A los jefes narcisistas no les gusta el teletrabajo, esta es la razón

jefe narcisista

Un estudio de la Wharton School con 259 directivos de Fortune 500 sugiere que muchas órdenes de regreso a la oficina tienen más que ver con el ego del jefe que con la productividad.

Tu empresa te dejó teletrabajar durante meses, la productividad no se hundió y, de repente, llegó el correo: todos de vuelta a la oficina, cinco días a la semana. Si alguna vez has sospechado que esa orden tenía poco que ver con el rendimiento y mucho con otra cosa, ahora hay datos que te dan la razón. Y esa otra cosa, según una nueva investigación, se parece bastante al ego de quien manda.

Índice
  1. El ego entra en la ecuación
  2. Cómo se mide el narcisismo de un CEO
  3. Por qué el narcisista no soporta el teletrabajo
  4. No todos los que piden oficina son narcisistas
  5. REFERENCIA

El ego entra en la ecuación

El trabajo lo firman Marissa Shandell, Courtney Elliott y el psicólogo organizacional Adam Grant, de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, y se ha publicado en la revista Organizational Behavior and Human Decision Processes. La pregunta de partida es sencilla: ¿por qué unos líderes abrazan el trabajo en remoto y otros lo combaten con uñas y dientes? Tras seis años de encuestas a miles de ejecutivos, mandos intermedios y supervisores, el equipo encontró que el rasgo que mejor predecía la oposición al teletrabajo no era la desconfianza hacia los empleados ni el gusto por la vida social, sino el narcisismo, esa tendencia a sentirse superior y con derecho a un trato especial.

Cómo se mide el narcisismo de un CEO

Aquí es donde el estudio de la Wharton School se pone ingenioso, porque uno no puede pedirle a un consejero delegado que rellene un test que diga "narcisista" en la portada. Los investigadores recurrieron a indicadores indirectos ya validados en la literatura: el tamaño de la foto del directivo en las memorias anuales de la empresa, el tamaño de su firma y lo abultado de su sueldo en comparación con el resto de la cúpula. Con esas pistas analizaron a 259 consejeros delegados de compañías del Fortune 500 al principio de la pandemia. El resultado: cuanto más alto puntuaban en esos rasgos, más probable era que hubieran hecho declaraciones públicas en contra del trabajo a distancia, y la relación se mantenía tras descontar el tamaño de la empresa, el sector y otras características.

Para no quedarse en una simple correlación, el equipo repitió el experimento de otras dos formas. En una encuesta con 359 líderes, el narcisismo seguía prediciendo el rechazo al teletrabajo incluso descontando la confianza, los cinco grandes rasgos de personalidad (los "Big Five") y el resto de la llamada tríada oscura. Y en un experimento, bastó con activar el ego de los directivos (pidiéndoles que reflexionaran sobre el papel de una personalidad fuerte y asertiva en los éxitos de Steve Jobs o Larry Ellison) para que se mostraran más contrarios a trabajar desde casa. Ese último paso es el que sugiere una relación de causa y efecto, y no solo una casualidad.

Por qué el narcisista no soporta el teletrabajo

La explicación que proponen los autores combina dos ideas. La primera es la teoría de la riqueza de los medios: no todos los canales de comunicación transmiten lo mismo. Una reunión presencial ofrece miradas, gestos, silencios e interrupciones; una videollamada, en cambio, aplana todo eso hasta convertir a cada participante en un cuadradito idéntico en la pantalla. La segunda es que el narcisista necesita un flujo constante de atención y admiración, lo que algunos investigadores llaman su "suministro narcisista". En la oficina puede alimentarlo con sus herramientas de siempre: alzar la voz, interrumpir, sostener la mirada, convocar reuniones improvisadas. En remoto, esas palancas de poder y estatus se le escapan de las manos, y por eso el teletrabajo le resulta tan incómodo.

No todos los que piden oficina son narcisistas

Conviene bajar el suflé antes de señalar a tu jefe. Los propios autores advierten de que su trabajo no dice que todo directivo que ordena volver a la oficina sea un egocéntrico, ni que toda política de presencialidad esté equivocada. Hay motivos legítimos para el trabajo en persona, y de hecho las empresas rara vez invocan el ego: hablan de colaboración, de cultura corporativa o de mentorizar a los más jóvenes, como han argumentado públicamente los máximos responsables de Amazon o de JP Morgan. El hallazgo del estudio es más sutil: la personalidad de quien decide pesa en estas políticas más de lo que a las organizaciones les gustaría reconocer.

La próxima vez que recibas un correo pidiéndote regresar al despacho en nombre de la productividad, quizá merezca la pena preguntarse a quién beneficia de verdad esa medida. Porque decisiones que se presentan como frías y racionales pueden esconder necesidades muy humanas, y no siempre las de la plantilla. Reconocerlo no obliga a nadie a abrazar el teletrabajo, pero sí a mirar con lupa los motivos que hay detrás. Al fin y al cabo, saber qué mueve a quien manda es el primer paso para no confundir su ego con el interés de todos.

REFERENCIA

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