Durante casi un siglo tiraron de trineos y levantaron la moral en las bases, pero desde 1994 ya no hay perros en la Antártida por el protocolo internacional de Madrid

Desde los inicios de la exploración polar, los perros fueron protagonistas. Amundsen, Scott o Mawson confiaron en perros para sus tiros de trineo que les permitieron recorrer distancias imposibles entre vientos brutales. A mediados del siglo XX, la mecanización ganó terreno, aunque muchas bases siguieron usando huskies como apoyo y como símbolo. Con la firma del Tratado Antártico y la maduración de una ética ambiental más exigente, creció el rechazo a introducir especies ajenas al ecosistema, por útiles o queridas que fueran.

El giro quedó sellado con el Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente del Tratado Antártico, también llamado Protocolo de Madrid. Su Anexo II prohibió introducir perros y ordenó retirar los que quedaban antes del 1 de abril de 1994. No era solo una norma, era un cambio de mentalidad.

Ya no hay perros en la Antártida, y eso es una buena idea

Los argumentos combinaban sanidad y coherencia ecológica. El moquillo canino, un morbillivirus que afecta a perros y otros carnívoros, puede contagiar a pinnípedos como las focas. En un continente prístino, cualquier patógeno importado puede causar estragos. La mejor prevención consistía en eliminar la fuente potencial de infección.

También pesó la lógica del propio sistema antártico. Si se prohíben las especies introducidas para evitar impactos, no tenía sentido mantener equipos de trineo con perros en bases científicas. La regla igual para todos evitaba excepciones difíciles de justificar.

La historia, sin embargo, venía de lejos. En 1899, el noruego Carsten Borchgrevink llevó decenas de perros en una de las primeras invernadas en el continente. A partir de ahí, los perros se volvieron compañeros  inseparables de la edad heroica. Eran una herramienta, proporcionaban transporte compañía y, en ocasiones, una última línea de supervivencia.

Los perros que salvaron la vida a los exploradores

En 1912, durante la desastrosa travesía de regreso de la expedición de Douglas Mawson, él y su compañero Xavier Mertz acabaron comiendo a sus perros tras perder provisiones. Mawson anotó: “Esa noche nos comimos a George. Era un ejemplo muy pobre, principalmente tendones con un sabor muy poco deseable. Fue un alivio cuando apareció el hígado, que al menos se podía masticar y digerir con facilidad”. Poco después Mertz murió, probablemente por hipervitaminosis A, ya que el hígado de perro concentra vitamina A en niveles tóxicos para humanos.

Con el avance de la tecnología, las motos de nieve y los vehículos oruga fueron ganando la partida. Ofrecían más carga, menos imprevisibilidad y un control logístico superior. Aun así, algunas bases mantuvieron a sus perros hasta los años noventa por tradición y por su valor para el entrenamiento en terreno difícil.

Adiós a los perros de la Antártida

El desenlace llegó a principios de 1994. El British Antarctic Survey organizó la salida de la última jauría de su base de Rothera en febrero. Antes de embarcarlos, los equipos vivieron una última temporada de trabajo con trineos, a modo de despedida y homenaje. A partir de entonces, ninguna estación operó con perros en el continente.

El impacto simbólico fue enorme. Para muchas personas que trabajaron en la Antártida, los perros eran parte de la identidad del lugar. Subían la moral durante los inviernos interminables y enseñaban a leer el hielo. Su marcha dejó una mezcla de tristeza y convencimiento de que la decisión era la correcta.

Hoy, la ausencia de perros forma parte de una idea más amplia. La Antártida funciona como laboratorio natural y como reserva para la ciencia. Minimizar las interferencias humanas, incluso las más entrañables, protege procesos ecológicos únicos. La nieve ya no guarda huellas de husky, pero sí la memoria de cómo cambió nuestra relación con el continente blanco.

La fecha de 1994 no solo cerró una era de trineos. Señaló que, en la Antártida, el respeto por un ecosistema frágil debe ir siempre por delante.

REFERENCIA

Annex II to the Protocol on Environmental Protection to the Antarctic Treaty