Una caca de tiranosaurio guardaba un secreto de 66 millones de años sobre las aves

tiranosaurio comiendo ave

Un coprolito de hace 66 millones de años escondía una pluma nunca vista de un pájaro buceador que puede explicar la supervivencia de las aves al asteroide

En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. buscaba fósiles de peces entre las rocas de Hell Creek, en Montana, cuando se topó con un nódulo oscuro y rojizo, del tamaño de media pelota de golf. Lo guardó sin darle mayor importancia. 10 años después, un escáner de tomografía computarizada en la Universidad del Sur de California reveló lo que llevaba dentro: varias plumas perfectamente conservadas, escamas de un pez gar y huesecillos de la pata de un ave.

Aquel bulto resultó ser un excremento fosilizado, lo que los paleontólogos llaman coprolito, y guardaba en su interior la primera pluma jamás encontrada de todo un grupo de aves extinguidas.

Índice
  1. El menú del tiranosaurio
  2. Una pluma que no debería haber sobrevivido
  3. La pluma fue la diferencia entre sobrevivir y desaparecer
  4. Lo que se puede leer en un excremento
  5. REFERENCIAS

El menú del tiranosaurio

Quien produjo aquel coprolito comía aves acuáticas y peces, una dieta que apunta a un depredador de tamaño medio que cazaba junto al agua. Los autores del estudio, publicado en la revista Current Biology, sospechan de un juvenil de Tyrannosaurus rex o de un Nanotyrannus, aunque lo reconocen sin rodeos: no existe forma de asignar un coprolito a una especie concreta si no aparece asociado a restos óseos. Ese margen de duda no resta valor al hallazgo. Al contrario, recuerda que la paleontología trabaja casi siempre con lo que ha quedado, no con lo que hubo en realidad.

Pluma fosilizada de un ave hesperornitiforme que sobresale de la superficie de un coprolito de 66 millones de años de antigüedad. Crédito de la imagen: O’Connor et al., doi: 10.1016/j.cub.2026.08.054.
Pluma fosilizada de un ave hesperornitiforme que sobresale de la superficie de un coprolito de 66 millones de años de antigüedad. Crédito de la imagen: O’Connor et al., doi: 10.1016/j.cub.2026.08.054.

Una pluma que no debería haber sobrevivido

El ave que terminó en aquel estómago pertenecía a los hesperornitiformes, un grupo de aves buceadoras del Cretácico parecidas, en su forma de vida, a los somorgujos actuales: apenas podían volar, pero nadaban con destreza gracias a unas patas traseras adaptadas para impulsarse bajo el agua. Hasta ahora solo se conocían sus huesos.

Las dos plumas rescatadas del coprolito muestran un raquis (el tallo central de la pluma) cuadrado y con una estructura esponjosa en su interior, un rasgo que solo se ha visto después en aves vivas y en sus parientes más inmediatos, y que no vuelve a aparecer en el registro fósil hasta 10 millones de años más tarde.

Para hacerse una idea de lo raro que es encontrar plumaje bien conservado de aves de esta edad conviene mirar a España. En Las Hoyas, en Cuenca, un yacimiento algo más antiguo, de hace 125 millones de años, se ha hallado un polluelo de enantiornita (otro linaje de aves primitivas, hoy extinto) con una conservación tan fina que ha permitido reconstruir cómo crecían sus huesos nada más nacer. Son precisamente las enantiornitas, junto a los hesperornitiformes, las que desaparecieron en la extinción masiva de finales del Cretácico, mientras que las aves modernas, las neornitas, lograron cruzar al otro lado.

La pluma fue la diferencia entre sobrevivir y desaparecer

Este es el hilo que conecta el hallazgo con una pregunta más amplia. ¿Por qué el impacto del asteroide de Chicxulub acabó con casi todas las aves primitivas y dejó con vida a los antepasados de las que hoy vemos en cualquier parque? La paleontóloga Jingmai O'Connor, del Field Museum de Chicago y autora principal del estudio, lo resume así: "creemos que el tipo de plumas que tenían estas aves, o la forma en que las mudaban, pudo ser una de las causas de fondo de la selectividad de la extinción de finales del Cretácico".

La idea es que unas plumas con mejor capacidad aislante habrían ayudado a las aves modernas a resistir el invierno de impacto que siguió al choque del asteroide, cuando el polvo en suspensión bloqueó la luz solar y las temperaturas cayeron en picado durante meses. Los hesperornitiformes, especializados en nadar y pescar, y las enantiornitas, con un plumaje más primitivo, se habrían quedado sin abrigo suficiente para aguantar un frío tan repentino.

Lo que se puede leer en un excremento

Los coprolitos llevan décadas demostrando que un excremento fosilizado puede contar más que un hueso: revela dietas, cadenas alimentarias y, ahora, hasta detalles anatómicos que de otro modo se habrían perdido para siempre. En este caso, el azar de que un depredador se comiera un ave entera, plumas incluidas, y de que sus jugos digestivos no llegaran a destruir del todo esos tejidos blandos, ha abierto una ventana que ningún yacimiento de huesos había ofrecido hasta ahora.

Al otro lado de la frontera de la extinción está Asteriornis, apodada cariñosamente "el pollo de las maravillas", uno de los pocos linajes que sí cruzaron al otro lado del Cretácico. Comparar su plumaje con el de las víctimas hesperornitiformes es, a partir de ahora, una tarea pendiente para entender mejor por qué unas aves se salvaron y otras no.

El hallazgo también cambia qué buscan a partir de ahora los paleontólogos cuando abren un coprolito: ya no solo qué comió el animal que lo dejó, sino qué llevaba puesto su presa. Las Hoyas, con sus plumas de hace 125 millones de años, es candidata de sobra para una relectura con esa pregunta nueva en la cabeza.

REFERENCIAS

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