Sexo de los pulpos: el brazo que se desprende y nada solo

sexo de los pulpos

El macho entrega un brazo cargado de esperma y en algunas especies lo pierde para siempre. La hembra muere poco después de que nazcan las crías.

La reproducción de los pulpos reúne casi todos los extremos que la biología reserva para los casos raros: un órgano sexual que se desprende y nada por su cuenta, hembras que dejan de comer durante meses y una muerte programada que llega justo después de cumplir el objetivo. Todo ello en animales con el sistema nervioso más complejo entre los invertebrados.

Índice
  1. El tercer brazo derecho
  2. El pulpo que rompió todas las reglas
  3. La muerte programada de la madre
  4. Lo que queda por saber
  5. REFERENCIA

El tercer brazo derecho

Los machos no tienen pene. Uno de sus ocho brazos, casi siempre el tercero del lado derecho, está modificado y se llama hectocótilo. Termina en una estructura acanalada por la que viajan los espermatóforos, unos paquetes de esperma que pueden medir hasta un metro en las especies grandes.

El macho introduce ese brazo bajo el manto de la hembra y deposita los espermatóforos cerca de los oviductos. La maniobra dura entre unos minutos y varias horas según la especie, y suele hacerse a distancia, con el macho estirando el brazo todo lo posible. La razón es sencilla: en muchas especies la hembra es bastante mayor que él y el canibalismo sexual está documentado.

En los argonautas, un grupo de pulpos pelágicos, la estrategia llega al extremo. El hectocótilo se desprende entero del macho, nada activamente hasta la hembra y se aloja en su cavidad del manto. Cuando los naturalistas del siglo XIX encontraron esos brazos sueltos dentro de las hembras, los describieron como un gusano parásito y les dieron nombre propio, Hectocotylus, que es de donde viene el término. El macho de argonauta mide unos dos centímetros y la hembra hasta treinta, así que entrega el brazo y se marcha.

El pulpo que rompió todas las reglas

En 2015, un equipo de la Universidad de California en Berkeley publicó en PLOS ONE la descripción del comportamiento del llamado pulpo rayado mayor del Pacífico, una especie de Nicaragua y Panamá que llevaba décadas sin estudiarse a fondo porque el naturalista que la describió en los años setenta no consiguió que le creyeran.

Los ejemplares mantenidos en acuario hicieron tres cosas que ningún pulpo hace. Se aparearon pico contra pico, abrazados y con las ventosas enfrentadas, en lugar de a distancia. Compartieron madriguera y comieron juntos durante días. Además, las hembras pusieron varias puestas sucesivas a lo largo de meses en vez de una sola, lo que rompe el patrón reproductivo de la clase entera.

La muerte programada de la madre

En la inmensa mayoría de las especies, la hembra pone entre decenas de miles y cientos de miles de huevos, los fija al techo de una grieta y se queda. Durante semanas o meses los ventila con chorros de agua, los limpia de parásitos y no se separa de ellos. Tampoco come.

Cuando las crías eclosionan, la hembra está consumida y muere en pocos días. El proceso tiene un disparador concreto. La glándula óptica, situada entre los ojos, libera tras la puesta una cascada de señales que apaga las glándulas digestivas y detiene la alimentación. Extirpada esa glándula en experimentos de laboratorio, las hembras abandonan la puesta, vuelven a alimentarse y viven bastante más.

El fenómeno, llamado senescencia reproductiva, tiene una lógica evolutiva razonable en animales que se reproducen una sola vez. Una madre que sobrevive competiría por el alimento con sus propias crías en el mismo arrecife.

Lo que queda por saber

El pulpo rayado del Pacífico demuestra lo poco que conocemos de un grupo con más de trescientas especies descritas, la mayoría estudiadas solo a partir de ejemplares muertos. Un comportamiento tan llamativo como aparearse pico contra pico pasó inadvertido durante cuarenta años sencillamente porque nadie mantuvo vivos a los animales el tiempo suficiente.

REFERENCIA

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