Un simple dedo manchado de ocre sobre una piedra revela que la mente de los neandertales era capaz de ver más allá del mundo físico.

Aunque solemos asociar el arte simbólico con nuestra especie, Homo sapiens, este hallazgo en España sugiere que los neandertales también tenían la capacidad de atribuir significados a objetos. La pareidolia, la tendencia humana a ver caras  donde no las hay realmente, es un rasgo que nuestros antepasados más antiguos también compartían.

En el año 2022, en los abrigos rocosos del valle del río Eresma, en Segovia, un equipo de arqueólogos descubrió una piedra singular que ha cambiado nuestra forma de entender la mente neandertal. Este guijarro, del tamaño aproximado de un melón y compuesto principalmente por cuarzo, no destacaba por su función utilitaria ni por ser parte de una herramienta. Lo que lo hizo especial fue un pequeño punto rojo de ocre aplicado con sorprendente precisión, justo entre tres hendiduras naturales en su superficie que, vistas con cierta imaginación, evocan un rostro: dos ojos, una boca y, en medio, una nariz marcada con pigmento.

Ese diminuto punto rojo no solo sugiere intencionalidad simbólica, sino que guarda algo aún más insólito: una huella dactilar humana. Y no cualquier huella. Se trata de la huella humana más antigua conocida en Europa, y probablemente la primera vinculada al uso deliberado de pigmentos. Según el equipo de investigación, este gesto revela una mente capaz de simbolizar, imaginar y proyectar ideas sobre el mundo físico. No es solo una mancha: es una ventana a la forma en que los neandertales veían el mundo.

En el estudio colaboró la Universidad Complutense de Madrid (UCM) con la ayuda de la Policía Científica, que analizó la huella dactilar sobre la roca. La huella no era visible a simple vista, y el trabajo de la policía fue fundamental para extraerla.

Huella neandertal David Alvarez Alonso

Huella neandertal antes y después del análisis. David Alvarez Alonso

El análisis estadístico de la ubicación del punto rojo demostró que era extremadamente improbable que se colocara allí por accidente. La probabilidad de que el pigmento terminara justo entre las tres hendiduras por azar fue de apenas 0,31 %. Es decir, el gesto fue deliberado. Aunque la piedra no presenta signos de desgaste ni evidencia de haber sido usada como herramienta, su morfología llamó la atención por una razón mucho más sutil: su parecido a una cara. Este fenómeno se conoce como pareidolia, la tendencia psicológica a ver patrones reconocibles —como caras— en objetos inanimados o abstractos. Es una característica profundamente arraigada en el cerebro humano, y esta piedra podría ser una de las primeras pruebas de que los neandertales compartían esa misma capacidad perceptiva.

Para confirmar la naturaleza del pigmento y la autenticidad de la huella, los investigadores emplearon técnicas avanzadas como imagen multiespectral, fluorescencia de rayos X, escaneado 3D y microscopía electrónica. Determinaron que el pigmento era ocre —una mezcla de óxidos de hierro y minerales arcillosos— y que no provenía del sedimento local, sino que fue traído desde otra ubicación. Más importante aún: la huella mostraba características dermatoglíficas (las crestas de la piel que forman las huellas dactilares), lo que permitió concluir que pertenecía a un ser humano adulto, probablemente un varón.

Este hallazgo no es un caso aislado de pigmentación en contextos neandertales, pero sí destaca por la claridad de la huella y el contexto arqueológico. No se encontraron rastros adicionales de ocre en el nivel de excavación, ni signos de que la piedra haya sido utilizada para moler pigmentos. Todo indica que el acto de aplicar ese punto rojo fue intencional y aislado, lo que refuerza la hipótesis de que se trató de una acción simbólica.

La piedra se halló en un estrato claramente datado en el periodo musteriense, una fase del Paleolítico medio asociada exclusivamente a Homo neanderthalensis. La datación por radiocarbono de dientes de caballo cercanos estableció una antigüedad de entre 43.500 y 42.100 años. Esto sitúa el objeto en uno de los últimos capítulos de la existencia de los neandertales en la Península Ibérica, justo antes de que desaparecieran sin dejar descendencia directa.

Este descubrimiento se suma a un creciente conjunto de pruebas de comportamiento simbólico en neandertales: huesos grabados, uso de pigmentos, garras de águila como adornos y marcas abstractas en cuevas. Pero la presencia de una huella dactilar fusionada con pigmento aporta una dimensión nueva, casi íntima. Es como si un neandertal hubiera dejado, sin querer, una firma en su obra.

Interpretar símbolos del pasado siempre conlleva cierta incertidumbre. ¿Es esto arte? ¿Un gesto ritual? ¿O simplemente un juego visual? Lo cierto es que la tendencia a ver rostros en objetos no es una rareza moderna. Está profundamente grabada en el cerebro primate. Y si aceptamos que la selección de la piedra, su parecido con una cara y la aplicación del pigmento no fueron accidentales, entonces nos encontramos ante una de las primeras muestras de expresión visual y percepción simbólica en la historia de Europa.

“Si tuviéramos una piedra con un punto rojo realizada hace 5.000 años por Homo sapiens,” dice David Álvarez-Alonso, investigador principal del estudio, “nadie dudaría en llamarla arte portátil.” Ahora, quizá debamos hacer lo mismo con nuestros parientes neandertales.

RERERENCIA

More than a fingerprint on a pebble: A pigment-marked object from San Lázaro rock-shelter in the context of Neanderthal symbolic behavior