¿Por qué hay más casos de autismo que antes? No es lo que crees

Niños y autismo

En los años setenta, el autismo se diagnosticaba en menos del 0,07% de los niños. Hoy, en Estados Unidos, esa cifra supera el 4%. En Inglaterra y Gales, los registros clínicos de autismo crecieron un 787% entre 1998 y 2018. Un nuevo estudio con más de 62.000 niños coreanos ofrece ahora la respuesta más clara hasta la fecha sobre por qué ocurre esto: la prevalencia real del trastorno no ha cambiado.

Índice
  1. Doce cohortes, misma prevalencia
  2. Criterios más amplios, más diagnósticos
  3. El peso de los incentivos económicos
  4. Una respuesta poco glamurosa
  5. REFERENCIA

Doce cohortes, misma prevalencia

El equipo de Young Shin Kim, de la Universidad de California en San Francisco, siguió a las sucesivas promociones de primero de primaria en Corea del Sur entre los años 2005 y 2017, sumando doce cohortes de nacimiento consecutivas. El resultado fue claro: la prevalencia del trastorno del espectro del autismo se mantuvo estable en todo momento, oscilando entre el 1,9% y el 3,2% según el año. El trabajo, publicado en JAMA Pediatrics, incluye un análisis basado en cribado poblacional universal, no en registros clínicos o bases de datos administrativas.

Este hallazgo tiene un valor especial porque Corea del Sur posee uno de los sistemas de detección de autismo más exhaustivos del mundo. Cuando se mide de manera consistente a lo largo del tiempo, la prevalencia no sube. Lo que sube son los diagnósticos registrados, los casos documentados en sistemas sanitarios y las estadísticas oficiales. El mismo estudio detectó que las niñas estaban sistemáticamente infradiagnosticadas en las cohortes anteriores y comenzaron a aparecer con mayor frecuencia en los cribados escolares de años recientes, lo que señala otra fuente de crecimiento artificial en los datos.

Criterios más amplios, más diagnósticos

El primer gran cambio en el recuento llegó en 1994, cuando la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales incorporó el síndrome de Asperger como categoría propia. De un golpe, miles de personas que antes no encajaban en el diagnóstico pasaron a cumplirlo. La ampliación progresiva de los criterios diagnósticos explica una parte sustancial del crecimiento registrado desde los noventa.

Los datos lo confirman con claridad. En las décadas de 1970 y 1980, alrededor del 70% de los niños diagnosticados con autismo tenía también discapacidad intelectual. En 2012, esa proporción había caído al 30%. En Suecia, donde los datos son especialmente detallados, el porcentaje bajó del 55% en 2001 al 7% en 2020. El perfil de quienes reciben el diagnóstico ha cambiado radicalmente, lo que refleja que se está diagnosticando a personas con trayectorias cognitivas muy distintas a las de hace cuarenta años. Lejos de adelantarse, la edad media del diagnóstico ha pasado de los 9,6 años a los 14,5 en varios países, lo que refuta la hipótesis de la detección más temprana como motor del aumento.

El peso de los incentivos económicos

Un segundo factor, más incómodo, apunta a los sistemas de ayuda social. En Australia, la creación del Sistema Nacional de Seguros para la Discapacidad en 2013 vinculó el acceso a prestaciones públicas con el diagnóstico de autismo. Maathumai Ranjan y Robert Breunig, de la Universidad Nacional de Australia, calcularon que este esquema de apoyo individualizado explicaría el 32% del aumento en los diagnósticos registrado desde su implantación. El análisis aparece en el Journal of Health Economics.

El mecanismo no requiere fraude deliberado. Cuando existe un beneficio tangible asociado a un diagnóstico, médicos y familias tienen más motivos para solicitar la evaluación, y los evaluadores, más contexto para encontrar el trastorno. El diagnóstico de autismo en adultos ha crecido especialmente rápido en varios países, y distintos investigadores advierten de que los cuestionarios de autoinforme empleados en ese grupo de edad pueden llevar a solapamientos con el TDAH, el trastorno de personalidad o el trastorno de estrés postraumático complejo.

Una respuesta poco glamurosa

Existe un conjunto de factores biológicos replicados de forma robusta que sí incrementan el riesgo de autismo: la edad avanzada de los progenitores, la obesidad materna y la diabetes gestacional. Las revisiones sistemáticas califican de baja o muy baja la certeza de la evidencia disponible sobre contaminantes ambientales u otros factores de riesgo no genéticos. Ningún dato indica que alguno de estos elementos haya cambiado con la intensidad necesaria para multiplicar por cuarenta la tasa de diagnósticos en medio siglo.

La respuesta a la pregunta de por qué aumenta el autismo resulta, como reconocen los propios investigadores, poco glamurosa. Las herramientas de detección son más sensibles, los criterios diagnósticos son más amplios, los registros informatizados capturan casos antes invisibles y los sistemas de prestaciones incentivan la evaluación. Reconocer este origen estadístico del crecimiento importa para diseñar políticas y recursos adecuados a la realidad, no a la percepción de una epidemia que los datos, una vez analizados con rigor, no terminan de confirmar.

REFERENCIA

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