Un nuevo estudio en Estados Unidos revela que la mayoría de la gente desconoce o infravalora el aumento del riesgo de cáncer cuando se consume alcohol.

Casi todo el mundo sabe que el tabaco produce cáncer, pero ¿y el alcohol? Según un nuevo estudio, más de la mitad de los adultos en Estados Unidos no sabe que el alcohol influye en el riesgo de cáncer. El dato no es menor, porque si la gente cree que una conducta es inocua, la mantiene.

El nuevo análisis del Centro Oncológico MD Anderson, publicado en JAMA Oncology, muestra que el 52,9% de los encuestados respondió “no lo sé” cuando se les preguntó si beber modifica el riesgo de desarrollar cáncer. Solo el 37,1% contestó que aumenta el riesgo. Un 9,1% dijo que no tiene efecto. Un 1% afirmó que lo disminuye. Estas cifras llegan en un contexto de consumo sostenido desde la pandemia y retratan un problema de percepción pública.

El trabajo utilizó datos representativos a escala nacional de 6.793 personas adultas que respondieron en 2024 a una encuesta. La media de edad fue de 48,9 años. Algo más de la mitad eran hombres y el 51,9% declaró haber bebido al menos una vez en el último mes. Los autores ponderaron los datos para reflejar a la población general y emplearon modelos estadísticos para identificar qué perfiles sostenían creencias erróneas con mayor frecuencia.

Los fumadores minimizan el riesgo del alcohol

Los resultados apuntan a varios grupos especialmente vulnerables a los malentendidos. Quienes fumaban en el momento de la encuesta tenían más probabilidades de creer que el alcohol no afecta al riesgo. Ocurría lo mismo en personas con menor nivel educativo, en participantes negros no hispanos y en quienes pensaban que el cáncer no se puede prevenir. También observamos un patrón llamativo entre quienes habían bebido en el último mes. Este grupo era más propenso a responder que beber no cambia el riesgo, justo el mensaje contrario al de la evidencia.

“Es preocupante que las personas que beben alcohol sean quienes con más probabilidad creen que no tiene ningún efecto sobre el riesgo de cáncer”, dijo el autor principal, Sanjay Shete, profesor de Bioestadística y Epidemiología en MD Anderson. “Dado que las creencias desempeñan un papel fundamental a la hora de elegir conductas más saludables, debemos corregir estas percepciones erróneas, que podrían ser esenciales para reducir la creciente carga de cánceres relacionados con el alcohol”.

Las cifras globales encajan con la fotografía internacional. El alcohol contribuye de forma directa a un porcentaje apreciable de diagnósticos y muertes por cáncer. Esta relación incluye tumores de mama, hígado y esófago, entre otros. Aun así, la idea de que “una copa no hace daño” persiste, y la publicidad suele asociar beber con bienestar. Cuando esa narrativa cala, la población ignora recomendaciones prudentes como las del Surgeon General, el director de Salud Pública estadounidense, que piden limitar drásticamente la ingesta para reducir riesgos.

El estudio no demuestra causalidad, porque su diseño es transversal. Sin embargo, ofrece señales claras sobre dónde actuar. Si las campañas de salud pública quieren ser eficaces, deben dirigirse a los grupos que acumulan más malentendidos y adaptar el mensaje. Explicar que incluso consumos bajos elevan el riesgo con una relación dosis respuesta. Dejar claro que “saludable” y “seguro” no son sinónimos en bebidas alcohólicas. Y relacionar recomendaciones con beneficios concretos más allá del cáncer, como menor carga de enfermedades hepáticas o cardiovasculares.

Los autores proponen aprovechar estos datos para fortalecer la adhesión a pautas de consumo responsable. Esto incluye mensajes simples, repetidos y consistentes en atención primaria, en medios y en etiquetas. También recomiendan combatir la sensación de inevitabilidad. Muchos participantes que creen que no se puede prevenir el cáncer mostraron más confusión sobre el alcohol. Corregir esa visión fatalista puede abrir la puerta a cambios conductuales sostenibles.

Queda trabajo por hacer. La desinformación se propaga con rapidez, y los sesgos de confirmación refuerzan creencias cómodas. Aun así, el camino es claro. Informar con precisión, sin moralizar, y ofrecer alternativas prácticas, como objetivos semanales de consumo cero o muy bajo, y apoyo para quienes quieran reducir. La ciencia no pide prohibiciones. Pide conciencia. Si sabemos que el alcohol aumenta el riesgo de cáncer, beber menos es una decisión informada que nos acerca a una vida más larga y saludable.

REFERENCIA

Beliefs About the Effect of Alcohol Use on Cancer Risk in the US Adult Population