Aunque mucha gente piensa que los psicópatas no tienen emociones, un metaanálisis concluye que la reactividad emocional no desaparece en la psicopatía

Durante décadas, la imagen popular del psicópata se ha reducido a un ser sin emociones. La teoría del «déficit de miedo» y la idea de una falta total de empatía afectiva está presente en todas las películas de asesinos en serie, el paradigma de la psicopatía.

Sin embargo, una nueva revisión sistemática con metaanálisis aporta un matiz importante: las personas con rasgos psicopáticos no muestran una reactividad emocional más baja si se comparan diferentes tipos de medidas y tareas. Esto obliga a repensar cómo definimos y evaluamos la emoción en la psicopatía y, sobre todo, qué significa «sentir» para estos individuos.

Los investigadores buscaron estudios que evaluaran la psicopatía con herramientas clínicas como la lista de verificación PCL-R y, en muchos casos, también con autoinformes. Analizaron tareas que van desde el reconocimiento de expresiones faciales hasta la reactividad fisiológica ante imágenes negativas, por ejemplo, de personas heridas o muertas.

Si los psicópatas no tienen emociones, entonces ¿qué sienten?

Pero los científicos no se limitaron a una única métrica de «sentir», sino a un conjunto amplio de indicadores conductuales y fisiológicos, incluidos tiempos de reacción, aciertos de categorización y actividad de sistemas como la amígdala, la parte del cerebro donde reside el miedo y la agresión, entre otras cosas. El resultado principal es contundente: no apareció una asociación significativa entre mayor psicopatía y menor reactividad emocional.

Este matiz es importante porque influye en cómo se mide la psicopatía. Las escalas clínicas usan entrevistas y datos colaterales, mientras que los cuestionarios capturan rasgos autorreportados en muestras más amplias, muchas veces no forenses.

Si las entrevistas y los cuestionarios midieran distintas manifestaciones de la psicopatía, habría diferencias respecto a la emoción. Sin embargo, la revisión no detectó diferencias entre métodos. Eso indica que, más que una carencia absoluta de emoción, podemos estar viendo una variabilidad dependiendo de las tareas, contextos y perfiles individuales.

El metaanálisis también exploró los dos grandes factores del PCL-R, el principal test de la psicopatía. El Factor 1, que recoge rasgos interpersonales y afectivos como frialdad y falta de culpa, se ha considerado el núcleo «emocional» de la psicopatía. El Factor 2, más conductual, refleja impulsividad y estilo de vida antisocial. De acuerdo con el tópico, el primero debería relacionarse con menor reactividad, y el segundo, incluso con reactividad aumentada por mayor desregulación emocional. Pero los datos no respaldan esa distinción. No se halló una relación entre ninguno de los dos factores con la reactividad emocional.

No tener emociones no es lo mismo que no saber reconocerlas

¿Contradicen estos resultados trabajos previos que sí describen déficits? No necesariamente. Existen metaanálisis que encuentran problemas en el reconocimiento de emociones, en particular para señales de miedo o tristeza, y revisiones que apuntan a dificultades en la regulación emocional. La nueva revisión se centra en una pregunta distinta y muy concreta: qué ocurre cuando, dentro del mismo dominio de tareas de emoción, comparamos estudios que usan medidas clínicas con los que usan autoinformes. Allí, las asociaciones con «menos emoción» se diluyen. Este detalle metodológico explica por qué conviven conclusiones aparentemente opuestas en los estudios existentes.

También influye la muestra. Muchas investigaciones clínicas provienen de entornos penitenciarios o forenses, con comorbilidades y contextos de estrés que pueden amplificar o enmascarar efectos. En población general, donde abundan los autoinformes, el patrón puede ser otro. Además, las instrucciones modifican el rendimiento. Los experimentos previos muestran que personas con rasgos psicopáticos pueden incrementar respuestas neuronales ante estímulos emocionales cuando se les indica que lo hagan. Eso no equivale a empatía espontánea, pero sí a capacidad para modular la respuesta cuando el objetivo lo exige.

En términos prácticos, a la hora de evaluar a un individuo, conviene no asumir la «ausencia de emoción» de entrada. En su lugar, se pueden diseñar tareas que distingan entre generación de emociones y regulación de la emoción, y entre motivación e incapacidad emocional.

El mito del psicópata incapaz de sentir simplifica en exceso un fenómeno complejo. La emoción en la psicopatía no desaparece, cambia de forma, contexto y propósito. Entender esa variabilidad, en lugar de negarla, es el siguiente paso para ayudar a estas personas.

REFERENCIA

Comparing the relationship between emotional responsiveness and psychopathy across assessment types: a systematic review and meta-analysis