¿Por qué cuando estamos enfermos con la gripe preferimos apagar el móvil y aislarnos? Un nuevo trabajo con ratones explica cómo el sistema inmunitario nos obliga a aislarnos
Sentirse enfermo no solo trae fiebre, tos y cansancio. También cambia nuestra conducta. Desde hace décadas, médicos y etólogos describen un patrón llamado “conducta de enfermedad” con menos apetito, menos energía y menos vida social. Se había discutido si es un efecto secundario inevitable o una respuesta adaptativa moldeada por la evolución. La pista de que el cerebro escucha al sistema inmune ya era fuerte, y los investigadores han querido trazar el cableado mental.
El estudio, liderado desde el MIT, provocó en ratones una respuesta inmune con LPS, un componente bacteriano, o con infecciones controladas. Los animales se apartaron de sus compañeros y pasaron más tiempo solos. No era un simple letargo, sino una preferencia social medida con pruebas estandarizadas de sociabilidad.
Para interpretar mejor el mensaje, el equipo inyectó en el cerebro 21 citoquinas, las moléculas mensajeras que las defensas producen cuando hay infección. Solo una reprodujo el efecto social de la enfermedad, la interleucina 1 beta, conocida como IL-1β. Esta molécula disparó la actividad en un pequeño grupo de neuronas productoras de serotonina en el núcleo del rafe dorsal, una zona que integra señales del cuerpo y regula la motivación social.
Por qué cuando estamos enfermos somos antisociales
El grupo utilizó herramientas genéticas como un “interruptor a distancia” que enciende esas neuronas con un fármaco inerte. Al activarlo en animales sanos, los ratones se comportaron como enfermos y eligieron aislarse. Cuando bloquearon la activación del circuito, los ratones enfermos dejaron de retirarse socialmente. “Nuestros hallazgos muestran que el aislamiento social tras un desafío inmunitario es autoimpuesto y está impulsado por un proceso neuronal activo, en lugar de ser una consecuencia secundaria de síntomas fisiológicos de la enfermedad, como la apatía”, dijo la coautora Gloria Choi.
El resultado sugiere que el impulso de esconderse no es solo un efecto colateral del malestar. Podría ser una herramienta del organismo para reducir el contacto mientras el cuerpo combate patógenos. Tiene sentido evolutivo, porque menos interacción social implica menos transmisión de microbios a los tuyos.
Con las vacunas también ocurre
El trabajo no demuestra aún que el mismo circuito funcione igual en humanos. Aun así, encaja con observaciones en personas y con la biología de IL-1β, una señal muy temprana en la inflamación. El hallazgo también abre preguntas sobre por qué tras vacunarnos a veces sentimos ganas de reposar o aislarnos durante unas horas. Las vacunas activan de forma controlada las defensas y podrían tocar, de forma leve y transitoria, rutas parecidas. “El retiro conductual que acompaña a la infección o a la activación inmune, lo que llamamos conducta de enfermedad, se desencadena por citoquinas como IL-1β que actúan sobre circuitos neuronales específicos”, explicó Choi. “Aunque las respuestas tras la vacunación suelen ser mucho más suaves, la biología subyacente que impulsa el deseo de descansar o buscar aislamiento puede solaparse parcialmente con los mecanismos que describimos”.
El estudio también recuerda que no hay una única molécula para toda la “conducta de enfermedad”. Es probable que fatiga, pérdida de apetito o retraimiento social emerjan de combinaciones distintas de citoquinas que actúan sobre circuitos distintos. Aquí IL-1β y el rafe dorsal parecen clave para la parte social. Otras señales pueden modular el hambre o el sueño. Comprender ese mapa permitirá diseñar fármacos que alivien síntomas sin apagar una defensa útil.
Si cuando te pones malo te apetece estar a solas, tu cerebro podría estar siguiendo órdenes sensatas del sistema inmune. Hazle caso y descansa.
REFERENCIA
IL-1R1-positive dorsal raphe neurons drive self-imposed social withdrawal in sickness