La memoria inmunitaria del COVID podría ayudar contra el cáncer

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Un equipo estadounidense ha diseñado PROTEXI, una plataforma que aprovecha las células de memoria que dejó la vacunación o la infección por COVID para reforzar el ataque del sistema inmune a los tumores. De momento solo funciona en ratones, y haber pasado el COVID no protege del cáncer.

Miles de millones de personas guardamos en el cuerpo una memoria inmunitaria del coronavirus, un pequeño ejército de células adiestradas contra el virus que, en la mayoría de los casos, ya no tiene enemigo al que combatir y permanece en reserva. Un grupo de investigadores se preguntó si esa memoria dormida podría reciclarse para una nueva misión, la de atacar tumores. Conviene aclarar de entrada dos cosas: el resultado se ha probado solo en ratones, y nada de esto significa que vacunarse o haber pasado el COVID prevenga el cáncer.

Índice
  1. Un ejército inmune en reserva
  2. El problema de los tumores fríos
  3. Prestar la memoria del COVID
  4. Lo prometedor y lo que falta
  5. REFERENCIA

Un ejército inmune en reserva

Tras la infección o la vacunación, el organismo conserva unas células de memoria, los linfocitos T, entrenadas para reconocer la proteína de la espícula (la spike) del coronavirus. Para casi todo el mundo, esas células no volverán a activarse. Investigadores de la empresa biotecnológica Celloram, la Universidad Case Western Reserve y el hospital University Hospitals partieron de ese hecho para desarrollar una plataforma de vacuna contra el cáncer, bautizada como PROTEXI, que describen en la revista Nature Communications. La idea de fondo se resume en una frase: si el sistema inmune ya tiene una respuesta potente y probada contra el COVID, quizá pueda engañársele para que dirija esa misma fuerza contra un tumor.

El problema de los tumores fríos

La dificultad que intenta resolver es de las más antiguas de la inmunoterapia. Un tumor no es un invasor extraño, sino una parte del propio cuerpo que ha enfermado, lo que lo hace casi invisible para las defensas. Los llamados tumores fríos han evolucionado para pasar desapercibidos y apagar las señales de alarma a su alrededor. Poner en marcha un ataque eficaz requiere activar a los linfocitos T colaboradores, unas células que coordinan y sostienen la respuesta y potencian a los linfocitos T asesinos, encargados de destruir. Encontrar las señales adecuadas para despertar a esos colaboradores frente a cada tumor concreto es lento, caro y difícil, y ha sido durante años uno de los grandes cuellos de botella del campo.

Prestar la memoria del COVID

PROTEXI sortea ese obstáculo con un truco elegante. En lugar de fabricar señales nuevas desde cero, une un antígeno propio del tumor a un fragmento de la espícula del coronavirus que los colaboradores ya saben reconocer, y lo presenta al sistema inmune a través de las células dendríticas, las encargadas de mostrar los objetivos al resto de las defensas. Al detectar el fragmento del COVID, la memoria colaboradora se activa a pleno rendimiento y, de paso, amplifica el ataque de los linfocitos asesinos contra el antígeno tumoral que viaja pegado a él. En ratones con melanoma y cáncer de mama, incluidos tumores poco visibles o resistentes a otras terapias, la vacuna redujo la carga tumoral, alargó la supervivencia y generó una memoria duradera contra el propio cáncer, que seguía protegiendo cuando se volvían a introducir células tumorales. El efecto era aún mayor al combinarla con fármacos ya existentes, como los inhibidores de puntos de control.

Lo prometedor y lo que falta

Toca ahora medir bien el entusiasmo, sobre todo tratándose de cáncer. Estamos ante un trabajo preclínico, hecho por completo en ratones, y ningún ser humano ha recibido todavía la vacuna. La historia de la inmunoterapia está llena de tratamientos que brillaron en roedores y fracasaron en las personas, ya que el sistema inmune humano y el de un ratón difieren en aspectos importantes, así que conviene tomarlo como una prueba de concepto. El equipo planea un primer ensayo en humanos con pacientes de sarcoma, aunque aún no ha comenzado. Hay, además, una incógnita de fondo: la memoria del COVID se debilita con el tiempo y es más floja en personas mayores o inmunodeprimidas, justo el recurso del que depende toda la estrategia. Merece la pena repetir, para evitar malentendidos, que esto no convierte a la vacuna del COVID ni a la infección en un escudo contra el cáncer, porque se trata de una terapia pensada para quien ya tiene un tumor, que solo toma prestada esa inmunidad como herramienta. Conviene tener presente, por último, que PROTEXI es una plataforma propiedad de Celloram, protegida por patentes, y que el director de la empresa figura entre los autores del estudio.

Con todas esas reservas por delante, la idea resulta genuinamente original. Convertir el mayor acontecimiento inmunitario compartido de la historia reciente, la respuesta masiva y casi simultánea de miles de millones de personas frente a un mismo virus, en una posible herramienta contra el cáncer es un giro que a nadie se le había ocurrido explotar así. Si esa lógica sobrevive al salto del ratón al ser humano, y si logra hacerlo antes de que la memoria del COVID se apague con los años, es algo que solo los ensayos clínicos podrán responder. De momento queda demostrado que una defensa dormida puede, al menos en el laboratorio, volver a ponerse a trabajar.

REFERENCIA

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