La corriente oceánica que suaviza el clima en Europa podría apagarse, dejando inviernos extremos y veranos más secos.

La circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés) es un sistema clave de corrientes oceánicas que transporta calor desde los trópicos hacia el norte, influyendo en el clima global. Esta corriente incluye a la famosa Corriente del Golfo y actúa como una cinta transportadora que lleva agua cálida hacia el norte en la superficie y agua fría hacia el sur en las profundidades. Si esta circulación se debilita o se detiene, Europa podría sufrir inviernos más duros, veranos más secos y cambios importantes en los patrones de lluvias tropicales.

Una nueva investigación liderada por el Instituto Real de Meteorología de los Países Bajos y con participación del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK) ha arrojado una advertencia alarmante: la circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC), ese sistema vital de corrientes oceánicas que mantiene el clima europeo relativamente templado, podría colapsar por completo después del año 2100 si no se reducen drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Esta corriente incluye la conocida Corriente del Golfo, y su funcionamiento es esencial para mantener la estabilidad climática no solo en Europa, sino en todo el planeta.

Sybren Drijfhout, autor principal del estudio publicado en Environmental Research Letters, explica que mientras la mayoría de los modelos climáticos del IPCC se detienen en el año 2100, algunos han sido extendidos hasta el año 2500, mostrando resultados que calificó como «muy preocupantes». Según los modelos del proyecto CMIP6, bajo todos los escenarios de altas emisiones, el AMOC se debilita drásticamente para el año 2100 y termina colapsando completamente en los siglos posteriores. Lo inquietante es que esta tendencia también aparece en algunos escenarios de emisiones medias e incluso bajas, lo que sugiere que el riesgo de un apagón completo del sistema es mayor de lo que muchos piensan.

La clave del colapso se encuentra en el debilitamiento de la convección profunda en el Atlántico Norte durante el invierno. Este proceso, que ocurre en mares como el de Labrador, Irminger y los mares nórdicos, permite que el agua fría y densa se hunda, impulsando el “cinturón transportador” oceánico. Sin embargo, el calentamiento global reduce la pérdida de calor del océano hacia la atmósfera durante el invierno, ya que el aire ya no está lo suficientemente frío como para enfriar las aguas superficiales. Esto provoca que la capa superficial del océano se mantenga más caliente y ligera, impidiendo que se hunda y se mezcle con las aguas más profundas.

Una vez comienza este proceso, se activa un bucle de retroalimentación: las aguas superficiales más cálidas y menos salinas se hunden con menos facilidad, lo que debilita aún más la circulación y reduce el flujo de agua cálida hacia el norte. Al mismo tiempo, el agua en las regiones septentrionales se enfría, se vuelve menos salina y más ligera, intensificando el problema. «En las simulaciones, el punto de inflexión en los mares clave del Atlántico Norte suele ocurrir en las próximas décadas, lo cual es muy preocupante», señala Stefan Rahmstorf, jefe del Departamento de Análisis del Sistema Terrestre en el PIK y coautor del estudio.

Una vez que se alcanza este punto de inflexión, el colapso del AMOC se vuelve inevitable, debido a un mecanismo de autoamplificación. Según los modelos, el calor liberado por el Atlántico Norte cae a menos del 20 % de los niveles actuales y, en algunos casos, prácticamente a cero. Esto tendría consecuencias climáticas devastadoras: inviernos mucho más fríos y extremos en Europa occidental, veranos más secos, y una alteración importante en las bandas de lluvias tropicales que afectan al hemisferio sur, con impacto directo en la seguridad alimentaria de regiones vulnerables.

Además, los investigadores señalan que las observaciones recientes en estas regiones de convección profunda ya muestran una tendencia a la baja durante los últimos cinco a diez años. Aunque podría tratarse de una variabilidad natural, esa señal coincide con las proyecciones de los modelos climáticos, lo que añade más peso a la alarma.

Para llegar a estas conclusiones, el equipo analizó simulaciones del proyecto CMIP6, las mismas utilizadas en el último informe del IPCC, pero extendidas hasta los años 2300 e incluso 2500. En los nueve escenarios de altas emisiones analizados, todos desembocan en un estado de circulación débil y superficial, con la desaparición de la circulación profunda. Incluso algunos escenarios con niveles intermedios o bajos de emisiones muestran este mismo resultado, lo que refuerza la urgencia de actuar.

«Aunque los modelos indican que la AMOC tarda entre 50 y 100 años en apagarse completamente después de que se supere el punto de inflexión, este plazo podría estar subestimado», advierte Rahmstorf. Y es que estos modelos estándar no incorporan el impacto adicional del agua dulce que proviene del deshielo en Groenlandia, un factor que aceleraría aún más el proceso de colapso. “Por eso es crucial reducir las emisiones de manera rápida. No eliminaría por completo el riesgo de un apagón del AMOC, pero sí lo reduciría significativamente”, concluye.

El mensaje de la ciencia es claro: detener el calentamiento global no solo se trata de evitar un futuro incómodo, sino de prevenir una disrupción masiva y potencialmente irreversible en el sistema climático del planeta.

REFERENCIA