno. Cuando el exterior se vuelve hostil, por un calor peligroso o un frío intenso, las oportunidades de moverse con seguridad se reducen, y la conducta simplemente se adapta a esas condiciones. Más que una cuestión de fuerza de voluntad individual, es un asunto del escenario en el que vivimos. Esa mirada explica también por qué el efecto golpea con más fuerza a los grupos más vulnerables, como las personas mayores o los hogares con menos recursos para climatizar su casa o para acceder a espacios donde ejercitarse a resguardo. Visto así, deja de ser un asunto de dietas personales para convertirse en una cuestión de salud pública y de equidad.
El clima como factor de salud silencioso
A medida que el calentamiento global multiplica los días de temperaturas extremas, este freno silencioso a la actividad física se suma a los peligros ya conocidos del calor y el frío, y lo hace a escala de poblaciones enteras. La respuesta, más que apelar al esfuerzo de cada uno, pasa por adaptar los entornos, con sombra, refugios climatizados, horarios y espacios que permitan mantenerse activo con seguridad en un rango de temperaturas cada vez más amplio. El reto de las próximas décadas será precisamente ese, ayudar a que la gente siga moviéndose sin ponerse en riesgo cuando el clima se vuelva inclemente.
La conclusión honesta huye de los titulares fáciles del tipo el mal tiempo engorda. Lo que la evidencia objetiva muestra con claridad es que las temperaturas extremas moldean, de forma discreta pero medible, cuánto nos movemos, y que ese efecto tiene sentido investigarlo a la luz de un clima que cambia. Lo que ocurre después con el peso y la salud depende de muchos más factores, la mayoría de ellos ajenos al termómetro, y todavía queda bastante por entender antes de sacar conclusiones tajantes.
REFERENCIAS
- Estudio con dispositivos ponibles sobre actividad física y temperaturas extremas: Journal of Public Economics (2026).
- Relación entre calor y riesgo de obesidad (datos de Australia): Economics & Human Biology (2025).
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