Antiguo Egipto: pirámides y sacrificios humanos

Antiguo Egipto

La bioarqueología forense detecta fracturas perimortem en el 39% de los enterramientos subsidiarios de la Primera Dinastía 

En la década de 1890, el arqueólogo William Flinders Petrie desenterró en Abidos, al sur de Egipto, cientos de tumbas pequeñas agrupadas alrededor de los grandes recintos funerarios de los primeros faraones. Los enterrados no eran reyes: eran selladores, inspectores, artesanos y médicos, cuyos nombres y títulos aparecían grabados en estelas junto a sus fosas.

Petrie notó fracturas en varios cráneos y aplicó cera de parafina para conservarlos, pero interpretó muchos daños como accidentales o producidos por el paso del tiempo. Ciento treinta años después, la bioarqueóloga Roselyn Campbell, de la Universidad de Purdue, ha revisado esos mismos huesos con técnicas forenses actuales y ha encontrado algo muy distinto.

Índice
  1. Cientos de personas enterradas junto a los faraones
  2. Fracturas producidas cerca del momento de la muerte
  3. Lo que la ciencia forense moderna puede distinguir
  4. Evidencia de violencia, pero no  sacrificio probado
  5. REFERENCIA

Cientos de personas enterradas junto a los faraones

Los recintos funerarios de la Primera Dinastía egipcia (en torno al 3000 a.e.c.) en Abidos contenían, además de la tumba principal del faraón, docenas y a veces centenares de enterramientos auxiliares. Los difuntos eran funcionarios de rango medio y bajo de la corte: artesanos especializados, médicos y servidores identificados por sus títulos profesionales.

La interpretación dominante durante décadas fue que esos individuos habían muerto al mismo tiempo que su soberano para acompañarle en el más allá, en una práctica conocida como sacrificio de escolta o de acompañantes.

La discusión sobre esa hipótesis ha persistido porque los registros físicos eran incompletos y los métodos disponibles en el siglo XIX no permitían distinguir con certeza entre fracturas ocurridas cerca del momento de la muerte y las producidas por el peso de la tierra o las propias excavaciones. La colección de cráneos de Abidos conservada en el Duckworth Collection de la Universidad de Cambridge ofrecía la oportunidad de volver a examinar esas pruebas con métodos actuales.

Fracturas producidas cerca del momento de la muerte

Campbell aplicó protocolos actuales de bioarqueología forense a los 46 cráneos conservados procedentes de los recintos funerarios de los faraones Djer, Djet y Merneith. La distinción clave de estas técnicas reside en la diferencia entre fracturas en hueso fresco (más flexible, con bordes característicos del traumatismo perimortem) y fracturas en hueso seco (producidas tras la descomposición, con patrones distintos). Las primeras indican que el traumatismo ocurrió en torno al momento del fallecimiento.

El resultado fue que 18 de los 46 cráneos analizados (el 39%) mostraban fracturas perimortem. La mayoría eran fracturas lineales a lo largo de la bóveda craneal. Varios individuos presentaban además heridas de corte y, en al menos dos casos, una lesión penetrante en la zona de la sien y un traumatismo cortante cerca de la órbita ocular. El patrón de las fracturas sugiere que el instrumento usado era un objeto plano y ancho, posiblemente de madera o asta de animal. La maza ceremonial real (que produce fracturas hundidas por la concentración de fuerza en un punto) no encaja con los patrones observados.

Lo que la ciencia forense moderna puede distinguir

Petrie había propuesto que algunos de estos individuos fueron enterrados vivos, basándose en las posturas aparentemente contorsionadas de los cuerpos. El análisis de Campbell descarta esa interpretación: las posiciones inusuales son atribuibles al desplazamiento de los cuerpos durante el relleno de las fosas y a los cambios producidos por la descomposición de los tejidos blandos. La supervivencia de pequeños huesos de manos y pies indica, por otra parte, que los cadáveres no fueron trasladados tras una descomposición avanzada.

El perfil de los enterrados añade información relevante. Los individuos examinados presentaban mejores indicadores de salud durante la infancia y menor estrés físico óseo que los enterrados directamente junto a las tumbas reales, lo que sugiere que no eran prisioneros de guerra ni esclavos, sino miembros reconocidos de la corte. «Me atrajo estudiar a estas personas en parte porque, aunque fueron enterradas alrededor de la realeza, aparecen mayoritariamente como notas al pie en la narrativa más amplia», señaló Campbell.

Evidencia de violencia, pero no  sacrificio probado

El estudio es cuidadoso con sus propias limitaciones. Campbell subraya que las fracturas perimortem demuestran que algunos individuos sufrieron traumatismos craneales graves en torno al momento de su muerte, pero no permiten afirmar con certeza que esas lesiones fueran la causa directa del fallecimiento. Las fracturas pueden producirse en los momentos previos a la muerte, durante ella o inmediatamente después, y la bioarqueología no puede distinguir entre esos escenarios con los datos disponibles.

Además, los 46 cráneos representan tan solo entre el 5 y el 15 por ciento de los individuos originalmente enterrados en cada recinto, lo que limita la representatividad de las conclusiones. El 61 por ciento de los cráneos analizados no muestra señales de traumatismo perimortem, lo que indica que la violencia no fue universal entre los enterrados subsidiarios. La imagen que emerge no es la de un sacrificio masivo y sistemático, sino la de una práctica mortuoria compleja en la que al menos una parte de los individuos murió de forma violenta, con o sin el consentimiento voluntario que algunos historiadores han atribuido a los acompañantes de los primeros faraones.

REFERENCIA

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