Misterio: estas huellas de 1,4 millones de años no coinciden con su supuesto dueño

huellas en Kenia de 1,4 millones de años

En la orilla de un lago de Kenia, ocho individuos caminaron juntos hace 1,4 millones de años. Sus huellas no encajan con el esqueleto al que se suponía que pertenecían esos pies.

Imagina el barro fresco de una orilla africana, hace 1,4 millones de años. Ocho pares de pies se hunden uno tras otro y dejan un rastro que nadie volverá a pisar durante más de un millón de años. Al medirlas hoy, los investigadores han topado con una anomalía: pertenecen a un cuerpo demasiado grande para la especie cuya forma de pie coincide con ellas.

Índice
  1. Un rastro que sobrevivió a un millón de años de barro
  2. Cómo se calcula la altura de alguien que lleva un millón de años muerto
  3. Un cuerpo que no cabe en el esqueleto que le atribuimos
  4. Ocho varones, ninguna cría: un grupo con propósito
  5. REFERENCIAS

Un rastro que sobrevivió a un millón de años de barro

El hallazgo procede del yacimiento de GaJi10, en la formación de Koobi Fora, dentro de la cuenca del lago Turkana. El lugar se localizó en 1978, pero las excavaciones de 2016 y 2023 sacaron a la luz 21 huellas nuevas que forman parte de un mismo episodio: al menos ocho individuos, la mayoría varones adultos, cruzando la misma orilla fangosa en cuestión de horas o, como mucho, de días. Es, según describe el equipo en la revista PNAS, uno de los rastros de homínidos más completos documentados hasta ahora en el este de África.

Localización de las huellas fosilizadas en Kenia
Localización de las huellas fosilizadas en Kenia

Kay Behrensmeyer, del Smithsonian y coautora del trabajo, lo resumió así en la nota de prensa del Instituto Max Planck: «Resulta sorprendente encontrar los mismos depósitos de orilla lacustre en dos zonas de Turkana separadas por 40 kilómetros y de una edad muy similar». Ese paralelismo permite reconstruir, huella a huella, un paisaje que existió durante un instante geológico y que después quedó sellado bajo capas de sedimento.

Cómo se calcula la altura de alguien que lleva un millón de años muerto

Las huellas fósiles llevan décadas siendo uno de los registros más directos que tenemos del pasado, como ya vimos al hablar de otras pisadas que reescribieron el árbol genealógico humano. Nuestro pie, como el de nuestros parientes fósiles, guarda una relación bastante predecible con la estatura y el peso corporal. La longitud, la anchura y la profundidad de la pisada en el sedimento (además de la distancia entre pasos, que revela la longitud de la zancada) permiten calcular con bastante precisión cuánto medía y pesaba quien la dejó, igual que un forense estima la talla de alguien por el número de su calzado.

Con ese método, el equipo liderado por Kevin Hatala, de la Universidad de Chatham y el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, obtuvo cifras de hasta 1,8 metros de altura y unos 75 kilogramos de peso para varios individuos del grupo.

Son medidas propias de un cuerpo humano moderno, muy por encima de lo esperable en un homínido de hace 1,4 millones de años con un cerebro mucho más pequeño que el nuestro.

Un cuerpo que no cabe en el esqueleto que le atribuimos

Aquí llega la parte incómoda del hallazgo. La forma del pie, con el dedo gordo alineado y un arco poco pronunciado, coincide con la de Paranthropus boisei, el homínido de mandíbula robusta y muelas enormes que compartió paisaje con los primeros representantes de nuestro género en el este de África.

Sin embargo, ningún esqueleto conocido de Paranthropus boisei alcanza esas dimensiones: los restos fósiles de la especie describen individuos considerablemente más bajos y ligeros, más parecidos a un chimpancé grande que a un humano actual. El propio estudio reconoce la incertidumbre: la anatomía del pie apunta a una especie, el tamaño del cuerpo apunta a otra, y ocho individuos, una muestra pequeña y probablemente sesgada hacia los varones, no bastan para decidir si es un error de atribución o una variación corporal mucho mayor de lo que se pensaba.

El estudio, además, ni siquiera puede garantizar que los ocho rastros pertenezcan a ocho personas distintas: el mismo individuo que camina hacia el este podría ser, en otro tramo, el que aparece caminando hacia el oeste. El barro no lleva etiquetas con nombre, solo pisadas que se cruzan.

Ocho varones, ninguna cría: un grupo con propósito

Más allá del tamaño, el otro dato intrigante es la composición del grupo. Neil Roach, de la Universidad de Harvard y coautor del trabajo, lo dejó dicho en la misma nota de prensa: «El hecho de que ocho individuos, la mayoría varones adultos, parezcan haber viajado juntos como grupo, sin hembras ni crías, apunta a una estructura social compleja en esta especie».

Esto contrasta con la imagen habitual que solemos proyectar sobre estos parientes lejanos, la de un animal solitario que pasaba el día masticando vegetación dura, como un gorila. El hallazgo llega menos de dos años después de que el mismo equipo documentara, en otro punto de Turkana, que Homo erectus compartía aquel paisaje lacustre con esta especie de homínidos robustos, un vecindario prehistórico que ya contamos en Quo.

Estas huellas funcionan mejor como invitación a desconfiar de las etiquetas limpias con las que solemos ordenar a nuestros antepasados que como respuesta cerrada, algo que ya intuíamos al preguntarnos si nuestra propia especie tiene un único antecesor. Quizá la evolución humana se parezca menos a un árbol con ramas bien dibujadas y separadas, y más a esa orilla fangosa de Turkana, llena de pisadas que se superponen sin que sepamos todavía de quién es cada una.

REFERENCIAS

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