Un estudio en niños y adolescentes encuentra similitudes en las colonias de bacterias intestinales y su asociación con los cambios en las hormonas del apetito y el comportamiento en TDAH, autismo y anorexia

Desde hace años se investiga el llamado eje intestino-cerebro, una red de señales nerviosas y químicas que conecta nuestras bacterias intestinales con el sistema nervioso central. Los resultados han sido dispares, pero surgen patrones y asociaciones con ciertos diagnósticos de trastornos mentales. Esto sugiere que las bacterias intestinales pueden tener más influencia en en funcionamiento del cerebro que lo que se pensaba previamente.

Con anterioridad, una revisión de 59 estudios ya identificó alteraciones de la microbiota en varios trastornos psiquiátricos. Otro trabajo halló que niños con TDAH y con autismo comparten rasgos microbianos que los diferencian de los controles sanos. A la vez, investigaciones recientes indican que la dieta y la selectividad alimentaria pueden explicar parte de las diferencias observadas en autismo.

El trabajo, publicado en la revista Neuroscience, analizó la microbiota intestinal de 117 menores, 65 con diagnóstico y 52 en el grupo de control, emparejados por edad y sexo. Incluyó 30 niños con trastorno del espectro autista, 14 con trastorno por déficit de atención e hiperactividad y 21 adolescentes con anorexia nerviosa. Los autores, de la Universidad Comenius de Bratislava, recogieron muestras de heces para obtener un perfil genético de bacterias, y de sangre para medir marcadores intestinales y las hormonas que regulan el apetito. También evaluaron proteínas relacionadas con el crecimiento y la salud neuronal.

Marcadores bacterianos comunes en TDAH, autismo y anorexia

El equipo observó rasgos comunes en los niños con diagnóstico frente a los controles. En los tres grupos clínicos aumentó la proporción Bacteroidetes/Firmicutes, un indicador global del equilibrio del ecosistema intestinal. Además, disminuyeron los géneros de bacterias considerados beneficiosos como Bifidobacterium y Faecalibacterium. Estas tendencias apuntan a una disbiosis, es decir, un desequilibrio de la comunidad microbiana, compartido por condiciones muy distintas en sus síntomas.

A la vez, cada diagnóstico mostró su propio “sello” microbiano. En autismo y en TDAH se redujo la riqueza bacteriana total, un indicador de diversidad. En autismo aumentaron Bacteroidetes y Escherichia-Shigella, mientras que bajaron Actinobacteriota y Ruminococcus. En TDAH también subió Escherichia-Shigella y el filo Desulfovibriota, con un descenso de Firmicutes. En anorexia nerviosa, además de menos Firmicutes, aparecieron niveles más altos de Proteobacteria, Cyanobacteria y Verrucomicrobiota. Estas diferencias sugieren rutas biológicas específicas que podrían relacionarse con síntomas o hábitos alimentarios característicos de cada condición. (PubMed)

Interacción entre hormonas y microbiota en TDAH, autismo y anorexia

Los autores midieron hormonas clave del hambre y la saciedad. En TDAH detectaron niveles más bajos de péptido YY, una señal de “ya he comido” que el intestino libera tras las comidas. En anorexia nerviosa observaron reducciones de leptina, ghrelina y péptido YY, un patrón compatible con cambios profundos en el eje intestino-cerebro durante la desnutrición. En cambio, los marcadores de inflamación intestinal, calprotectina y zonulina, no difirieron frente a los controles, y tampoco los factores neurotróficos analizados.

El estudio aporta una instantánea del intestino en estas condiciones, pero los autores piden prudencia. La muestra es modesta y la recogida de datos coincidió con la pandemia, lo que dificulta el reclutamiento y puede introducir sesgos. La microbiota es muy sensible a la dieta, la actividad física y los fármacos, variables que no fueron el foco principal y que conviene controlar en trabajos futuros. En autismo, por ejemplo, un estudio reciente con familias encontró microbiotas muy similares entre niños con y sin diagnóstico que comparten hogar, mientras que las diferencias más claras estaban en la alimentación, con más dulces y menos verduras en el grupo con autismo. Esto sugiere que la dieta y la selectividad alimentaria pueden moldear el microbioma tanto como al revés, al menos en ciertos contextos.

Pese a las cautelas, la coincidencia de desequilibrios como el descenso de Bifidobacterium y Faecalibacterium, junto con alteraciones en hormonas de la saciedad, apunta a un terreno común en el que intestino, cerebro y conducta se influyen. La pregunta ya no es si el microbioma importa, sino cómo y cuándo intervenir. Mäs ensayos controlados, tamaños muestrales mayores y un seguimiento detallado de la dieta ayudarán a separar causas de consecuencias y a identificar a quién le beneficia cada estrategia.

REFERENCIA

Gut microbiota in children and adolescents with autism, ADHD and anorexia nervosa, and its link to the levels of satiety hormones