Las primeras ciudades crecieron gracias a las conexiones entre ellas
Un estudio de 957 yacimientos de la antigua Mesopotamia muestra que las conexiones entre comunidades fueron esenciales para el desarrollo de las primeras sociedades urbanas
Una ciudad no vive solo de lo que ocurre dentro de sus calles, necesita conexiones por las que lleguen personas, materiales y conocimientos. Hoy parece evidente, pero hace más de cinco mil años esas relaciones ya ayudaban a transformar la vida de las comunidades.
¿Cómo consiguieron las primeras ciudades mantener contactos a grandes distancias sin nuestros medios de transporte ni nuestras instituciones? Una investigación publicada en Science Advances aborda esta pregunta a través de la expansión de la cultura de Uruk, en Mesopotamia, aproximadamente entre 3900 y 3000 a. C.
Giacomo Benati y Sergi Lozano, investigadores de la Universidad de Barcelona, analizaron cómo cambió la red que conectaba aquellos asentamientos. Sus resultados sugieren que las relaciones locales, combinadas con unos pocos enlaces entre regiones, desempeñaron un papel muy importante en la organización de aquel mundo urbano.
Un mapa de conexiones de hace miles de años
Los investigadores reunieron información de excavaciones, prospecciones y estudios regionales hasta obtener un conjunto de 957 yacimientos con fechas y localizaciones suficientemente fiables. Para identificar los asentamientos vinculados a Uruk utilizaron elementos característicos de su cultura, como cerámicas, sellos cilíndricos y determinados tipos de arquitectura.
Después reconstruyeron posibles vías de comunicación mediante información histórica, geográfica y sobre antiguos cauces fluviales. Un detalle importante es que no dieron por hecho que dos lugares estaban conectados simplemente porque compartían objetos parecidos y reconstruyeron las rutas de forma independiente.
Con esa información crearon tres mapas de distintas épocas. En ellos, cada asentamiento era un punto y cada conexión posible, una línea. La idea recuerda a un plano de metro, no basta con contar las estaciones, también importa cuántos transbordos hacen falta para llegar de una a otra y si todos los viajes obligan a pasar por el mismo sitio.
Primero el río, después los atajos
Entre aproximadamente 3800 y 3600 a.e.c., la red dependía sobre todo del Tigris y el Éufrates, hasta el 85,3 % de las conexiones reconstruidas eran fluviales. Los asentamientos formaban largas cadenas que comunicaban principalmente el norte y el sur de Mesopotamia.
Entre 3600 y 3300 a.e.c., el mapa empezó a cambiar. Las conexiones terrestres entre vecinos adquirieron mayor importancia y aparecieron grupos regionales más conectados internamente, este proceso reforzó primero las relaciones cercanas.
En la tercera fase, entre 3300 y 3000 a.e.c., algunos enlaces de mayor alcance conectaron esos grupos. Actuaban como atajos que permitían recorrer la red pasando por menos asentamientos intermedios.
Imaginemos varias comarcas cuyos pueblos están bien comunicados entre sí, pero tienen pocas conexiones con el exterior. Unas cuantas rutas entre comarcas pueden mejorar mucho los desplazamientos sin necesidad de conectar directamente cada pueblo con todos los demás, algo similar es lo que nos muestra el análisis.
Los investigadores compararon cada mapa con 200 redes generadas por ordenador. Mantuvieron las conexiones fluviales y reorganizaron las terrestres para comprobar cómo influía su distribución, así pudieron distinguir mejor el papel de la geografía del de la organización de las conexiones.
Más conexiones sin un único centro de mando
El patrón final encaja mejor con núcleos descentralizados que con un sistema fuertemente dirigido desde un único centro, como el imperio romano. Los contactos seguían siendo principalmente locales, pero algunos enlaces permitían conectar regiones y reducían la dependencia de determinados intermediarios.
Los autores plantean que comunidades móviles y grupos establecidos en puntos estratégicos pudieron ayudar a mantener estas conexiones. Es una interpretación compatible con los resultados, no la identificación definitiva de quién organizaba cada intercambio.
Además, aquellas rutas transportaron conocimientos. El estudio recoge que muchas cerámicas se producían localmente, pero encontrar objetos similares en lugares lejanos no indica necesariamente que se hubieran transportado desde un mismo taller. También pudieron desplazarse las personas, las técnicas y las formas de trabajar.
Lo que todavía no cuenta el mapa
La investigación tiene límites, faltan yacimientos por documentar, algunas rutas pudieron desaparecer y las grandes franjas cronológicas ocultan cambios más rápidos. Los mapas representan conexiones posibles, no un registro exacto de cada viaje o transacción.
Los autores también nos indican que una misma estructura de red pudo surgir mediante procesos sociales distintos. Sus resultados no demuestran la existencia de mercados formales ni la ausencia de gobernantes, sí ofrecen una pista sobre cómo se sostuvo la vida urbana. Las decisiones de muchas comunidades, sumadas a unas pocas conexiones de largo alcance, podían crear una red extensa sin un único director. Para comprender las primeras ciudades, también hay que mirar los caminos que las unían.
Referencia
The network structure of the urban revolution. Science Advances, 12(42), 14 de octubre de 2026.
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