¿Hay más niños con autismo o solo más diagnósticos?
Un estudio en Suecia indica que en 20 años los diagnósticos de autismo se multiplicaron por nueve, pero la proporción de personas autistas con discapacidad intelectual cayó a una décima parte
Cuando la mayoría de la gente piensa en autismo, tiene en mente una imagen que ya no refleja del todo la realidad clínica actual. El autismo, o trastorno del espectro autista (TEA), se caracteriza principalmente por dos grupos de síntomas: problemas persistentes en la comunicación y en la interacción social, y patrones de conducta, intereses o actividades restrictivos y repetitivos.
Durante décadas, el diagnóstico se asoció con mucha frecuencia a la discapacidad intelectual y a dificultades severas de comunicación. Los criterios diagnósticos y la comprensión del trastorno, sin embargo, han cambiado profundamente a lo largo del tiempo, y un extenso análisis sueco acaba de cuantificar ese desplazamiento con una cifra que sorprende.
De más de la mitad a uno de cada quince
Un equipo del Centro Gillberg de Neuropsiquiatría de la Universidad de Gotemburgo, junto con colegas del Instituto Karolinska y otras instituciones suecas e internacionales, analizó los registros nacionales de Suecia para rastrear dos tendencias a la vez: la evolución del número de diagnósticos de autismo y la proporción de esos diagnósticos que iban acompañados de discapacidad intelectual. Los resultados, publicados en la revista Psychiatry Research, son llamativos en ambos frentes.
En 2001, el 55,8% de las personas con diagnóstico de autismo tenía también registrada una discapacidad intelectual. En 2020, esa proporción había caído al 6,7%, es decir, a poco más de uno de cada quince. Mientras tanto, la prevalencia de autismo registrada en la población se multiplicó por alrededor de ocho a lo largo del mismo periodo.
Por qué la cifra no significa sobrediagnóstico
El primer impulso al leer estos datos podría ser concluir que se está diagnosticando autismo a personas que antes no lo habrían recibido, o que los criterios se han relajado demasiado. El investigador principal, Alen Salkić, es explícito al descartar esa lectura. El descenso en la proporción de discapacidad intelectual en el autismo lejos de ser evidencia de sobrediagnóstico, explica, apunta a que la concepción del autismo ha cambiado considerablemente con el tiempo.
Lo que ha ocurrido es que el trastorno del espectro autista se comprende hoy como un continuo muy amplio que abarca personas con capacidades y necesidades de apoyo muy diversas, desde quienes requieren apoyos intensivos durante toda la vida hasta quienes funcionan de forma muy autónoma en la mayoría de los ámbitos. En las primeras décadas del diagnóstico moderno, el autismo se identificaba con más frecuencia en perfiles con mayores dificultades, de modo que la discapacidad intelectual era un acompañante habitual. Con el tiempo, los criterios diagnósticos se ampliaron, el conocimiento clínico mejoró, la conciencia social creció y el acceso al diagnóstico se democratizó, lo que llevó a identificar a muchas personas que antes pasaban inadvertidas.
Lo que cambia para las personas y los servicios
El hallazgo tiene implicaciones concretas para los servicios sanitarios, educativos y sociales, porque el perfil de necesidades de las personas autistas con discapacidad intelectual difiere sustancialmente del de quienes no la tienen. Las personas con ambas condiciones a la vez suelen precisar apoyos intensivos y prolongados, y presentan tasas más altas de otras afecciones médicas y psiquiátricas, como epilepsia, ansiedad o trastorno por déficit de atención.
Si su peso relativo dentro del total de diagnósticos se ha reducido tanto, eso cambia la demografía del colectivo y plantea preguntas sobre si los sistemas de atención están adaptados a esa nueva composición. Que aumente el número de personas autistas sin discapacidad intelectual en el sistema significa que sus necesidades son distintas, más que menores, y que requieren recursos y apoyos específicos que pueden diferir de los que se diseñaron pensando en el perfil tradicional.
Los límites del estudio
Hay que tener en cuenta que la información sobre discapacidad intelectual y autismo depende de lo que los profesionales clínicos han registrado en cada momento, y los criterios y prácticas diagnósticas varían entre regiones y cambian con el tiempo, incluso dentro de un mismo país.
Que algo no esté registrado como discapacidad intelectual no significa necesariamente que no exista, y la disponibilidad o no de servicios de diagnóstico puede influir en quién recibe una etiqueta y cuándo. El estudio se basa en datos suecos, un país con un sistema de registros sanitarios excepcionalmente completo, y no se puede dar por supuesto que el mismo patrón se repita con la misma magnitud en otros contextos.
Lo que el trabajo deja claro es que la etiqueta de autismo en 2026 describe una población considerablemente más amplia y heterogénea que la de hace dos décadas. Entender ese cambio es esencial para diseñar políticas, servicios y apoyos que realmente lleguen a quienes los necesitan, en sus distintas formas y grados. La historia que cuentan los datos es la de una sociedad que ha aprendido a ver, a nombrar y a reconocer formas de ser en el mundo que antes quedaban sin identificar, más que la de un trastorno que se expande sin control.
REFERENCIA
- The proportion of intellectual disability in autism spectrum disorder over two decades (Salkić, Tideman, Martini, Larsson, Lichtenstein, Chang, D'Onofrio, Brikell, Kuja-Halkola, Knez, Gillberg, Taylor y Lundström, Psychiatry Research 363:117246, 2026. DOI: 10.1016/j.psychres.2026.117246)
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