Un estudio europeo con más de 10.000 personas mayores vincula la educación religiosa infantil con más depresión y peor cálculo numérico, pero con menos limitaciones físicas en tareas cotidianas.
Ir a misa de pequeños puede que aumente el riesgo de depresión y demencia más adelante en la vida. Un estudio amplio con personas mayores europeas sugiere que la educación religiosa en la infancia se asocia, en promedio, con una peor salud autoinformada después de los 50 años. La investigación aparece en Social Science & Medicine y analiza no solo el promedio. Explora cómo varía la asociación según diferentes facetas de la salud y diferentes segmentos de la población.
Los trabajos previos han pintado un panorama contradictorio sobre religión y salud. Algunas investigaciones señalan beneficios, desde menos conductas de riesgo hasta menor suicidio. Otras encuentran vínculos con más depresión en ciertos grupos.
La mayoría de esos estudios se centra en la religiosidad en la vida adulta. Falta saber qué ocurre cuando miramos atrás, a la infancia, y medimos décadas después. Este trabajo se propuso cubrir esa laguna con datos comparables.
Los autores plantearon posibles mecanismos diversos. En lo psicosocial, la religión puede facilitar emociones positivas y estrategias de afrontamiento, pero también generar conflicto interno o malestar. En lo social y económico, puede abrir puertas a redes de apoyo, aunque también exponer a tensiones de grupo. En lo conductual, a menudo promueve hábitos más saludables, como evitar el tabaco o el consumo excesivo de alcohol, algo que puede notarse en el cuerpo con los años.
Con estas piezas sobre la mesa, los investigadores anticiparon que el vínculo no sería uniforme. Ni simple, ni igual para todos. El equipo usó datos del estudio SHARE con 10.346 adultos de 50 años o más en diez países europeos. A cada participante se le preguntó si había recibido educación religiosa por parte de sus padres. La salud actual se midió con una escala de cinco puntos, de pobre a excelente. Se añadieron indicadores específicos de salud física, mental y cognitiva.
La técnica de “bosque causal” utiliza el aprendizaje automático para estimar el efecto medio de haber crecido con educación religiosa. También ayudó a ver cómo cambiaba ese efecto entre subgrupos definidos por circunstancias tempranas, demografía en la vejez y prácticas religiosas actuales. En total se controlaron 19 variables relevantes.
El resultado global fue claro. En promedio, la educación religiosa en la infancia se asoció con una peor salud autoinformada en la vejez. La diferencia media fue modesta, un descenso de 0,10 puntos en la escala de cinco niveles. La mayoría de las personas en la muestra mostró una asociación negativa. El modelo también identificó una minoría con asociación positiva. Para esas personas, haber crecido en un entorno religioso se relacionó con mejor salud posterior.
Al separar por dominios de salud apareció el matiz. La educación religiosa infantil se relacionó con peor salud mental, con más síntomas depresivos. También con peor salud cognitiva, en concreto una menor habilidad numérica. En cambio, se observó mejor salud física, con menos limitaciones en actividades básicas de la vida diaria.
Este patrón sugiere que la misma experiencia infantil puede asociarse con beneficios en lo físico y desventajas en lo mental y lo cognitivo. No es un mensaje cómodo, pero es coherente con los mecanismos planteados. Un hábito más sobrio puede cuidar el cuerpo, mientras ciertas tensiones internas pueden pasar factura en el ánimo o en el rendimiento cognitivo.
La heterogeneidad importó de nuevo al mirar subgrupos. La asociación negativa con la salud autoinformada fue más fuerte entre quienes crecieron con circunstancias familiares adversas. Tener un progenitor con problemas de salud mental o con consumo elevado de alcohol exacerbó el vínculo negativo.
Factores demográficos en la vejez también modificaron la asociación. Fue más negativa entre los mayores de 65 años, las mujeres, quienes no tenían pareja y quienes tenían menor nivel educativo.
Las prácticas religiosas en la edad adulta se relacionaron con los patrones observados. La asociación negativa fue mayor entre quienes rezaban en la adultez. También entre quienes declararon no asistir nunca a organizaciones religiosas.
Conviene recordar las limitaciones. Los datos sobre la infancia proceden de recuerdos y pueden tener sesgos. El diseño es transversal, se trata de una foto en un momento dado, así que no prueba causalidad directa. Pueden intervenir factores no medidos, como el estatus socioeconómico de los padres o la intensidad de la educación religiosa.
La medida de “educación religiosa” fue amplia. No distinguió tipos de tradición, grados de estricta observancia o estilos familiares concretos. Es un punto de partida, no el mapa final. Los autores recomiendan estudios longitudinales y medidas más finas para entender por qué el patrón favorece lo físico y perjudica lo mental y cognitivo.
Pese a esas salvedades, el uso de un método flexible refuerza el hallazgo central. La infancia religiosa no muestra un único efecto medio, sino una constelación de asociaciones que dependen del contexto personal y social. La conclusión, al menos por ahora, es sobria. Lo que uno aprende de pequeño sobre fe y normas puede seguir resonando décadas después, aunque la melodía cambie de instrumento.
REFERENCIA