Un análisis de millones de publicaciones científicas presentado en Nature muestra que los investigadores de mayor edad tienden a citar menos trabajo ajeno y a reutilizar sus propios marcos teóricos previos
La ciencia avanza porque los investigadores cambian de opinión a la luz de la evidencia, cuestionan los paradigmas establecidos y adoptan nuevas ideas. Pero la psicología del científico no es radicalmente diferente a la del ser humano en general, y existe una tendencia documentada al conservadurismo cognitivo con la edad: la dificultad de abandonar marcos conceptuales en los que se ha invertido una carrera entera.
Un nuevo análisis publicado en Nature cuantifica ese fenómeno a una escala sin precedentes: millones de publicaciones científicas de cientos de miles de investigadores a lo largo de décadas, analizadas para detectar patrones sistemáticos en cómo los científicos evolucionan (o no) en sus ideas a lo largo de su carrera.
Cómo se analizaron los estudios de los científicos ancianos
El equipo construyó una red de cocitación que conecta millones de artículos científicos en función de su contenido temático y sus referencias. En esa red, los artículos que comparten muchas referencias o que son frecuentemente citados juntos forman clusters temáticos: regiones del espacio intelectual de la ciencia. Para cada investigador, el equipo trazó cómo evolucionaba la posición de su trabajo en esa red a lo largo de su carrera: ¿se movía hacia nuevos clusters (adoptando nuevas ideas, cambiando de campo, incorporando perspectivas distintas) o permanecía en los mismos clusters donde había empezado (profundizando en su área de origen sin explorar territorio nuevo)?
El resultado principal es estadísticamente robusto: los investigadores con más años de carrera tienden a citar trabajo dentro de su propio cluster previo más que los investigadores más jóvenes, y citan menos trabajo de otros investigadores en términos relativos. Dicho de otra forma: a medida que una carrera científica avanza, el investigador tiende a habitar un espacio intelectual más estrecho y a mirar menos hacia afuera. Ese patrón no es universal (hay investigadores mayores con carreras extraordinariamente exploradoras) pero es la tendencia estadística dominante en la muestra.
Las consecuencias de la edad para la renovación científica
El hallazgo tiene implicaciones para cómo se organizan y financian las comunidades científicas. Si los investigadores más senior (que suelen tener más poder en los comités de evaluación, las revistas científicas y las agencias de financiación) tienden a favorecer ideas dentro de su propio marco conceptual, existe un riesgo sistémico de que las ideas genuinamente novedosas tengan más dificultades para abrirse camino. Ese sesgo podría ser especialmente perjudicial en los momentos en que un campo necesita un cambio de paradigma fundamental, cuando la evidencia acumulada apunta en una dirección que los líderes del campo llevan décadas resistiendo.
Los autores son cuidadosos en señalar que el conservadurismo no equivale a mala ciencia: profundizar con rigor en un área durante décadas produce conocimiento valioso e irreemplazable. La especialización y la profundidad son virtudes científicas reales. El problema surge cuando esa profundidad se convierte en impermeabilidad a ideas externas, y cuando las estructuras de poder científico reproducen sistemáticamente los marcos conceptuales del pasado en lugar de abrir espacio para los del futuro.
El estudio no propone soluciones concretas, pero su existencia ya es un argumento para diseñar sistemas de evaluación científica y financiación de la investigación que compensen activamente esa tendencia, por ejemplo dando más peso a propuestas interdisciplinares y a investigadores en fases intermedias de carrera que combinan la madurez con la permeabilidad intelectual.
REFERENCIA