Un nuevo estudio desmonta la visión optimista de la inyección de aerosoles estratosféricos para mitigar el cambio climático
La llamada gestión de la radiación solar consiste en reflejar parte de la luz del sol para enfriar el planeta. La variante más debatida consiste en esparcir aerosoles en la estratosfera, un gas o polvo en partículas diminutas que, al dispersar la luz, reduce la energía que llega a la superficie.
Pero un trabajo reciente firmado por investigadores de la Universidad de Columbia pone en cuarentena las conclusiones optimistas sobre esta técnica. Los autores advierten que, por muy sofisticadas que sean las simulaciones, siempre idealizan el problema, y podría salir el tiro por la culata, creando un problema aún mayor.
Ilustración de las técnicas de geoingeniería climática, entre las que se incluyen la inyección de aerosoles estratosféricos (SAI), el adelgazamiento de las nubes cirros (CCT) y el blanqueamiento de las nubes marinas (MCB), así como sus sistemas de aplicación propuestos y sus posibles repercusiones. También se muestra, a modo de contexto, la liberación natural de aerosoles estratosféricos procedente de una erupción volcánica. La geoingeniería del albedo superficial (SAG), que se basa en aumentar el albedo de diversas superficies, también se representa con dos ejemplos: la instalación de tejados blancos en edificios urbanos y la modificación de la superficie de plantas y arbustos.
V. Faye McNeill lo resume así: “Incluso cuando las simulaciones de SAI en modelos climáticos son sofisticadas, necesariamente van a ser idealizadas. Los investigadores modelan las partículas perfectas que tienen el tamaño perfecto. Y en la simulación, ponen exactamente la cantidad que quieren, donde las quieren”. En el mundo real, ni las partículas son perfectas ni los gobiernos coordinan las acciones perfectamente (ni de lejos).
Al contrario que en los modelos, en el mundo real, ni las partículas son perfectas ni los gobiernos se coordinan perfectamente
El artículo, publicado en Scientific Reports, revisa tres grandes bloques de limitaciones que suelen pasarse por alto. Primero, la física de la propia dispersión. El efecto del aerosol depende de la altitud, la longitud, la estación y, sobre todo, la latitud. Inyectar en latitudes altas podría alterar los monzones tropicales. Concentrar la liberación cerca del ecuador podría perturbar el chorro polar y los patrones de circulación que transportan calor hacia los polos. McNeill avisa con precisión contable: “No se trata solo de meter cinco teragramos de azufre en la atmósfera. Importa dónde y cuándo lo haces”. Esa dependencia espacial y temporal sugiere que, si alguna vez se implementa, debería hacerse de forma centralizada y coordinada. Los autores consideran que, con las realidades geopolíticas actuales, esa coordinación global es poco probable.
Cuidado con la lluvia ácida
El segundo bloque trata de los materiales. La mayoría de estudios se centran en sulfatos, análogos a los que forman los volcanes cuando sus penachos se oxidan y condensan en la estratosfera. La erupción del Pinatubo de 1991 enfrió el planeta cerca de un grado Celsius durante unos años, una referencia que suele presentarse como prueba de concepto. Pero aquel enfriamiento vino con factura. Se alteró el monzón indio, disminuyeron las lluvias en el sur de Asia, se calentó la estratosfera y se dañó la capa de ozono. Emplear sulfatos a propósito podría reproducir esos efectos indeseados, y añadir otros, como lluvia ácida y contaminación de suelos.
Por eso se han propuesto alternativas minerales. En la lista aparecen carbonato cálcico, alúmina alfa, rutilo y anatasa de titanio, circonia cúbica o incluso diamante. Hasta ahora la discusión ha pivoteado sobre sus propiedades ópticas, pero el equipo de Columbia añade dos preguntas prosaicas, y cruciales. ¿Hay suficiente material para mantener un programa anual? ¿Cuánto costaría?
Miranda Hack, autora principal, no se anda por las ramas: “Los científicos han discutido el uso de candidatos de aerosol con poca consideración de cómo las limitaciones prácticas podrían limitar su capacidad de inyectar cantidades masivas de ellos cada año”. Diamante es ópticamente estupendo, pero no hay suficiente. Circonia cúbica y rutilo podrían cubrir la demanda, aunque sus cadenas de suministro se tensarían y los precios se dispararían. Carbonato cálcico y alúmina alfa existen en cantidades amplias y soportarían mejor el aumento de consumo. Sin embargo, todos comparten un problema técnico en el tamaño que interesa, por debajo de una micra.
Ese problema es la agregación. A escala microscópica, las partículas tienden a agruparse en agregados más grandes. Según los cálculos del estudio, esos agregados dispersan peor la luz que las partículas aisladas, y sus impactos climáticos están peor comprendidos. Hack lo plantea sin adornos: “En lugar de tener esas propiedades ópticas perfectas, tienes algo mucho peor. En comparación con el sulfato, no creo que necesariamente viéramos los tipos de beneficios climáticos de los que se ha hablado”. Es decir, lo que parece teóricamente óptimo sobre el papel puede quedarse en gris mediopensionista cuando te enfrentas a la física de partículas reales.
El problema de la coordinación
El tercer bloque es el más espinoso, la gobernanza. Un despliegue eficaz exigiría decisiones coordinadas sobre cuándo, dónde y cuánto inyectar, y sobre cómo responder a impactos regionales no deseados. Los autores recuerdan que naciones, e incluso actores no estatales, podrían intentar un programa por su cuenta en busca de una solución de emergencia. Ese mosaico de iniciativas descoordinadas ampliaría la incertidumbre y los riesgos. Gernot Wagner lo sintetiza con una frase que baja el suflé modelizador: “Se trata de compensaciones de riesgo cuando miras la geoingeniería solar”, y con los entresijos de SAI, “no va a suceder de la manera en que el 99 por ciento de estos artículos modelan”.
Todo esto no invalida la investigación sobre SAI, pero sí redimensiona su espacio de diseño y su perfil de riesgo. Las limitaciones de despliegue, las tensiones de suministro y los costes, la agregación de partículas, las respuestas del sistema climático a la latitud y la estacionalidad, y una gobernanza incierta, se combinan para volver más anchas las horquillas de resultados. Si se quiere hablar de persianas, conviene mirar también la cuerda.
El estudio, firmado además por Daniel Steingart, insiste en que estos condicionantes prácticos deben reconocerse antes de considerar en serio la inyección de aerosoles estratosféricos. El planeta no es un laboratorio, y el margen de error en grande es pequeño. Esa es la idea que conviene no olvidar.
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