Cuando los científicos pagaron a estudiantes por no hacer nada, y en dos días empezaron a alucinar

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En 1954, un grupo de estudiantes de la Universidad McGill, en Montreal, cobró el doble del jornal medio de la época por tumbarse en una cama sin ver, oír ni tocar nada

Un joven se tumba en un catre, dentro de un cubículo iluminado y silencioso. Lleva una visera de plástico translúcido que deja pasar la luz pero le impide distinguir formas, guantes de algodón y unos puños de cartón que le cubren los dedos hasta la punta. En el techo, un aparato de aire acondicionado produce un zumbido constante que tapa cualquier otro sonido. No hay nada que hacer, nada que mirar, nada que tocar. El primer día se aburre. El segundo empieza a ver cosas que no están ahí. Este experimento no se podría hacer hoy, pero hace más de setenta años se hizo, y cobrando.

Índice
  1. Veinte dólares por no hacer absolutamente nada
  2. Hombrecillos amarillos y ardillas con sacos al hombro
  3. Lo que no figuraba en el informe académico
  4. REFERENCIAS

Veinte dólares por no hacer absolutamente nada

El experimento lo diseñó el equipo del psicólogo Donald O. Hebb: los investigadores William Bexton, Woodburn Heron y Thomas Scott reclutaron a estudiantes universitarios varones y les ofrecieron un sueldo generoso a cambio de permanecer aislados el mayor tiempo posible, con descansos solo para comer y usar el baño. Cada 12, 24 y 48 horas les hacían pruebas de percepción y de razonamiento.

La financiación llegó en 1951 de la Junta de Investigación para la Defensa de Canadá, un organismo de investigación militar, para estudiar de forma sistemática los efectos de la exposición prolongada a un entorno rígidamente monótono. Los estudiantes podían abandonar cuando quisieran. La mayoría lo hizo enseguida: el aburrimiento extremo resultó mucho más difícil de soportar de lo que nadie había previsto.

Hombrecillos amarillos y ardillas con sacos al hombro

Heron describió después, en un artículo propio para la revista Scientific American, lo que veían sus sujetos a medida que pasaban las horas. Primero aparecían formas simples. Luego, escribió, las visiones se volvían más complejas: "hileras de hombrecillos amarillos con gorras negras y la boca abierta" o "patrones abstractos repetidos como el dibujo de un papel pintado". Algunos describieron una procesión de ardillas cargadas con sacos al hombro, marchando con aire resuelto por su campo visual. Otros sufrieron alucinaciones también táctiles o auditivas.

Además del delirio pasajero, los participantes rindieron peor en pruebas sencillas de cálculo y memoria, un deterioro cognitivo medible que revela hasta qué punto el pensamiento ordenado depende de un flujo constante de información del mundo exterior, y no solo de lo que ya hay guardado dentro del cráneo. La ciencia de las alucinaciones ha seguido creciendo desde entonces sin perder ese punto de partida.

Lo que no figuraba en el informe académico

El artículo de 1954, publicado en la revista Canadian Journal of Psychology, presentaba el trabajo como un estudio de percepción sin más. La financiación militar y su verdadero propósito quedaron fuera del texto y de lo que se contó a los propios voluntarios. Historiadores de la ciencia han documentado después que Hebb emprendió esta línea de investigación preocupado por los relatos de "lavado de cerebro" a prisioneros de la guerra de Corea, y que buena parte de los primeros resultados se compartió de forma reservada con autoridades de Estados Unidos antes de hacerse públicos.

Los estudiantes que cobraron sus 20 dólares diarios nunca supieron que estaban ayudando a cartografiar, sin saberlo, una técnica de interrogatorio. El mismo mecanismo que se usa en el mal llamado lavado de cerebro como procedimiento tiene aquí una de sus raíces experimentales menos conocidas.

Hay que tener en cuenta que la muestra original eran varones jóvenes, sanos y universitarios: una población muy poco representativa del conjunto de las personas, algo habitual en la psicología experimental de mediados del siglo veinte. Las imágenes más vívidas (los hombrecillos amarillos, las ardillas) proceden del relato divulgativo que Heron escribió tres años más tarde para el público general, no del artículo académico original de 1954, redactado en un lenguaje mucho más sobrio.

¿Hubo colaboración entre el equipo de Hebb y los servicios de inteligencia estadounidenses? El debate sigue abierto: hay documentos y trabajos de archivo que lo sugieren con fuerza, pero no una confesión explícita de los propios investigadores.

Hoy la misma privación sensorial se vende como terapia de relajación, en tanques de flotación con agua templada y sales de magnesio, en centros de bienestar y balnearios de medio mundo. Nadie te paga por meterte en uno: pagas tú. La diferencia entre una hora de descanso y varios días de aislamiento resultó ser, para el cerebro de aquellos estudiantes de Montreal, la diferencia entre estar en calma y empezar a inventarse la compañía.

REFERENCIAS

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