Un estudio coreano revela que usar pantallas justo antes de dormir no solo produce insomnio, sino que es mucho más peligroso de lo que se pensaba para las personas mayores

El equipo de investigadores liderado por Jae Wook Cho, neurólogo de la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional de Pusan en Yangsan, Korea, propone una conclusión inquietante: el uso de dispositivos digitales a la hora de acostarse está tan normalizado que muchos no perciben que está alterando su descanso. En una muestra de 4.000 coreanos entre 20 y 69 años, el 64,1 % admitió usar dispositivos cada noche, y casi tres de cada cuatro declaró posponer la hora de dormir debido a ese hábito.

Quienes usan dispositivos digitales justo antes de dormir tenían hasta el doble de probabilidades de padecer insomnio moderado, y quienes superaban la hora de exposición aumentaban aún más su riesgo. Pero el punto más alarmante es que estos efectos no se distribuyen de igual forma: los hombres de 60 a 69 años mostraron un riesgo especialmente elevado cuando eran usuarios diarios.

Aunque los mayores perjuicios se producen en hombres mayores, son justamente estos grupos los que menos reconocen que esos dispositivos al caer la noche pueden estropear el sueño. Mientras casi el 36 % de los jóvenes veían la conexión entre pantalla nocturna y mal dormir, solo el 14,6 % de los mayores lo reconocían.

¿Por qué sucede esto? El estudio apunta a tres mecanismos interrelacionados. Primero, el efecto de la luz azul, que suprime la melatonina y retrasa el reloj biológico: usar pantallas es distinto que leer un libro impreso en esos últimos minutos del día. Segundo, el contenido activo (videos, redes sociales, conversaciones) estimula la mente, y hace más difícil la desconexión mental. Tercero, porque la dosis importa: más tiempo de exposición potencia el efecto perjudicial, algo que los autores evidencian cuando los vínculos con insomnio se debilitan si se controla la duración del uso.

El diseño transversal del estudio impide afirmar causalidad (¿duerme peor quien trastea con el móvil o trastea con el móvil quien ya duerme mal?) pero aun con esas limitaciones, el patrón es claro: hay una relación fuerte entre el uso del móvil y el insomnio.

En el plano individual, hay algunas recomendaciones prácticas: apagar las pantallas al menos 30 minutos antes de dormir, usar modos de luz cálida, filtros de luz azul o limitar el contenido estimulante en esas franjas horarias. En el ámbito educativo o comunitario, las campañas de concienciación específicas para personas mayores podrían cambiar actitudes y hábitos que hoy se perciben como inofensivos. Y en política sanitaria, incorporar orientaciones sobre uso nocturno de dispositivos en guías de higiene del sueño o salud digital puede marcar una diferencia sustancial si se despliegan bien.

Si la industria de hardware y software considerara los efectos sobre el sueño como parte del diseño responsable, podríamos ver modos nocturnos verdaderamente eficaces, recordatorios automáticos de desconexión o límites integrados al uso prolongado. En un mundo conectado, ese último vistazo al móvil es también una frontera de responsabilidad ética.

Cuanto más envejece la población (y más extendido el uso de pantallas entre personas mayores), más urgente es integrar sueño, tecnología y salud en el mismo mapa. Dormir bien ya no es solo evadir el insomnio: es regular cómo dejamos que la tecnología nos lo provoque.

REFERENCIA

Impact of Bedtime Digital Media Use on Sleep Across Age Groups: Insights From a Nationwide Survey in South Korea