Unas fotos en un archivo durante 20 años explican cómo nacen las supernovas
El archivo del telescopio Chandra ha sacado a la luz 84 objetos nunca catalogados, escondidos durante casi dos décadas, que podrían ser la pieza que faltaba para entender las supernovas
Durante casi 20 años, el telescopio espacial Chandra fotografió 84 objetos sin que nadie los viera realmente. Estaban ahí, en los archivos públicos de la NASA, en imágenes tomadas entre 1999 y 2017 sobre seis galaxias distintas. Sin embargo, brillaban en una franja de energía tan baja que los catálogos automáticos los descartaban como ruido.
Un doctorando de la Universidad de Alabama, Mustafa Muhibullah, se puso a repasar ese archivo a mano y encontró algo que no encajaba en ninguna categoría conocida. "Nunca nos habíamos encontrado con un grupo de objetos que se comporten así", ha explicado. El hallazgo, publicado el nueve de septiembre en Nature Astronomy, bautiza a esta familia como fuentes de rayos X "hipersuaves".
Un objeto que se esconde detrás de su propio brillo
¿Cómo puede pasar inadvertido algo que emite tanta energía? La clave está en dónde la emite. Estas fuentes producen rayos X muy débiles (por debajo de 0,3 kiloelectronvoltios, el umbral donde los detectores empiezan a perder sensibilidad) y, sobre todo, un torrente de radiación ultravioleta extrema que, según los modelos del equipo, resulta aún más luminoso que los propios rayos X.
El problema es que esa radiación ultravioleta queda atrapada casi por completo en el hidrógeno y el helio que flotan entre las estrellas, como una linterna encendida dentro de una niebla espesa. Jimmy Irwin, coautor del estudio, explica que si existiera un telescopio sensible al ultravioleta extremo y no hubiera esa niebla interestelar, "estas fuentes brillarían con fuerza" en las galaxias donde se han encontrado, entre ellas Andrómeda y la galaxia del Molinete. Rosanne Di Stefano, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, añade que rastrear el archivo de Chandra permitió "eliminar lo que hasta ahora era un punto ciego para los telescopios".
Los autores creen que se trata de sistemas binarios: un agujero negro, una estrella de neutrones o una enana blanca (el núcleo apagado que deja atrás una estrella como el Sol) devorando materia de una estrella compañera, materia que se calienta antes de caer y produce ese resplandor hipersuave. Algo parecido, en el fondo, a lo que ya se contó en el hallazgo de cuatro estrellas muertas cercanas que llevaban siglos ocultas: el universo está lleno de cadáveres estelares que solo delatan su presencia cuando alguien mira con el instrumento adecuado.
La explosión que usamos como regla y no sabemos cómo se enciende
Aquí está el motivo por el que este hallazgo importa más allá del catálogo. Entre los candidatos a fuente hipersuave hay sistemas post-nova, es decir, enanas blancas que ya han sufrido una explosión parcial y siguen acumulando materia de su compañera hasta el siguiente estallido. Esas enanas blancas son, según la hipótesis más aceptada, las semillas de las supernovas de tipo Ia: las explosiones termonucleares que los astrónomos usan como candelas estándar (objetos de brillo conocido que sirven para calcular distancias cósmicas) y que fueron clave para descubrir que la expansión del universo se acelera.
El problema es que, como reconoce Irwin, hasta ahora "estudiamos estas supernovas después de que han explotado" sin saber con certeza qué se enciende dentro de la enana blanca en el instante final. Si algunas de estas 84 fuentes resultan ser progenitoras en su fase previa a la explosión, sería la primera vez que se señala a una candidata antes de que estalle, algo parecido a lo que ya se exploró en la supernova diente de león y la estrella zombie.
El calefactor galáctico desaparecido
La segunda pieza del rompecabezas tiene que ver con algo menos visible: el gas que flota entre las estrellas de una galaxia. Los astrónomos llevan tiempo intentando explicar por qué ese gas aparece más ionizado (con electrones arrancados de sus átomos) de lo que las fuentes de radiación conocidas pueden justificar, un desajuste que afecta a cómo y dónde nacen nuevas estrellas.
La intensa radiación ultravioleta de las fuentes hipersuaves encaja como la pieza que faltaba en ese balance, sobre todo porque el equipo las encontró tanto en regiones de formación estelar activa como en zonas de estrellas viejas, en dos galaxias espirales y cuatro elípticas.
Conviene no perder de vista que el equipo solo ha podido confirmar las fuentes suficientemente cercanas y brillantes para Chandra: Di Stefano ha señalado que cada objeto detectado probablemente representa muchos más que siguen sin poder verse. Lo publicado, en otras palabras, es la punta visible de una población mayor, en la línea de lo que ya se preguntaba este medio sobre si podemos estar viendo estrellas que ya están muertas.
Queda por ver cuántas de esas 84 fuentes resultan ser de verdad progenitoras de supernovas de tipo Ia y cuántas son otra cosa: agujeros negros o estrellas de neutrones alimentándose sin más. Para separarlas hará falta un telescopio sensible al ultravioleta extremo que hoy no existe, y hasta entonces el archivo de Chandra seguirá siendo la única ventana, aunque parcial, a un tipo de objeto que llevaba observándose desde 1999 sin que nadie supiera que lo estaba mirando.
REFERENCIAS
- Muhibullah, M., Irwin, J. A., Di Stefano, R. "Hypersoft X-ray sources as a low-energy class of luminous cosmic emitter". Nature Astronomy (2026). https://doi.org/10.1038/s41550-026-02959-7\
- Watzke, M. "NASA's Chandra Unveils Mysterious X-ray Objects". NASA Science, 9 de septiembre de 2026.
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