Ciencia absurda: los Ig Nobel 2026 premian la leche de cucaracha y los besos con neandertales

ig nobel 2026

La ceremonia anual de los premios a la investigación más absurda de la ciencia se celebró por primera vez fuera de Estados Unidos, en Zúrich, el 3 de septiembre

Existe un universo paralelo en el que ganarse un Premio Ig Nobel es la mayor distinción a la que puede aspirar un científico. En ese universo, la pregunta que ha mantenido en vela a toda la humanidad, la de cuántas calorías tiene la leche de cucaracha, tiene por fin respuesta oficial y reconocimiento académico. Bienvenidos a los premios Ig Nobel 2026.

Índice
  1. Leche de cucaracha, tres veces más nutritiva que la de vaca
  2. El beso, definido por fin
  3. Provocar serpientes, enterrar ropa interior y otros riesgos laborales
  4. Reírse primero, pensar después

Leche de cucaracha, tres veces más nutritiva que la de vaca

El premio de química fue para Leonard Chavac, de Dectris Japan, y Subramanian Ramaswamy, de la Universidad Purdue, por tomarse la molestia de contar las calorías de las proteínas que ciertas cucarachas producen para alimentar a sus crías. Usando cristalografía de rayos X de precisión, el equipo determinó que esa sustancia lechosa tiene más de tres veces la densidad energética de la leche de vaca. Nadie ha preguntado todavía para qué sirve exactamente ese dato, aunque los organizadores de los Ig Nobel tampoco lo exigieron.

El beso, definido por fin

Científicos de la Universidad de Oxford recibieron el galardón en la categoría de biología por decidir que antes de debatir si los humanos modernos besaban a los neandertales había que definir con precisión qué es un beso. Una vez establecida esa definición formal, el equipo concluyó que los ancestros de nuestra especie practicaban esa costumbre con los neandertales. La historia de amor entre Homo sapiens y Homo neanderthalensis, ya documentada por el ADN, tiene ahora también su capítulo afectivo.

Provocar serpientes, enterrar ropa interior y otros riesgos laborales

Otro equipo fue premiado por hostigar deliberadamente a serpientes venenosas para estudiar por qué muerden. Los resultados, que al parecer confirman que las serpientes muerden cuando se las hostiga, se consideraron suficientemente útiles para la ciencia como para merecer reconocimiento.

El premio de medicina se entregó de forma póstuma al fisiólogo japonés Tokuji Unno, fallecido, por su estudio seminal de 1977 sobre la aerodinámica de sonarse los mocos. La nariz tuvo protagonismo también en un segundo premio, que fue a parar a los investigadores que demostraron que a los padres les encanta el olor de sus bebés y les resulta desagradable el de sus adolescentes. Dato que habrá sorprendido a muy pocos padres de adolescentes.

El galardón de ciencias del suelo lo recibió un equipo internacional liderado por Marcel van der Heijden, Franz Bender, Atlant Bieri y Pia Viviani, que enterraron mil pares de ropa interior idéntica en más de 25 países y las desenterraron dos meses después, publicando los resultados en Science. El nivel de descomposición de las prendas resulta ser un indicador del estado de salud microbiana del suelo, lo que convierte un experimento que suena a broma en una herramienta de monitoreo ambiental a escala global.

El premio en psicología fue para los autores de un estudio de 2012 publicado en PNAS que demostró, con datos experimentales, algo que ya sabemos por intuición: que las personas que conducen coches caros suelen ser  unos capullos que tienden a mostrar más conductas poco cívicas en la carretera. La investigación había esperado catorce años su merecido reconocimiento.

Reírse primero, pensar después

Los Ig Nobel llevan décadas cumpliendo un doble propósito que sus creadores resumen en una frase: primero hacen reír, luego hacen pensar. Detrás de esa vocación de absurdo hay una tesis más seria, la de que la ciencia no avanza en línea recta y que los caminos más improbables a veces llevan a los destinos más útiles.

El ejemplo canónico es el estudio de 2009 que detectó supuesta actividad cerebral en un salmón del Atlántico completamente muerto mediante resonancia magnética funcional, un resultado aparentemente ridículo que llevó a los neurocientíficos a revisar a fondo sus métodos de análisis estadístico y que mejoró toda la disciplina. Nadie en aquel momento apostaba por que un pez muerto reformara la neuroimagen.

La edición de 2026 tuvo además una peculiaridad logística: fue la primera vez en la historia del premio que la ceremonia se celebró fuera de Estados Unidos. Las habituales instalaciones de la Universidad de Harvard en Cambridge cedieron su lugar al auditorio ETH de Zúrich, por precaución ante las dificultades que algunos ganadores internacionales habrían encontrado para viajar a suelo estadounidense. Una versión reducida de la gala tendrá lugar el 24 de septiembre en Cambridge para quienes prefieran el formato original.

 

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