Tirar colillas al suelo parece un gesto insignificante y sin mucha repercusión, pero un estudio descubre que es mucho peor de lo que crees

Una colilla parece poca cosa, hasta que la entierras y te olvidas. Diez años más tarde no ha desaparecido, ha cambiado de forma y se ha convertido en un peligro para la salud y el medio ambiente.

La idea de “tirar y ya se descompondrá” funciona con una cáscara de plátano, pero con una colilla, no. El filtro parece algodón, pero no lo es. Se compone normalmente de acetato de celulosa, un polímero plástico hecho a partir de celulosa natural y prensado en fibras microscópicas tan apretadas que son casi indestructibles.

Un equipo liderado por Giuliano Bonanomi siguió durante una década lo que le ocurre a miles de colillas depositadas en distintos escenarios: superficies urbanas, suelos arenosos y praderas con suelos ricos en nutrientes. Las metieron en bolsas de malla para que dejaran entrar el agua y los microorganismos, y las fueron recuperando a intervalos para medir pérdida de masa, cambios químicos, colonización microbiana y toxicidad ecológica.

La larga muerte después de tirar colillas al suelo

En las primeras semanas, la colilla adelgaza, pierde una parte de su masa porque se van compuestos solubles y se desgastan capas externas. Ese inicio rápido puede engañar, porque da la sensación de que el problema se está resolviendo solo.

Luego aparece una fase de meseta. En ambientes con poca actividad biológica, como ciertas superficies urbanas o sustratos pobres, el proceso se estabiliza y, incluso después de 10 años, muchas fibras del filtro siguen ahí, reconocibles. No es que la colilla se “evapore”, sino que se transforma lentamente y se queda integrada en el suelo como un residuo tipo microplástico.

Cuando el suelo sí tiene vida de sobra, en condiciones ricas en nitrógeno, el estudio observó una degradación mucho mayor del acetato de celulosa, con pérdidas de masa que llegaron hasta el 84% a lo largo de la década. Es decir, un suelo con vida microbiana puede “comerse” más colilla, pero aun así no la borra del mapa.

No hay que olvidar que las colillas son veneno. Las colillas recién fumadas tienen un pico de toxicidad muy alto, lógico si pensamos en que concentran la nicotina, metales pesados e hidrocarburos aromáticos que han filtrado, y que se liberan con facilidad cuando entra agua. En ensayos con la bacteria marina Aliivibrio fischeri, un clásico de los bioensayos ambientales, pequeñas concentraciones de lixiviados ya provocaban respuestas intensas debido a estos tóxicos.

Con el tiempo, esa toxicidad suele bajar porque parte de los compuestos se lavan o se degradan. Pero el descenso no sigue una línea recta, el equipo detectó un segundo pico en una fase intermedia de la descomposición, como si la colilla tuviera una “reserva” química que se reactiva cuando el filtro empieza a romperse y a generar o liberar productos secundarios.

Al final de los 10 años, la toxicidad media ya era menor que al principio, pero seguía siendo medible en varios organismos, lo bastante como para descartar la idea de un residuo inerte. La colilla se fragmenta, se pega a minerales, se vuelve parte de la matriz del suelo y sus microplásticos y componentes tóxicos tienen efectos ecológicos detectables mientras lo hace.

En el mundo se tiran 4,5 billones de colillas al año, lo que equivale a más de 750.000 toneladas de residuos tóxicos, y cada una actúa como una cápsula de plástico y química lenta, diseñada para durar justo donde menos nos conviene, en la naturaleza, en el agua que bebemos y los alimentos que consumimos.

REFERENCIA

Long-term cigarette butts’ decomposition over 10 years reveals multi-stage microbial, chemical, and toxicological transformations